vacaciones monoparentales (1)

Posted on July 26, 2011

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Digan lo que digan, irse de vacaciones no es fácil. No, no estoy hablando del dinero y ni nada de eso. La verdad es que, al final, todos acabamos pegando la gorra en algún sitio cuando no tenemos pasta. No, no es fácil porque las condiciones no son las adecuadas.

Lo primero es el tema del madrugón. A ver, que alguien me explique esa obsesión que tenemos todos por salir temprano. Para qué?, si la playa va a estar ahí hombre, no se va a ningún sitio. Pues nada, todos los años lo mismo. Madrugón para nada, porque al final nunca acabas saliendo antes de las once.

Así que, yo este año, me lo he tomado con calma. Ni madrugones ni gaitas. Y al final, sales a las doce. Una hora más tarde. Bueno, y qué? Lo suficiente para llegar a Marbella y darte un bañito vespertino.

Yo siempre pongo en silencio la blackberry cuando voy de viaje. Ya se sabe, uno tiene madre y antes de salir ya me ha llamado dos veces. Ya habéis salido? Pues hijo mío, vais a pillar todo el calor… Son reminiscencias de cuando íbamos los seis en el 1430 a pegar la gorra a algún sitio. Ni me molesto en explicarle lo del climatizador del coche.

Luego está lo de “llevarlo todo”. Lo llevas todo, hijo? Pues la verdad, no lo sé. Ni me importa. Si me fuese de vacaciones al desierto, a lo mejor pensaría si lo llevo todo. Pero que me voy a Marbella, joder, que hay Mercadona!! Además, soy consciente de que algo se me olvida, que es la mejor manera de luego no llevarte disgustos.

Salimos de Madrid sin tráfico, pese a ser Santiago Apóstol. Me río solo al pensar en este país, en el que las fiestas siguen siendo las que dicen los curas. En fin…

Y el niño, aguanta tantas horas? Mi madre sigue preocupada por cosas raras. No se da cuenta de que con dos portátiles y la saga completa de Star Wars, a mi hijo te lo puedes llevar donde te dé la real gana. Tan feliz, el tío. En los primeros doscientos kilómetros no me pregunta ni una sola vez cuánto falta.

Eso sí, a las dos y media, me dice que tiene hambre. Le digo que donde vea una señal de restaurante me avise y nos paramos en el primer sitio que veamos. Total, qué más da, si en todos estos baretos de autovía tienen lo mismo: bocadillos fríos (chorizo, salchichón, jamón serrano, queso manchego), bocadillos calientes (chorizo frito, morcilla de Burgos, tortilla de patata, calamares y el sempiterno pepito de ternera), raciones (lo mismo que los bocadillo pero con el pan aparte, más patatas bravas y ali oli) y platos combinados (escalope con croquetas, huevos fritos con patatas y chorizo o bacon para los más atrevidos y algún pescado rebozado con ensaladilla rusa).

Me pido unos huevos estrellados –que son la salvación de cualquier cocinero mediocre- con pimentón de la vera (se ve que van de nouvelle cuisine) y para el niño calamares a la romana. Es curioso cómo en estos sitios cualquier cosa sabe igual. Como todo lo echan en la misma freidora, lo mismo me daría mojar en la yema del huevo un calamar que las patatas revenidas que me han tocado en suerte.

La gente se va adaptando al concepto playa durante el viaje, eso se nota. El local tiene una barra como de quince metros de largo. Está vacía porque todo el mundo come en las mesas –de hecho, la camarera oriental flipa cuando le digo que nos lo vamos a tomar en la barra-. Pues detrás de nosotros entra una familia y se ponen pegados a nosotros. Cuando digo “pegados”, digo “pegados”. Joder, he tenido novias a las que no les he tocado tanta piel! Por suerte, son de los que sólo se toman un café y lo pagan sobre la marcha “para no perder tiempo”.

Se piran, me expando y entra una pareja con una hija adolescente. Dónde se ponen? Efectivamente. Estoy por preguntarles si somos familia o qué. Luego la gente se extraña de que se apelotonen en la playa. Si es que les gusta! Son como los políticos, quieren contacto humano.

Hay que reconocer que el local tiene su encanto. Como el niño está muerto de frío –el aire acondicionado es lo único que parece que regalen en estos sitios- nos salimos a la terraza. Unas vistas increíbles a la autovía y a las obras de un polígono. Hago una foto y todo.

Cruzo los dedos y pido la cuenta. Por ese precio, hubiera cenado en Pan de Lujo. En fin, todavía queda lo peor: hay que hacer pis. El momento más terrorífico para un padre. Si fuera creyente, le pediría al apóstol que el crío no quiera pasar a mayores. Si tengo que hacer ese asiento de papel higiénico que nos curramos todos los progenitores para evitar el contacto de la suave piel de nuestros vástagos con décadas de orines –y cosas peores- yo sí que voy a estrellar los huevos recién comidos.

Hoy es mi día de suerte: la mujer de la limpieza acaba de terminar los baños –de hecho me mira con cara de odio por hacer que su trabajo tenga un resultado tan fugaz- y el niño sólo quiere mear. A ver si al final el apóstol va a existir de verdad…

Nueva película en la parte de atrás y vuelta al camino. En el kilómetro 288 un puticlub “se vende o alquila”. Tiene sentido.

A dos horas del destino, más o menos, el niño está hasta las mismísmas de Luke Skywalker, Yoda, Darth Vader y el resto de la panda. Es el momento de sacar el disco de chillout. Dios bendiga al Café del Mar. A los diez minutos está “doblao”.

Definitivamente, “me gusta conducir”.

Un poco antes de llegar a Marbella… Espera, espera. Esto hay que explicarlo un poco. O sea, lo de “voy a Marbella” es muuuuy amplio. La gente dice que va a Marbella pero no saben ni dónde está el pueblo, porque su casa está como a cien kilómetros. Creo que desde Málaga hasta Cádiz todo cabe dentro del concepto “Marbella”.

Nosotros vamos a Cancelada. Que está a tomar por culo de Marbella, pero sigue siendo Marbella. Eso sí, a doscientos metros tienes el Mercadona. A mí me gusta veranear a lo grande. “Para una semana que sale uno”, como decía mi padre.

Pues lo dicho, un poco antes de llegar a Marbella-Marbella, el pueblo, el niño se despierta y me toca jugar al veoveo y a cantar el Cantajuegos -debería reinstaurarse la pena de muerte sólo para poder aplicársela a estos pollos-. En fin.

Llegamos a la casa en la que nos esperan nuestros amigos. No está mal, sólo tengo cinco llamadas perdidas de mi madre. Lo dicho, justo a tiempo para un bañito y a echar un rato a Mercadona, que es a lo que hemos ido!!

Y comienza mi última semana de vacaciones monoparentales. Stay tuned…

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