LES PAUL

Posted on April 14, 2012

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Me pasé tres años o más viéndola en el escaparate de Bosco. A veces a la izquierda, mirando de reojo hacia la calle. Otras, a la derecha, como si intentara ligar con el Hammond que llevaba allí incluso más tiempo que ella misma. En alguna ocasión, estaba en el centro, hermosa y resplandeciente. Y a mí se me llevaban los demonios de pensar que a alguien pudiera gustarle y llevársela.

Yo pasaba por delante como si no me importase, como si estuviese de vuelta de todo. Sólo me permitía un único segundo de admiración, de dejar resbalar la mirada por sus delicadas curvas, por su clavijero inmaculado, su mástil elegante, su caja tal vez un poco heterodoxa y, por supuesto, por sus pastillas doradas.

Algunos días tenía la sensación de que ella también me observaba, como de refilón, como haciéndose la dura. Lo cual es absurdo, claro. Al fin y al cabo, era una guitarra.

En realidad, no era “una guitarra”, sino “la guitarra”. Para mí no había otra, no podía existir ninguna igual. Ni la strato, ni siquiera la rickenbaker. Todo en ella era belleza y perfección.

Todo un verano trabajando y sin gastarme un duro tuvo su premio. Ahí estaba yo, con el dinero en el bolsillo y mirándola de frente por primera vez. Por fin sería mía.

Entonces empecé a pensar. Y si no suena como yo creo? Y si no me hago a ella? Y si me equivoco? Sentí ganas de salir corriendo o de comprar cualquier otra guitarra que no fuera ella.

Pero mi cuerpo no obedecía las órdenes del cerebro. Me vi -como si hubiera salido de mí mismo y observase la escena desde un patio de butacas- empujar la puerta y entrar. Parecía fuera de lugar, como un extraterrestre. Acaricié brevemente las teclas del Hammond, sólo como señal de respeto hacia ese instrumento que tanto he admirado siempre.

Se me acercó un dependiente. Casi sin darme cuenta, la tuve en mis manos, como un padre primerizo que teme dejar caer a su recién nacido, puesto en sus brazos a traición por la enfermera. Tenía una clavija en los dedos y no sabía qué hacer con ella. Sentí que toda la tienda me miraba. Casi podía oír los pensamientos de todos: otro capullo que se compra una guitarra que te cagas sin tener ni puta idea.

La enchufé y escuché el zumbido de la conexión. Algo que nunca me ha gustado de los marshall. Deslicé los dedos por el mástil. Acaricié las pastillas. Di un acorde un poco malo y noté que me encogía. Pero luego, respiré y me relajé. Fue como si ella misma me dijera: tranquilo, yo he nacido para que me hagas sonar tú y nadie más.

Hay noches que la luna se cuela por la ventana y la ilumina. Yo la miro como antes, con disimulo, porque me da la sensación de que no le gusta que me quede observándola. La veo ahí, en medio de mi salón y siento que tanto tiempo de desearla ha merecido la pena.

No sé si algún día se estropeará. Si dejará de sonar. Tampoco me importa demasiado. Mientras siga regalándome sus notas, yo seguiré escuchándolas. Seguiré admirando su belleza, su elegancia. Seguiré emocionándome con su timbre ligeramente apagado. Seguiré recordando su brillo tras el escaparate y la excitación de aquel primer acorde. Siempre será mi Les Paul. Así pasen cinco años… o cincuenta.