MONOPARENTAL Y GILIPOLLAS

Posted on November 27, 2011

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Este fin de semana me he dado cuenta de que tal vez mi familia más directa me aprecia más de lo que yo pensaba. A ver, cuando tu grupo más cercano se refiere a ti como “el gilipollas”, es lícito dudar –muy ocasionalmente, eso sí- de sus verdaderos sentimientos hacia tu persona. Pero este fin de semana me he dado cuenta de que tal vez no están expresando algo subjetivo, sino un hecho objetivo basado en observaciones científicas.

O sea, que me he dado cuenta de que SOY gilipollas (parece un anuncio de la Mutua…).

El viernes hice lo que hace todo padre monoparental que se precie: fui a buscar al niño al colegio y me lo llevé a la piscina. Plan típico de viernes por la tarde. Después, a casa a jugar al Fifa. Primer dato de mi condición de gilipollas. Después de casi dos horas dándole al fútbol virtual, te preguntas: pero quién coño me mandó a mí regalarle el juego este al niño?

Por cierto, de camino a casa, me “sugiere” que tomemos unos churros. Segundo error. En lugar de decirle: mira, no vamos a tomar churros porque son una bomba de colesterol y me sientan como un tiro, vas y contestas: bueno, si mañana te levantas temprano, nos los tomamos para desayunar. En esa frase maldita hay escondidas, no una, sino dos terribles premoniciones.

Tercera equivocación: anda, apaga ya la play y pon la tele, que te voy a hacer la cena. Cuando vuelves, te encuentras con la amenaza fantasma del viernes por la noche. Recuerdas a aquel tipo calvo que hacía un programa infame en Tele 5 (tele infame, por cierto. Se llamaba “El Buscador” el programa)? Bueno, pues ese tío debe de dedicarse a inventar programas con los que putearme. Y ahora ha parido otro. No sé el nombre, lo ponen en Boing (canal “must” para todo monoparental) y va de que unos padres y dos hijos –tienen que ser dos hijos, no sé por qué- compiten contra otra familia para ganar una serie de regalos lamentables (el mejor es un viaje a Boi Taull con forfait incluido). Menos mal que dura poco, pero lo repiten el domingo, aviso…

Al final, se acaba la cena, llega la hora de acostarse y todo el mundo a la cama. Entre que recoges y demás, te da la una y te vas a dormir destrozado. Da gusto verte ahí, como un angelito, sin saber la que te espera.

El peor despertar que existe es escuchar la voz de tu hijo: papá, papá, papá (rollo Sheldon, el de The Big Bang Theory). Siempre me asusta, pienso que le pasa algo y salgo de la cama con el corazón a cien por hora. Qué pasa hijo, qué pasa? Que me quiero levantar. Respiras unos segundos, porque la sangre te las has dejado todavía pegada a las sábanas y se te va un poco la cabeza y le dices: qué hora es? Las diez y media. Bueno, pues levántate. Y piensas: joé, qué raro que me haya quedado dormido. Pero como ayer estabas agotado, no te extraña.

Así que, se levanta con el álbum de cromos de la Liga en las manos, que te dices a ti mismo que este niño de mayor va a ser mago, porque no le has visto sacarlo de ningún sitio, y se sienta en el cuarto de baño. Ahí le podrían dar las horas, pero para eso estás tú, que hasta te aburres a ti mismo de lo coñazo que te pones.

Y ahora empiezas a recoger los frutos que sembraste ayer. Pillas la blackberry para pasar el rato mientras él tiene su momento all-bran. Que no sé para qué la coges, porque lo único que puede haber son groupones o buyvips o esa señora que se llama Paloma de la Vega que no sé si es que nos vamos a casar y está haciendo la lista de bodas, porque todos los días me manda un montón de cosas que quiere que compremos.

Al ir a mirar tan suculentos mensajes, ves la hora. Pero Javier, que son las nueve y cuarto! Tú cómo has mirado la hora? Resulta que él no había mirado la hora, sino el cronómetro, que se lo había dejado funcionando desde anoche. Genial. Y rematas tu fin de semana de aciertos: tío, es super temprano…

Un nanosegundo no es un segundo valenciano, como decía no sé quién, es el tiempo que pasa desde que haces ese comentario hasta que el niño suelta: Papá, es temprano? Y tú, que no escarmientas, dale que dale: temprano no, es casi de noche. Ya sabes lo que viene después, a que sí? En efecto: pues nos da tiempo a comernos los churros.

Y tú, que no espabilas, vas y piensas, pues mira, así se pasa el tiempo hasta la hora de ir al tenis. Así que, salís de casa y a la churrería de Boadilla, que un sábado a las once de la mañana es el metro de Tokio en hora punta. Pero tenemos suerte y encontramos una mesa. Para el niño una de churros y un vaso de leche. Para mí…

Hay que ver lo que te puede cambiar la vida en un segundo. Es como cuando estás de marcha y piensas que vas a decir: para mí nada, que ya me voy a casa que son casi las dos; y tu cerebro, que actúa por libre porque la verdad es que nunca te has esmerado mucho en darle instrucciones, suelta: para mí, un bifiterconyiyereil.

Pues lo mismo. En vez de decir: para mí un té; tu cerebro decide que es mejor: para mí unas porras. Y, tras una pausa valorativa que mis profesores de locución de Periodismo hubieran aplaudido, va y añade: y un chocolate.

A ver, hay cosas –muchas- que a partir de los cuarenta no se pueden hacer. Una es atizarte unas porras con chocolate para desayunar. Es como el matrimonio. Al principio, es una gozada. Pero al cabo de un tiempo, te da náuseas y ardor de estómago. Las porras se quedan contigo y no te abandonan –son porras Rexona-. Sólo muchas horas y manzanillas después puedes olvidarlas.

Cuando acaba el sábado y recopilas todos esos datos –hay más, pero el post es más largo que un domingo sin dinero- te das cuenta de que tal vez, sólo tal vez, tu familia te quiere más de lo que tú piensas. Y te llaman gilipollas, no por meterse contigo, sino para que te des cuenta de que lo eres…

PD: Todavía falta el domingo y contaros mi derby monoparental… pero eso, otro día, que hoy ya me he enrollado bastante.

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