Vacaciones monoparentales (2): robo!

Posted on July 29, 2011

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Es otro de los clásicos del veraneo. El robo. Ya, ya. Siempre piensas que no va a ser a ti, hasta que un día te ocurre. A nosotros nos pasó ayer.

A las cinco de la mañana nos dimos cuenta de que alguien había entrado en la casa. Se llevaron algo más de trescientos euros y un reloj, se comieron unos plátanos y unas picotas y dejaron las tarjetas tiradas por encima de un sillón, aunque no se las llevaron.

Luego te consuelas como todo el mundo: el que no se consuela es porque no quiere. “Qué suerte hemos tenido, porque imagínate que nos despertamos y nos pegan una paliza”. O “qué suerte hemos tenido, no se han llevado los portátiles”.

Lo mejor es cuando la gente se pone en plan policía científica. Ahí te das cuenta del enorme mal que han causado las series de televisión a la sociedad. Te da la sensación de que estás hablando con el Horacio ese que anda por la vida con la cabeza torcida, que da tortícolis sólo de verlo. “Han entrado por aquí, seguro, mira hay rastros de arena”. “Esto es obra de profesionales, no hay más que verlo”. Y siempre está el que dice “no toquéis nada para no borrar las huellas”. Que te escarallas, claro.

Y las cosas que le da a uno por hacer a las cinco de la mañana. Unos comen, que es una cosa muy socorrida. Te comes esas cosas que tienes en la nevera sólo en verano, porque son una gilipollez que en Madrid no compras. Habéis probado los fartones con horchata a esas horas? Que se quiten el champagne y el caviar…

De postre estaría bien un plátano, pero se los han comido los cacos.

La tercera fase –después del rollo CSI y el hambre- es la paranoia. “Yo ahora no me voy a dormir, a ver si van a volver a entrar”; “tú crees que siguen dentro?”. Como si la casa fuese el INEM o la consulta de un médico.

El caso es que en las vacaciones siempre están pasando anécdotas. Luego dice la gente que tiene estrés post-vacacional y esas cosas. Pues qué quieres que te diga. El estrés de después de las vacaciones te lo provoca darte cuenta de que se han acabado y tampoco has podido dejar de darle vueltas a la pelota por las cosas más peregrinas.

Yo he decidido que paso. Me piro a la playa y que le den. Las vacaciones me han costado trescientos euros más de lo que habíamos calculado. Pues mira, por otro lado saldrán.

Para diez días al año que tiene uno para desconectar, no va a estar agobiado por nada, qué demonios. Y para celebrarlo, me metí para el cuerpo un espeto de sardinas y ya está. Por cierto, ya os contaré la fauna que puebla el puerto deportivo…

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