DE NUBES Y CLAROS

Posted on September 25, 2011

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El cielo estaba tranquilo. No había viento y el mar parecía dormir la siesta, con su respiración suave y lenta, casi delicada, como si se pudiese romper en cualquier momento.

El agua se evaporaba, despacio. El universo entero parecía moverse en cámara lenta. Se formó un pequeño jirón, apenas una grieta en un espejo. Un poco más allá, a unos metros, otro vino a hacerle compañía. Poco a poco, florecían más, uno aquí, otro allá, como un extraño campo azul al que le estuvieran saliendo canas.

Al poco tiempo, eran muchos y comenzaron a juntarse para formar nubes. Nubes de verdad. Nubes que se atraían unas a otras y se fundían y se hacían aun más grandes.

Las nubes estaban cómodas en el cielo, confiadas. Sabían que nadie las podría mover. Eran demasiado grandes, ya. Qué podría acabar con ellas? Eran poderosas. No existía fuerza de la naturaleza capaz de vencerlas.

Al principio, casi ni lo sintieron. Era más una caricia que otra cosa. Una brisa apenas un poco menos lenta que el resto del planeta. Pero, poco a poco, empezó a soplar más fuerte. Las que estaban en los extremos apenas podían sujetarse. Chocaron unas contra otras. Empezaron a perder agua. Unas gotas, tan sólo. Aunque, casi en seguida, eran muchas y grandes.

No podían hacer nada por impedirlo. El viento soplaba fuerte ahora y las empujaba. Pero ellas no querían moverse. Estaban bien donde estaban. Siempre habían estado bien. Por qué tenía que estropearse su mundo perfecto?

Cuando quisieron darse cuenta, habían perdido demasiada agua y el sol las calentaba tanto por la parte alta, que también las estaba haciendo perder volumen. Los claros no tardaron mucho en abrirse. Y, sin poder evitarlo, las nubes desaparecieron, igual que habían aparecido.

El sol volvió a brillar. El tiempo volvió a detenerse. O eso parecía. El mar volvió a su siesta. Y lo que las nubes creían que era el mundo perfecto dejó paso al verdadero mundo perfecto.

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