NAVIDADES MONOPARENTALES (III): LIMPIEZA

Posted on January 2, 2012

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La limpieza es una cosa muy mala, creedme. Es una adicción. Empiezas como quien no quiere la cosa y cuando te quieres dar cuenta, eres un yonki del pronto y el bosque verde. No os lo creéis? Esperad a que os cuente lo que me ha pasado hoy.

Volvía yo de mercadona, enfrascado en mis pensamientos –venía flipando con esa gente que es capaz de hacerse todos los pasillos conduciendo el carro de la compra con los antebrazos, me río yo de Alonso y Hamilton…- cuando al dejar las bolsas en la cocina, he visto un churrete espectacular en la pared. Mentalmente le he echado la culpa al niño, como mandan los cánones y, como el servicio libra –una de las frases favoritas de la mamma-, he sacado el limpiacristales para quitarlo.

Ahí me tienes, con un trozo de papel de cocina en una mano y el spray en otra, la última imagen de mí antes de hacerme limpiadicto. Al limpiar el churrete en cuestión, me he dado cuenta de que los azulejos no son blanco roto, como yo siempre había creído. El blanco roto es uno de los dos únicos colores que conocen los pintores profesionales, ese y el vainilla. Ellos lo llaman albero, pero si el albero fuera de ese color, los toros saldrían a la plaza con gafas de sol y eso restaría lucimiento a la fiesta nacional. Es tan amarillo como el 1430 de mi madre, que ella se empeñaba en decir que era vainilla. Pero me estoy yendo del tema.

El caso es que, al pasar el trozo de papel con limpiacristales, por arte de birlibirloque –siempre me ha encantado esa expresión- el azulejo se ha hecho blanco. O sea, blanco blanco, no blanco roto. Por contra, el papel ya no era blanco en absoluto.

Cuando hicieron “El Gabinete del Doctor Caligari”, como no tenían dinero para la iluminación, pintaron las sombras en las paredes. Pues os juro que esos tipos habían estado en mi cocina. Ahora entiendo por qué a partir de las cuatro de la tarde tenía que encender la luz…

Cuando me he querido dar cuenta, estaba subido a una escalera limpiando los azulejos de la cocina. Y eso no es todo, me he descubierto mirando entre los segmentos del radiador y preguntándome cómo podría limpiarlos por dentro. Claramente, soy un caso perdido. Eso sí, la cocina me ha quedado como los chorros del oro –otra de esas expresiones que nunca he entendido…-.

He empezado por tirar todos los botes de bosque verde y las bayetas y me he encerrado en la habitación. Estoy seguro de que podré superarlo.

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