TENEMOS UN PROBLEMA (Una novela por entregas del siglo XXI) #16 y #17

Posted on May 11, 2012

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Maraña apareció en el cuartel con cara de melancolía. Le daba pena abandonar el lugar. Manda huevos, las que hemos pasado en este sitio. Le venían recuerdos a la cabeza. Muchos momentos. Sabía la que le esperaba, así que echó otro ducados antes de entrar y aguantar un nuevo chaparrón del coronel.

Entró soltando el humo de la última calada y preguntándose si ahora que se jubilaba sería el momento de dejar de fumar. Me pondré gordo y cambiaré el cáncer de pulmón por el infarto. Si total, dentro de cien años, todos calvos. Así era José Vicente Maraña, él se lo preguntaba y él se lo contestaba.

Qué pasa Pepe, dónde anda el negro?
Solucionado, mi coronel.
Cómo que solucionado?
Sí, sí. Esta noche ya no ha dormido en el camarote.
Y dónde cojones ha dormido?
Maraña tuvo que hacer una pausa y tragar saliva antes de confesar la verdad.
En mi casa, mi coronel –masculló entre dientes.
Ya lo sé, Pepe, coño. Te crees que soy gilipollas? Soy tu coronel, te piensas que no me entero de todo lo que pasa en mi cuartel y con mi gente?
Me dijiste que no durmiera en el calabozo y eso es lo que ha pasado.
Y qué coño piensas hacer con él?

Maraña volvió a hacer una pausa. Miró hacia el techo y suspiró. Pues la verdad es que no tengo ni puta idea…

Hay que joderse, José Vicente Maraña metido a misionero. Pero qué te ha dado con ese negro?

Abebe.
Qué?
Que se llama Abebe.
Amos Pepe, no me jodas…

* * * * *

¿Cómo que te traes al negro? –la voz de su esposa no atronaba, era mucho más que eso.
Y qué quieres que haga con él, mujer?
Yo qué sé! Lo que te dé la gana! Un negro, de verdad?
A ver, ya le encontraré un trabajo o algo. Tú por eso no te preocupes.
Pero cómo que no me preocupe. Dónde va a vivir?
Pues yo qué sé! De momento, que se quede en el cuarto del chico. Luego ya veremos dónde vive o qué hace.
A mí no me parece buena idea José Vicente, me da miedo tener un negro aquí metido.

Maraña miró a Abebe, que seguía en cuclillas, ahora en el suelo del salón. No acababa de acostumbrarse al sillón.
Abebe! –llamó mientras tapaba el auricular. Después le hizo un gesto para que se sentara en el sofá. El keniano se sentó con suavidad, pero no parecía cómodo. Maraña le indicó que se relajara, pero aquel no hizo caso. Puto salvaje, ni sentarse en un sillón… -murmuró. A todo esto, su mujer seguía dale que dale con la cantinela.

A ver, no le des más vueltas. Mañana me lo llevo al pueblo y allí ya vemos. Tú tranquila que mañana por la noche estoy ahí.
Ten cuidadito con la fiesta de esta noche, eh?
No te preocupes –Maraña arrastró la u con el tono cansado de quien lleva toda la vida aguantando la misma matraca. Colgó el teléfono y una vez más no supo si alegrarse o entristecerse por tener que pasar el día entero con ella.

Pepe, coño, que eres un guardia civil. De mala hostia, siempre –lo dijo en voz alta y se rió. Abebe lo miraba como si se hubiese vuelto loco.

Anda, vámonos, que al final voy a llegar tarde a mi propia fiesta –le hizo un gesto para que se levantara.