RELATOS VERANIEGOS: LA LIBRERIA

Posted on July 10, 2012

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Entré, como siempre, en busca de un regalo. Para mí, no existe mejor regalo que un libro. Cuando alguien que te quiere te da uno, significa que desea compartir contigo sus gustos, sus historias, sus anhelos (tal vez), su universo… Yo buscaba un presente para alguien a quien quería, a quien quiero, debería decir más bien. Había de ser un libro, pues.

Empujé la puerta y me golpeó el perfume inolvidable, ese olor a libro nuevo que es como un campo húmedo de rocío al amanecer, tal vez con un único y solitario árbol bajo el que desayunar pan, aceite, tomate y olivas verdes recién cogidas. Eché un vistazo a mi alrededor con el despiste fingido del iniciado que se niega a serlo, que se aferra a su ya perdida condición de novato para conservar la facultad de sorprenderse, de admirarlo todo como si fuese la primera vez. En qué otra cosa puede consistir el amor que en el deseo de ver siempre a la otra persona con el arrobo y el sobresalto cardiaco de la primera vez?

Tantos libros. Casi podía oírlos gritar a mí, a mí, llévame a mí, que estoy lleno de historias de amor; o a mí, que te haré reír hasta que se te salten las lágrimas. Pero cuando uno va a comprar un libro para alguien a quien quiere, no busca nada de eso. Busca algo que se quede durante meses en la mesilla de esa persona; que sea leído y releído; que sea abierto y cerrado con el cuidado propio de algo que merece ser guardado por siempre. Yo, tan desastre con mi biblioteca, la mitad tirada por el suelo, otros trepados entre sí para tapar cualquier vano de la atiborrada estantería; algunos, cómo no, deslizados detrás de los demás y condenados al eterno ostracismo. Yo, desorden, buscaba un libro que no estuviera en el suelo, que no se pelease con los demás por un lugar en el que exhibir orgulloso su lomo.

Recorrí las estanterías rozándolas con la punta de los dedos. Siempre lo hago. Y cada vez siento un extraño calor en las yemas. Como si los libros me transmitieran su propio fuego interior, su vida, su energía. Casi daban ganas de cerrar los ojos. Me invadió un pensamiento estúpido que, como todos los de su especie, no dejaba de tener una cierta lógica: se llamará librería porque venden la forma de ser libre? Los libros te dan libertad, eso es seguro.

Cuando quieres a alguien buscas un libro que transmita tus gustos. Pero que guste, también. Un regalo así está mandando un mensaje y debe ser el mensaje correcto. Al fin lo encontré. No podía ser otro. Y la receptora del regalo sabía bien por qué.

Decidí pasar un rato más en aquella atmósfera distendida. Otro cliente leía tranquilo, sentado en el enorme sofá que acaparaba el centro del local. Sólo un cruce de miradas que decía yo soy del club, soy de los tuyos.

Por fin, con un par de volúmenes más bajo el brazo, me dirigí a la caja. La dueña (en las librerías pequeñas los cajeros siempre son los dueños) me preguntó si los quería envueltos para regalo. Sólo este, le dije. Pero antes, la dedicatoria. No se puede regalar un libro a alguien a quien quieres, sin dedicatoria.

Recogí la bolsa que me tendía y el recibo de la tarjeta de débito (en las novelas siempre son de crédito, pero la mía era y es de débito) y me dispuse a salir. Pero antes, me giré y le dije a la librera: gracias; gracias por seguir haciendo que la imaginación, los sentimientos y la creación del ser humano no desaparezcan nunca; por distribuir tantos momentos de placer, de emoción, de felicidad; por fabricar tantos abrazos, tantas sonrisas, tantos besos de quienes los reciben como regalo. Ella sonrió y dijo: de nada, pero me temo que exagera.

Salí de la libreria con la sonrisa aún enganchada a la cara, consciente de que ese libro le diría a la persona que lo iba a recibir exactamente lo que había en mi interior.

FIN (por si alguien no se había dado cuenta)

Nota: Dedicado a todos los que tienen o han tenido la vocación de ser libreros, en especial a mi hermano Gabriel (no sé por qué especifico, no tengo otro) y a Pita.