TORTUGAS

Posted on May 12, 2012

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Cuando éramos pequeños, en casa teníamos dos tortugas. Me parece que luego sólo quedó una (lo confirmará la imbécil de Almu, que es la que se acuerda de esas cosas; aunque tampoco es muy fiable porque a veces confunde los sueños con la realidad). Vivían en un cacharro con una piedra y, cuando les daba la gana, se subían a ella y se escapaban.

A la gente de hoy no le gustan las tortugas. Están bien un rato pero luego ya no hacen tanta gracia. Si no me crees, ve a la estación de Atocha y echa un vistazo a todas las que dejan allí los que se cansan de ellas.

A nosotros nos gustaba ponérnoslas en la mano, porque hacían cosquillas. Eran de esas canijas, nos cabían perfectamente en la palma.

El problema de las tortugas es que con ellas no puedes tener prisas. Van a su ritmo. No puedes ponértelas en la mano y obligarlas a hacerte cosquillas, porque entonces se meten en su caparazón y ya no las sacas. No, con ellas el rollo es otro. Las sostienes y esperas a que se les antoje sacar las patitas y la cabeza.

Pero, claro, para eso hace falta paciencia. Y hoy en día es el bien más escaso. Así que la gente se enfada con ellas y las deja en el estanque guarrindongo de Atocha. Bueno, allí por lo menos “socializan”, como los bebés en la guardería o el tipo ese de Venezuela al que le dijo el rey “podquénotecallaz”.

A mí me gustan las tortugas. Van un poco como yo, a su ritmo. Cuando les da la gana, se encierran en sí mismas y no las saca ni dios. O les da la ventolera, se suben a la piedra de turno y se escapan. Eso sí, cuando me encuentro con una, me sobra paciencia para esperar a que quiera hacerme cosquillas.

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