TENEMOS UN PROBLEMA (Una novela por entregas del siglo XXI) #20

Posted on June 1, 2012

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La llegada al pueblo fue el negativo de la salida del cuartel. Que si qué buena cara por aquí, que si ahora ya tenemos al que nos faltaba para la partida por allá… En un par de horas le organizaron la vida.

Pero, sin duda, la atracción fue Abebe. Aunque la mujer de Maraña había avisado de su llegada, para todos fue un shock. No sólo por el color, sino por su estatura.

Los niños se acercaban a él y lo tocaban y le preguntaban por qué era tan alto. Él les sonreía y les decía cosas en su propio idioma. Todos se reían al escucharlo y le pedían que hablara más.

Ya verás cuando vuelva tu cuñado de Sevilla y lo vea, le va a dar un patatús! –le decían. Cuando por fin tuvo un minuto para hablar con su mujer y después del chorreón de rigor (que si mira cómo traes la ropa, que si no te has acordado de traer la olla, que si yo no sé qué quieres tú que hagamos nosotros con un negro en casa que es que parece que te has vuelto loco, etc., etc.), le preguntó
Por qué todo el mundo me dice que a tu hermano le va a dar un patatús?
Mira, que te lo explique él mañana, porque a mí todo esto me parece una locura.
Y qué es eso que están construyendo en la entrada del pueblo?
Eso que te lo cuente él también, que yo estoy muerta y sólo quiero acostarme. Oye, el negro ese no tiene armas, no?
Pero mujer, cómo va a tener armas…
Bueno, por si acaso, esconde los cuchillos y tráete la escopeta esa que te han regalado.
Pero si no tiene perdigones…
Tú tráela igual, que para asustar sirve.

Maraña vio a Abebe en cuclillas junto al sofá. No había querido una habitación.
Abebe –le dijo. Y luego le señaló el sofá. El moreno sonrió y le hizo un gesto de ok con la mano, pero siguió sin sentarse en él. Maraña meneó la cabeza y siguió su camino. Si su mujer quería que llevara la escopeta a la habitación, no sería él quien discutiera con ella por eso.

Joder, una semana echándola de menos y a las dos horas ya estoy harto de ella –lo dijo en voz alta, pero con la boca pequeña. Hasta él mismo sabía que, por mucho que le diese la vara, no podía vivir sin ella.

Se echó un último ducados para el cuerpo en la puerta de su casa de siempre, pero en la que menos había vivido, sentado en la misma silla de rejilla de cada semana de vacaciones, mirando las estrellas y pensando en qué iba a ser de su vida ahora.
José Vicente, vienes o qué?

Maraña apagó el ducados y echó una última mirada a la luna antes de meterse en casa.