RELATOS VERANIEGOS: TORERO

Posted on July 21, 2012

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Con treinta y seis grados a la sombra, Facundo Berza, más conocido como Manolo Pandero (esto último por su lugar de origen, Pandero de la Frontera, y lo de Manolo por extraños caprichos del destino) luchaba por embutirse en su traje de luces tabaco y plata, su favorito. El traje de sus tardes de triunfo, con el que lo vieron salir por la puerta grande sus paisanos en aquella gloriosa ocasión que le dio la llave de la alternativa.

Facundo (o Manolo, eso según quién) se miró al espejo y se vio estupendo. Por ti no pasan los años Cundi, se dijo a sí mismo. Le gustaba llamarse Cundi, porque le sonaba más torero. Pero nunca cuajó. Nadie más que él le llamaba así.

Dieron dos golpes a la puerta. Venga, que nos vamos. Agarró la montera y salió. Escuchó un par de suertemaestros, que ya de pura costumbre no significaban nada, como los besos rutinarios de los matrimonios.

En cinco minutos estaban en la furgoneta. A ver cómo te portas, Facu, que vas de sobresaliente. Le repateaba que utilizasen ese nombre, pero quien paga manda, así que asintió. Y fue en ese momento la primera vez que se le pasó un pensamiento por la cabeza: lo dejo.

Fue así, de repente. Como se toman las decisiones importantes en la vida. Sin pensarlo. Como un vómito que brota del vientre y no hay quien pare. Lo dejo, qué coño, que no tengo edad ya.

Luego vino la paranoia. En las películas malas, siempre hay un pringao que muere cuando está a punto de retirarse o cuando ha terminado su periodo de servicio en Vietnam. Se cagó en la puta y vio las caras de todos volverse hacia él. Joé qué calor hace en esta furgoneta de los cojones, disimuló. Pues va el aire a dieciocho grados, se justificó el chófer.

Al llegar a la plaza, fueron directos a la capilla. Las manías del maestro. A Cundi o Facundo o Manolo, toda esa superchería la verdad era que se la soplaba. No creía en esas gilipolleces, pero hacía el paripé porque era lo que se esperaba de él. Se arrodilló y se preguntó quién cojones serían esos santos, esas vírgenes. En Pandero de la Forntera sólo había un Cristo y una Virgen María. A ver si es que en la Biblia salían más. Y de santos, pues Santiago Matamoros, como en la mayoría de los pueblos.

Al levantar la vista para recorrer las imágenes, un rayo de luz rebotó contra una corona dorada (que no de oro, por mucho que se empeñaran en convencer a la gente) y le pegó en los ojos. Fue como un fogonazo. Cuando se quiso dar cuenta, estaba rodeado por sus compañeros que le preguntaban si se encontraba bien. Ta dao un shungo, Manolo, decía El Tinaja, a la sazón, picador de la cuadrilla encargado de guardar puerta. No, joé, que ha sido un reflejo del sol, que me ha dao en toa la córnea. Pero si tas caío reondo, pisha, de qué hostias hablas? El cura de la plaza carraspeó. Usté disimule, monseñor, se disculpó no sin cierta rechifla el de a caballo.

Que estoy bien, coño ya tanta tontuna. Manolo, si no estás bien, no estás bien. No sales y ya está. Pero qué dices, maestro? Yo salgo hoy de sobresaliente como está mandao.

Con la excusa de tomar el aire fue a buscar un winston. Le costó convencer al apoderado del primer espada, pero al final se lo sacó. Treinta años de profesión pa que vengan ahora a tocarme los cohone tós estos niñatos. No te jode…

Las Ventas estaba a reventar. A Cundi la verdad es que ese sitio le daba repelús. Na más que pijos a lucirse, pisha, has visto? Ni puta idea de toros, suspiraba durante el paseíllo Palmito III, nieto y sobrino de banderilleros. Les iba yo a dar rabo pero bien…

El de Pandero miró a los tendidos y no pudo estar más de acuerdo. Panda de soplapollas. Calentó con el capote mientras sentía el sudor caer a chorretones por bajo la montera. Dame un poco de agua, Yiyo, le dijo al mozo de espadas. Se vació media botella por la cabeza. Qué asco de sitio, ni mar, ni montaña ni ná. Sólo calor y mierda. Cómo podía hacer esa temperatura en mayo?

Se anunció el primero de la tarde. Cógelo tú y me lo mimas. Lo que digas maestro. La primera mitad de la corrida pasó sin pena ni gloria, como ocurre siempre en San Isidro. Yo no me la voy a jugar aquí, decía Palmito. Total, no tienen ni puta idea… Las ponía siempre a toro pasado y dejaba una de cualquier manera. Hala, esa ya cuenta. Y se moría de la risa.

Al cuarto también lo recibió Cundi. Le aplaudieron la lidia, aunque no lo merecía. El maestro le hizo un gesto para que se destocase en el tercio. Ovación. Me voy, se dijo. Me voy tal que ahora mismo. Echo a andar y me voy por la puerta de chiqueros y que les den por el culo a todos estos. Me voy. Escuchó el grito cuando ya estaba a medio camino. Manolo, a dónde cohone vas, hijolagranputa? Fue como despertar de un sueño. A cogerlo desde aquí, maestro. Ah coño, qué susto. Bájale bien la mano y que se joda, que no tiene un pase. Que lo hubiera cambiado el presidente que es un inválido. Y el toro también, pensó Cundi y le dio la risa. Palmito le miraba con cara de qué hostias has fumao?

La primera chicuelina le salió sin pensarlo. Ajustadita y sin enmendarse. Algún tímido olé brotó del cuatro. La segunda vino incluso mejor. Sintió pasar la mole de carne a su lado, el golpe de aire, el olor a mierda y a miedo del animal. Durante una milésima de segundo pensó me cago en la puta, me ha manchao la taleguilla. Luego le dio otra y otra más, con los tendidos gritando olés. Vio la cara de odio del matador (niñato de los cohone, ni puta idea tienes, si no fuera por el padrino, no llevabas tú ni las maletas), la sonrisa burlona de sus compañeros de lidia y algún que otro gesto en los tendidos. Lo dejó en suerte y escuchó la ovación y la plaza puesta en pie gritando to re ro, to re ro.

Esta vez no pidió permiso al maestro. Se desmonteró, saludó al tendido y, cuando se quiso dar cuenta, estaba cruzando la puerta de chiqueros, con el cuello de la camisa desabrochado y la montera en la mano. No sabía ni dónde estaba el capote. Oyó gritos y juramentos de quien acababa de dejar de ser su jefe, los aplausos y vítores del público mezclados con abucheos y un ole tus cohone, Facundo, de su buen amigo Palmito.

Se despertó en el tren, todavía vestido de luces, de tabaco y plata, el traje de sus tardes de gloria, firmada a sangre la taleguilla. Así lo vieron llegar por la carretera de entrada a Pandero de la Frontera, con una sonrisa en la boca y la mirada extraviada. Todavía resonaban en sus oídos las voces del público. To re ro, to re ro…