ENVOLVIENDO RECUERDOS

Posted on December 5, 2011

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Ayer me levanté y me puse a hacer croquetas. Estaba ahí, “envolviéndolas”, y tuve un flashback. De repente, ya no estaba en mi casa, estaba con la mamma, en la cocina de puerto rico. Casi podía escuchar su voz, con esa mezcla de orden/pregunta: me ayudas a envolverlas? Y los dos ahí, mano a mano, ella echándome trocitos de masa en el huevo batido y yo pasándolos por el pan rallado y dándoles forma. El picor de las manos, el cansancio de las piernas… Todo era igual.

Era nuestro ritual. No era simplemente hacer croquetas. Nos poníamos los dos, uno a cada lado. Ella cortando y friendo. Yo envolviendo. No hablábamos mucho. O sea, no hablaba yo, mi madre no se ha callado en su vida.

Como cualquier ritual, tiene sus pasos. Una vez hechas, las croquetas se ponen en una bandeja, en filas, como soldaditos de plomo. Tiene que haber las mismas en cada fila, para que luego se puedan contar. Y las vas contando cada poco. Esa es la gracia. Mira, llevamos doce, yo creo que nos van a salir cincuenta y una. Pues no, nos van a salir menos, porque mira lo que nos queda. Y esa frase que marcaba el ocaso: aprovecha bien eso que te queda, porque no voy a usar otro huevo para cuatro croquetas. Al final, las contábamos todas –ayer cincuenta- y se oía el grito de a la mesa. Mientras yo ponía la bandeja en un radiador, para que no se enfriaran.

Hay veces que compartes con otra persona momentos que no son, aparentemente, nada especiales. Y, sin embargo, se quedan ahí, atascados en la mente para revivir un domingo, como si también los hubieras puesto en el radiador. Y, entonces, te brota una sonrisa en la cara y te paras un instante, con la mirada perdida y una croqueta a medio envolver y recuerdas un montón de cosas, un montón de mañanas en aquella cocina que era tan fea y hoy sería tan cool de puro vintage.

Ayer, mientras hacía croquetas, eché de menos aquella cocina y a la mamma, claro. Y a las imbéciles de mis hermanas comiéndose la pasta sin freír. Y al puto amo, sentado en su sofá y fumando un fetén. Y al capullo del marqués, leyendo cualquier libraco coñazo. Eché de menos hasta al maldito zarco, ese perro salido y descerebrado que no había quien aguantara.

Estuve a punto de llamar a la mamma a decírselo, pero tuve un momentary lapse of reason y no lo hice.

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