INVITACIONES MONOPARENTALES

Posted on June 4, 2012

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Como eres gilipollas y ya dicen tus hermanos que así te parieron y así te morirás, pues un día te da un ataque de exceso de estupidez (que en tu caso ya es complicado) y no se te ocurre nada mejor que invitar a la familia a tomar el aperitivo en casa el sábado.

O sea, como dicen en mi pueblo, pá mear y no echar gota.

Para empezar, la paranoia de la gente. Que se sienten como obligados a venir. Pero que a mí me da igual. A ver, el que venga que sea porque le apetece.

Pero bueno, el caso es que juntas a catorce personas en casa. Que no tienes de nada: ni sillas, ni vasos, ni platos… Pero tiras de monouso (o sea, de papel y plástico), que además en el lidl (no se puede decir lidl, hay que decir el lidl) venden un pack que hasta te regalan un pito (silbato, perdón).

Pero como tu gilipollez no tiene límites y vas por la vida de yo puedo con todo, te piras al tenis con el niño a las 12 y llegas a casa a las 13.30. Con tiempo de sobra, no? Los coj*****…

Pero si es que eres bo. Si no tienes hecho nada. Porque es que además, en vez de poner chorizo y morcilla como todo el mundo, tú no, tú tienes que hacerte el chulito y el cool. El viernes, toda la tarde para hacer caldereta de conejo (que no sirve para nada, porque es para una de las imbéciles), un pastel de puerros (que no sirve de nada, porque se lo pueden comer entre dos), un millón de minihamburguesas (que no sirven de nada porque hay que freírlas en el momento) y las natillas para una de las tartas (que no sirve de nada, porque la tarta sigue sin estar hecha). Pero eso sí, tus hermanas venga a preguntar que si llevan algo y tú que no hace falta. Lo dicho, gilipollas.

Así que, a media hora de que llegue la gente (sí, en mi familia somos todos asquerosamente puntuales, de hecho el capullo del marqués se presenta con quince minutos de adelanto, como si fuese el ave, pero se lo perdonamos porque trae el vino), no tienes nada hecho.

Encima a la mamma le da el punto de que hagas tortilla (que ya me dirás tú, si no le has hecho una en tu puñetera vida). Suena el timbre por primera vez y ni has abierto la bolsa de patatas.

Lo tienes todo organizado tan de pena que, aunque la comida es lamentable, los invitados tienen tanta gusa que les parecen manjares. La tarta caliente (no ha dado tiempo a que se enfríe), las minihamburguesas saliendo de una en una y de tres en tres, como los clicks de famobil. Un desastre. Pero te da bastante igual porque aproximadamente media hora después de la llegada del marqués estás moderadamente cocido.

Lo bueno de hacerlo tan mal es que la gente huye rápido y te dejan dormir la siesta. Aunque cabe la posibilidad de que lo hagan sólo para escaquearse de ayudarte a recoger. Otra ventaja es que ahora puedes invitar al aperitivo todas las veces que te dé la gana y quedar de lujo sin hacer nada, porque está claro que no van a repetir la experiencia. Bueno, vete a saber, que en mi familia son capaces de todo por un gañote.

Para cuando terminas de recoger la cocina (otra sorpresa: al limpiar el suelo te das cuenta de que el techo no es tan bajo como creías) se ha hecho de noche y sientes deseos de asesinar a media españa. Tienes que tratar al niño por la sobredosis de fanta y videojuegos (menos mal que una vecina caritativa se lo lleva un rato) y te duele la cabeza de beberte el vino malo para que no se acabe el bueno (siempre más escaso, lo de las bodas de caná ha de ser un milagro necesariamente).

Te tomas una copa de champagne con dos vecinos que han sido lo suficientemente listos como para no aparecer para el aperitivo pero pasarse luego a tomar una copita y pones el quinto lavavajillas del día (o el sexto).

Si por lo menos acabases el día durmiendo con alguien que te relajase, la cosa habría merecido la pena…

Al día siguiente decides escribir un post, no para contarlo, no porque te parezca divertido, sino para tenerlo de advertencia por si alguna vez te vuelve a salir el gilipollas ese que llevas dentro.