MADRID CON SOMBRERO

Posted on March 12, 2012

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Madrid se pone el sombrero gris de los domingos y finge mirar a los ojos a Europa. Con su aire de cacique castellano, de clase media recién ascendida y cultura de suplemento dominical, desprecia sus propios tesoros y alaba los de la capital, que presume de conocer.

A Madrid le llega la primavera como la pubertad a una niña de doce años, de repente y sin avisar, de mala gana y a destiempo. Y las terrazas de los bares se llenan de caracoles que se tuestan al sol sin dar tiempo a que se calienten las cañas. Mientras quede un rayo de sol, quedará un madrileño allí puesto.

A Madrid le florecen los almendros y se llena de color. El rojo de las puestas de sol de febrero deja paso al arcoiris de un marzo que mayea para que mayo marcee. Las mujeres se desesperan, porque las prendas de “entretiempo” siguen guardadas a la espera del cambio de temporada.

A Madrid le brota un aroma extraño, un perfume que no se encuentra en ninguna otra ciudad. No huele bien, no huele mal. Huele a Madrid y, cuando sale el sol, huele a Madrid más que nunca.

A Madrid la invaden los camareros rumanos, que sudan la gota gorda con la pajarita, bayeta en mano, esa bayeta madrileña que recoge y esparce todos los efluvios de la jornada. Y, aturdidos por el tufo a lejía revenida, los clientes piden otra caña mientras calculan con el rabillo del ojo cuándo llegará la sombra del edificio de al lado a tapar la tapa de cacahuetes que ahora, desde que hay crisis, ya nunca están rancios.

A Madrid le salen goteras por las esquinas, carteristas, gitanos y vendedores de imitaciones a plena luz del día, todos ellos a la caza del despistado que volverá al hotel sin dinero y con un bolso de Luis Vitton, aunque juraría que lo había mirado y la marca estaba bien puesta cuando se lo enseñaron.

A Madrid la acosan bares y garitos de seis meses, que aprovechan el tirón para quedarse como estaban, pero con medio año de supervivencia. Y los repartidores de cocacola y cerveza se parten el espinazo mientras bloquean las calles al grito de el que venga detrás que arree.

A Madrid le clavan los suspensos y le da igual, porque es el chico malo de la clase, más preocupado de lo que pasa por la ventana, de la minifalda de la vecina de enfrente y de un perro meando que de la explicación del profesor. Madrid estudia en el último momento y tira de inventiva y sonrisa para ir aprobando o suspendiendo lo menos posible.

Madrid se pone el sombrero gris para tapar la boina y, a ratos, le cuela. Y en una esquina, espera agazapado el frío para pillar desprevenidos a los madrileños y congelarles la cerveza y la sonrisa.

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