MONOPARENTALES PRIMAVERALES

Posted on June 16, 2012

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Ya he dicho en alguna ocasión que el mejor amigo de un monoparental en primavera es el bonoparques.

Es que tú lo piensas y en teoría es perfecto no? O sea, recoges al niño el viernes en el cole y, tú con toda tu buena fe, le sueltas: qué te parece si mañana vamos al parque de atracciones?

Pues claro. A quién no le apetece el plan? Y te levantas el sábado bien tempranito para preparar la comida (hay mucha crisis). Pero te da igual, porque se trata de pasar un día divertido los dos.

El, como prisa lo que se dice prisa no tiene, se levanta a las once. Cuando le enseñas lo que has preparado, tampoco te creas que se pone a dar brincos de alegría. Y eso que debo de ser el único gilipollas que lleva fideuá al parque de atracciones.

Llegas tarde al tenis, claro. Y el profesor te pone cara de ya te vale. Si supiera la verdad de la mañana que llevas, otro gallo cantaría.

Cuando sales del tenis, te vas para el parque. Dejas el coche en el pardo por lo menos, porque la casa de campo es lo más parecido al metro de tokio en hora punta.

Y tú te piensas que va a ser como el año pasado. Ya sabes, atracciones normalitas y todas las de agua, por supuesto. Pero claro, igual que la ropa de hace doce meses no le sirve (ni la de hace uno, por cierto), las atracciones tampoco. Esas que antes miraba con el horror pintado en los ojos, ahora le empiezan a parecer atractivas. Vamos, lo mismo que te pasa a ti con las mujeres entre las diez de la noche y las tres de la mañana.

Así que te encuentras pagando el precio de tanto cachondeo que te has pasado tú sólo cuando lo amenazabas con subirlo en el tifón.

Yo, que me he bebido hasta el agua de los floreros en más de una ocasión, nunca me he encontrado tan mal.

La única ventaja es que como cien millones de personas han pensado lo mismo que tú, así que las esperas en las colas de las atracciones son más largas que los cortes publicitarios de antena 3 (me estoy planteando seriamente estudiar una ingeniería gracias a la publi).

Entre cola y cola, se te va pasando un poco el mareo. Y, de cuando en vez, una de mojarse ayuda a despejarte un poco más. Y a ejercitar la mente pensando cuál de todas las opciones que se te ocurren es la verdadera razón de que el agua esté tan repugnante.

Cuando vuelves a casa, pringoso, agotado, aturdido y con ganas de vomitar, te viene a la mente un gigantesco auto de fe en el que se quemaran en un pira purificadora todos los bonoparques habidos y por haber. Pero no te preocupes, que a mí a gilipollas no me gana nadie. Ya verás cómo dentro de dos semanas la vuelvo a preparar…