MI CRISIS

Posted on June 11, 2012

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Hace unos meses, envié este texto a varios amigos. Decidí no publicarlo en el blog por motivos que se me escapan. Pero a la vista del devenir de los últimos acontecimientos, me da la gana hacerlo ahora.

Es el texto original, algunas referencias temporales están obsoletas, pero prefiero dejarlo así.

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MI CRISIS

 

Vaya por delante que ni soy economista, ni analista financiero, ni nada por el estilo. Así que no puedo ser considerado un “experto” en la acepción común del término. Pero vaya también por delante que he trabajado más de quince años en el sector financiero y en total más de veinte en grandes corporaciones.

 

1.- La situación

 

Estamos en plena crisis económica y eso lo sabe todo el mundo. Y cómo se han solucionado las crisis en todas las épocas de la historia? Efectivamente, con guerras. Y eso es exactamente lo que está sucediendo en este momento en el mundo.

 

Una guerra económica, en la que el campo de batalla son los mercados y las instituciones supranacionales y el objetivo es hundir a determinados países que cumplen unas condiciones concretas.

 

Como en todas las guerras, una parte muy importante es la propaganda, la intoxicación informativa para quebrantar la moral de los oponentes y captar aliados para la causa. Por eso es complicado encontrar informes realmente objetivos y no interesados. Hay pocos y los que hay quedan sepultados por la maquinaria propagandística de cada uno de los contendientes.

 

Ya han caído unos cuantos países. Otros han conseguido vencer. Algunos están ahora en plena batalla (España, por ejemplo). Tampoco faltan los que se creen seguros pero serán atacados en el futuro.

 

2.- La fórmula

 

El objetivo es captar los –cada vez más escasos- recursos financieros para la propia economía. Es decir, Estados Unidos quiere que los grandes inversores internacionales apuesten por su economía. Y el resto de países, lo mismo. Quien obtenga más recursos, vencerá en esta guerra.

 

La fórmula es sencilla. Se comienza publicando una serie de informaciones negativas en grandes medios internacionales (Financial Times, Wall Street Jounal, The Economist…). Es un primer sondeo para detectar las debilidades del enemigo, su capacidad de respuesta y su estrategia.

 

En el caso español, se ataca su sistema financiero y la capacidad para afrontar los plazos de pago de la deuda. La respuesta viene en forma de desaparición del modelo de cajas de ahorro, concentración (proceso que está lejos de haber terminado) y apoyo de las entidades al Estado (ojo, no al Gobierno, sino al Estado) y de éste a aquéllas.

 

En cuanto a los argumentos de defensa se basan en la fortaleza de los dos grandes bancos (Santander y BBVA), su

compartimentación de negocios (es decir, los negocios en los países son independientes, por lo que el banco puede caer un país pero no arrastra a los demás y, por tanto, no cae el banco en su totalidad) y la excelente gestión del regulador (Banco de España).

 

En esta etapa, nuestra proverbial condición “provinciana” nos salva el pellejo. La incapacidad para comprender los productos complejos y colocarlos en el mercado hace que el impacto de productos tóxicos sea bajo y fácilmente disimulable en los balances.

 

En una hábil maniobra de propaganda, se reconocen algunos escándalos (Maddoff, Lehman Brothers), con un impacto mínimo y una solución pactada con los afectados al cabo de un tiempo prudencial. De esta forma, se hace más creíble la existencia de un modelo sólido, pero con sus fallos, como todos. La perfección no hubiera sido aceptada.

 

Aun así, el resultado roza la catástrofe. El “enemigo” consigue hundir las cotizaciones de las grandes empresas y que el inversor medio retire sus posiciones para ir a valores refugio –principalmente oro-.

 Además, al desaparecer gran parte de la inversión y hacerse líquidas las posiciones, se produce la famosa “crisis de liquidez”. Nadie puede prestar, porque hay que guardar el capital para afrontar los compromisos propios.

 

La segunda etapa, la actual, es el ataque al sistema económico en sí. Bien de forma directa, alterando el normal funcionamiento de los mercados para actuar sobre la deuda del país y las cotizaciones de sus principales empresas con el punto de mira en los grandes inversores internacionales; o de forma indirecta, atacando a los países que tienen que afrontar pagos que tengan a la nación objetivo como acreedor, de esta forma, carecerá de liquidez para afrontar sus propios pagos.

 

Esta fase es la más dura, porque es cuando se asesta el golpe a lo que se conoce como “economía real”. En una guerra tradicional, sería pasar del campo de batalla a las ciudades. Las consecuencias las sufren las personas, los ciudadanos, se quebranta la confianza interna y se incrementa el impacto. Ya nadie cree en el sistema ni en la capacidad del Gobierno para solucionar la crisis. La pérdida de confianza implica una elevación en la prima de riesgo de la deuda el país.

 

En resumen, no consigues colocar deuda en el mercado y la que colocas es a precios muy elevados. Disminuye el consumo en previsión de necesidades futuras, desaparece el crédito o se concede a precios muy elevados, con lo cual la financiación es imposible o inviable. Cierran empresas, aumenta el paro, disminuyen los ingresos del Estado y se incrementan los gastos. El paro se eleva y la economía se “infarta”.

 

En la última fase, el país cae y solicita el rescate por algún organismo supranacional. Los “vencedores” aprovechan la situación para conseguir beneficios económicos a cambio de la ayuda –en el proceso de “reconstrucción económica”- y salen reforzados.

 

El problema es que la solución nunca es suficiente. Cada vez tienen que caer países más grandes y disminuir el número de porciones en que repartir la tarta. El que antes se creía vencedor, pasa al lado de los vencidos…

3.- Los “players”

 

Como en todas las guerras, hay dos lados y las alianzas cambian. Estados Unidos y China han liderado la “entente” de los vencedores desde el principio. En un primer momento, la Unión Europea se sitúa como contrincante pero las victorias sobre Portugal e Irlanda rompen la “unión” y Alemania y Francia –principalmente- deciden cambiar de bando y atacar a sus propios aliados.

 

Gran Bretaña se pone desde el principio en contra de su enemigo natural, que es la Union Europea. Japón, por su idiosincrasia, sufre casi una guerra civil, en la que el peor enemigo es él mismo. Los países árabes permanecen a la espera, con la única condición de que el precio del petróleo evolucione de forma controlada y beneficiosa para ellos. Latinoamérica permanece ajena a la guerra porque, de momento, no es importante en términos de volumen económico para ninguna de las partes y los ataques contra ella perjudicarían a todos. Pero Brasil empieza a resultar molesto para algunos…

 

También como en todas las guerras, en cada país hay diferentes líneas de pensamiento. Unos apuestan por una guerra cruel y despiadada y otros por fórmulas menos dañinas, sobre todo con la “población civil”.

 

4.- El futuro

 

En el panorama internacional, quienes ahora son aliados terminarán por ser enemigos. Ya se han disparado las primeras hostilidades: China, Estados Unidos y Alemania sufren en sus carnes lo infligido a terceros.

 

Hay factores que serán críticos: si se decide atacar o no a los productores de petróleo, si Latinoamérica se convierte también en objetivo y qué va a pasar con otras economías como India, Rusia, las dos Coreas, etc.

 

En lo que a España se refiere, tocaremos fondo. La prima de riesgo hará inviable la colocación de deuda, la reducción de ingresos del Estado y las Comunidades Autónomas y la asfixia financiera de las empresas tendrá como resultado la subida (aun mayor) de la tasa de desempleo y el resurgir de la economía sumergida.

 

Un rescate de un organismo internacional tendría un impacto tan brutal que –como siempre- es el último recurso. No exento de aspectos positivos, por supuesto. En la medida en que las grandes entidades financieras –BBVA y Santander sobre todo- sean capaces tanto de absorber los compromisos que el Estado les ponga, como de maximizar el beneficio en determinados mercados para compensar las pérdidas en otros, el sistema aguantará. Todavía tendrán que “explotar” un par de burbujas más y veremos caer a quien nunca pensamos que caería.

 

5.- Mi futuro

 

En cuanto a nuestro futuro como ciudadanos, la cosa es bastante dura. Hasta ahora, cuando estaba en alguna reunión yo siempre decía “dentro de poco, uno de cada cinco que estamos aquí sentados estará en paro”. Eso ya ha llegado. Pero no ha terminado. El desempleo seguirá subiendo y las empresas seguirán cerrando.

 

El proceso normal es el siguiente (aunque me voy a referir a una familia, aplica igual a individuos). Primero, los ingresos del grupo familiar disminuyen o desaparecen. Bien uno o más hijos pierden su empleo o bien uno o ambos cabezas de familia. La primera consecuencia es el retraso en determinados pagos menos importantes –compras realizadas a plazos, alquileres, consumos- y la eliminación de gastos superfluos –lujos, caprichos, restauración-.

 

Esto tiene un efecto inmediato sobre la economía, aunque parezca que no. El arrendador no cobra el alquiler y no puede atender sus propios pagos, desciende el consumo, etc. Es importante darse cuenta que, en un modelo económico como el actual, cualquier cambio afecta a todo el sistema. Es el “efecto mariposa” en versión económica.

 

Esta situación dura hasta que se acaban los “ahorros”.

 

El paso siguiente es acudir al primer círculo de confianza: familiares y amigos. Bien en la clásica versión del “sablazo”, bien en forma de préstamo de coches, etc. Llega un punto en que la familia en cuestión se muda a otra vivienda –más barata, prestada, compartida con progenitores o hijos-.

 

El proceso sigue afectando a toda la economía. O bien han dejado de pagar su hipoteca –con lo cual, la entidad financiera en cuestión deja de ingresar las cuotas correspondientes- o, si se trataba de un alquiler, el arrendador deja de percibir los ingresos, ahora de forma permanente. Para vender o volver a alquilar el inmueble en cuestión se suele producir una rebaja en precio o el incremento del plazo de tiempo transcurrido hasta volver a percibir ingresos. Es decir: o vendes/alquilas más barato o el piso se queda vacío.

  También se da el caso de padres que se ven obligados

  a malvender sus propias viviendas para poder ayudar a sus hijos.

 

Se incrementa la oferta inmobiliaria y cae la demanda, lo que hace que bajen los precios. Pero al subir la prima de riesgo –las entidades financieras se “fían” menos de sus clientes-, las hipotecas son más caras, por lo que la bajada de precios no se traslada a los compradores –o por lo menos, no en su totalidad-.

 

El momento más complicado –el que estamos comenzando a vivir- es cuando ya no queda nadie a quien acudir para pedir ayuda. No hay ingresos y se va sobreviviendo a base de “trampas” y seguir acumulando deudas mientras se pueda. El efecto psicológico sobre las personas es devastador y la convivencia en muchos casos se hace insoportable.

 

La economía se ralentiza, porque no quedan fondos para ayudas. Las administraciones locales dejan de percibir los ingresos por impuestos y entran en bancarrota. Dejan de pagar a sus proveedores o lo hacen a plazos insoportables para las PYMES. Muchas de ellas, se ven obligadas a cerrar, con lo cual el círculo vicioso continúa girando, cada vez a más velocidad.

 

Comienzan las revueltas sociales, con cualquier excusa. Las posiciones se extreman y se radicalizan. Florecen la xenofobia, el racismo y el apoyo a regímenes políticos no democráticos.

 

La guerra ha terminado. El vencedor aparece como gran salvador en forma de ayudas económicas a cambio de pingües beneficios en el futuro…

 

6.- Conclusión

 

Aunque la posición de España es más favorable que la de otros, principalmente por la solidez del sistema financiero, la labor del Banco de España y la existencia de un grupo de compañías bien diversificadas geográficamente, también contamos con puntos débiles que el “enemigo” conoce bien y explota.

 

El gobierno que surja de las elecciones del 20 de noviembre deberá afrontar un panorama desalentador en el que –pese a lo que pueda parecer- la mejor arma no es un buen paquete de medidas económicas, sino el establecimiento de un modelo de “diplomacia económica” que nos permita permanecer al lado de los “vencedores”. Habrá que hacer grandes concesiones, sin duda, pero las condiciones de una alianza o tratado de no agresión siempre serán mejores que las de una rendición.