RELATOS VERANIEGOS: VIENTO MORO (Maraña, los orígenes)

Posted on August 5, 2012

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El comandante Maraña sabía bien que cuando el viento sopla moro, siempre hay lío. El viento moro trae calor, mucho calor, y arena. Trae dolores de cabeza y cosas malas. Los hombres se vuelven locos, las mujeres, insoportables; los niños lloran y los bebés no duermen ni comen. Todo el mundo anda irascible y, tarde o temprano, aparece alguno que tira de bardeo o de escopeta.

Se acostó en su cama, más grande y vacía que nunca, y se dispuso a dar vueltas y sudar hasta que llegara el aviso. Era cuarto creciente y había media luna. Esa era la noche, sin duda. No la luna llena, eso eran chorradas.

El aviso llegó a las tres y veinte. Se puso los pantalones del uniforme sobre los calzoncillos que habían ejercido de pijama y la camisa. El tricornio lo echó en el asiento del coche, pero no se lo puso.

En la puerta de La Garza había el ambiente clásico de estas situaciones. Las chicas se malcubrían con batas translúcidas (nunca se sabe de dónde te puede salir un cliente, murmuraba alguna veterana a la novata preguntona). La Chapa mandaba más que él mismo. Y el pobre Zurráspez, al que había pillado de guardia el evento, se movía de un lado a otro como pollo sin cabeza.

Mandó a freír espárragos sólo con la mirada a su subalterno, que amenazaba con darle el parte. Rechazó también la invitación de rigor con la debida cortesía y trató de enterarse de qué había pasado. Tú dirás, Chapa. La interpelada sonrió, gintonic en mano. Maraña era uno de los pocos que tenían permiso para utilizar ese mote. Me han matado a una niña, informó mientras se pasaba el vaso helado por la frente. El guardia civil no pudo evitar fijarse en los dos bultos que florecieron en el deshabillé. Ella siguió su mirada y se rió. A estas alturas, Sisebuto? Maraña esbozó media sonrisa y meneó la cabeza. Puto viento, masculló. Quién era? La China. Maraña apretó el puño. Conocía bien su historia. Que, por otro lado, no era diferente de la mayoría. Chica guapa de pueblo con aires de grandeza y sueños de convertirse en estrella, engañada por un buscavidas. Lo duro de la de Laura, más conocida como La China por razón de la curvatura de sus ojos, era que acababa de aprobar el examen de acceso a la universidad para mayores de veinticinco años y tenía planeado marcharse a la capital en tres semanas.

Sisebuto Maraña, Sise para los amigos, siguió dando vueltas en la mano al tricornio que no se acababa de poner. Con quién estaba? La Chapa se encogió de hombros. Con nadie. Hoy no se encontraba bien y me ha pedido quedarse en su habitación. Algún cliente raro esta noche? No, ya sabes. Lo típico. Cuatro parroquianos, un par de camioneros, viajantes. Nada anormal. Maraña hizo un gesto para que lo acompañara a la habitación de la fallecida.

* * * * *

Apoyado en el quicio de la puerta, el comandante Maraña sacó un ideales y se lo llevó con parsimonia a la boca. No le preocupaban los muertos, los había visto por decenas. Pero aquello era diferente. Una mujer joven y guapa…

A simple vista, casi parecía estar durmiendo. Las marcas del cuello, que en breve parecerían enormes cardenales, eran todavía apenas visibles. La cabeza, ladeada hacia el lado contrario al que ocupaba Maraña, hacía un extraño escorzo. Se fijó en la nuca de la muchacha. O sea, que se pasó aquí todo el día, no? La Chapa asintió. Ya sabes cómo somos las mujeres, hay días que necesitamos nuestro espacio. Maraña percibió el tono de ironía y sacó a pasear a su famosa media sonrisa. Sí, algo he oído…

El guardia civil recorrió la alcoba con la mirada. Su función era vigilar la escena del crimen hasta que llegaran los de la capital. No iba a meterse a investigar nada. Sintió pena otra vez por la muchacha. Era demasiado joven para morir. Bueno, qué coño, todos somos demasiado jóvenes para morir, pensó. Si, total, el cielo va a estar ahí siempre. O el infierno.

En el dormitorio, todo parecía en orden. Ni un solo signo de violencia, salvo el cadáver, claro. Maraña se asomó a la ventana para tirar la colilla. Esta estaría abierta, no? Tú me dirás, con este calor… Por ahí podría haber entrado o salido cualquiera. Era sólo un primer piso, y apoyándose en el tejadillo de la despensa que había abajo, era sencillo llegar hasta el alféizar. La mirada hizo un recorrido de trescientos sesenta grados. Nada especial. Una foto de una mujer sobre la cajonera. Su madre, seguramente. Un vestido colgando de la esquina del armario. Nada destacable. Todo tranquilo, como si la chica se hubiese asfixiado a sí misma, sin resistencia.

Nadie oyó nada, no? La Chapa negó con la cabeza. Ya te digo que ha sido una noche de lo más normal, mi comandante. El aludido dio las gracias en silencio por estar de espaldas, para que no se le notara en el gesto lo que sentía al escuchar de boca de aquella mujer esa forma de dirigirse a él. No sabía que hubieras ingresado en el cuerpo. Ya no tengo edad, mi comandante, lo intenté hace unos años pero no superé las pruebas. Maraña asintió de forma casi imperceptible. Los de Madrid llegarán en un par de horas. Cierra la habitación y que no entre nadie. Querrán interrogar a las chicas y a los clientes, así que si alguno tiene que desaparecer, que sea ya. Te dejo a Zurráspez para que vigile. No te quedas? Para qué? Aquí ya no pinto nada…

* * * * *

Maraña no se sentía con ánimos de volver al cuartel, así que se fue donde Tino y le tocó la puerta. Estabas durmiendo? Qué va, ya sabes que yo lo de dormir… Sigues? A ver… Tino llevaba sin dormir desde que una noche su mujer se plantó con una maleta en medio del bar que habían regentado juntos durante dos décadas y delante de toda la parroquia lo mandó a la mierda con esas mismas palabras: vete a la mierda; así, como suena, a la mieeeerda, con muchas es. De eso hacía más de dos años. Quieres una palomita? No, deja, que me da ardor. Tienes café? De recuelo. Maraña encogió los hombros verdes. Qué haces aquí a estas horas? Vengo de donde La Chapa. Qué pasa, ahora vas de putas? No digas tonterías, Tino, copón. Pues deberías, porque la gente empieza a chismorrear, que lo sepas. Qué chismorrear ni qué chismorrear! Lo que oyes. Y qué chismorrea la gente de mí?, si se puede saber. Pues que a ver si va a resultar que tanto uniforme y tanto tricornio y luego… Y luego qué? Coño, Sise, que hay que decírtelo todo o qué? Pues sí, hay que decírmelo todo. Así que, ya estás largando. Pues que si va a ser que no te gustan las mujeres! A Sisebuto Maraña, comandante de la Guardia Civil, no le había visto demudársele la color nadie, en sus treinta y dos años de vida. Cagoentó, murmuró, tan bajo que ni Tino lo oyó. Hay que joderse lo que se aburre la gente en este pueblo. Yo casi me alegro. Serás hijoputa? Coño, mientras hablen de ti, no hablan de mí! Los dos soltaron la carcajada. Luego Tino levantó su palomita a modo de brindis y su buen amigo correspondió con un movimiento de ceja. Vaya par de donjuanes que nos hemos ido a juntar… Una vez acalladas las últimas risas, el dueño del bar repitió la pregunta. Bueno, me vas a decir a qué coño has venido o qué? Maraña se quedó pensativo un instante, mientras se llevaba el vaso de café a los labios. Han matado a una chica. Tino era su amigo y se lo podía contar. Y, de todas formas, ya debía de saberlo medio pueblo. Puto calor. El otro asintió. Quién? La chica o el que la ha matado? Ya sabes quién la ha matado? El guardia civil negó con la cabeza. Eso es cosa de los de Madrid. Aquí no tenemos conocimiento suficiente. Ambos rieron brevemente. Luego el gesto de Tino fue suficiente para que Maraña hablara. La China. La China? El del bar meneó la cabeza. Qué putada, joder, si se iba ya. Sisebuto asintió. Bueno, me tengo que ir. Gracias por el café. Duerme un poco. Eso es tarea imposible.

* * * * *

El pueblo descansaba plácidamente, salvo en los aledaños de La Garza. Maraña llegó a la puerta de la casa del cura e hizo sonar la campanilla. El sacerdote abrió en pijama y con cara de sueño. Hombre comandante, qué haces por aquí? La sonrisa de ambos dejaba claro que se llevaban bien. Los dos tenían la misma edad, una vocación y ganas de modernizar la institución que representaban. El guardia civil iba por la iglesia lo justo para no dar de qué hablar, pero el religioso tenía claro que no creía. De hecho, lo había pillado bostezando en varios servicios. Y, en la procesión del viernes santo, formaba casi parte de la tradición. Tienes que ir a La Garza. Y eso? Me ha dado una dispensa el Santo Padre? Se rió su propio chiste. No, me temo que no estás de suerte. Han matado a una chica. No fastidies! Pues sí. Coge los bártulos y vete para allá si quieres llegar antes que los de Madrid. Luego, ya sabes… Gracias por avisar, Sise. Tú qué vas a hacer? Yo?, yo ahí ya no pinto nada.

* * * * *

A Sisebuto Maraña lo pilló el amanecer fumando un ideales apoyado en el capó del coche a la entrada del pueblo. Los de Madrid llegaron como hacían siempre, con aires de grandeza y criticando a los de provincias. A él le daba igual lo que dijesen. Sólo quería que se marchasen lo antes posible. Tampoco ellos parecían tener demasiado interés en quedarse.

Un par de horas después, el juez ordenaba el levantamiento del cadáver y la troupe desaparecía por donde había venido. Como si reprodujeran la imagen de la llegada a la inversa, Maraña los vio perderse por la carretera, ideales en ristre. De su boca salieron dos palabras en voz baja: caso cerrado. Y, acto seguido, otras dos: puto viento.

* * * * *

A mediodía, el comandante de la guardia civil estaba tan agotado como si fuese medianoche. Aparcó en la calle principal del pueblo vecino, justo delante de la peluquería. Se bajó del coche dando vueltas al tricornio con la mano izquierda. Pudo sentir cómo le taladraban las miradas al cruzar la puerta. Sacó su voz más profunda para soltar un buenos días al que contestó con falsa amabilidad el barbero, mal disimulado fastidio el cliente que ocupaba el sillón en ese momento y simple indiferencia los dos parroquianos que esperaban su turno. Va a tardar un poco -informó el dueño con un gesto hacia estos últimos-, si quiere aprovechar para tomar un café, le guardo la vez. Maraña agarró el tricornio con ambas manos, miró a su alrededor y preguntó dónde podía tomar ese café.

El bar seguía como lo recordaba. Hacía tres o cuatro años que no iba por allí, pero su buena memoria siempre había sido objeto de envidia. Podría decir casi hasta qué botellas había aquella vez y cuánto líquido le quedaba a cada una. El camarero se acercó a él arrastrando con desgana la bayeta por la barra. Qué va a ser? Uno solo, por favor. Cuando el otro le ponía la taza delante, inició una conversación trivial. Poco jaleo, no? Bah, desde que hicieron la carretera nueva, por aquí no viene nadie. Ya imagino. Pero alguno habrá que siga viniendo, digo yo. Algún despistado, pero poca cosa. Ya ve usted, comentó mientras daba un natural de salón por el vacío local. Antes era otra cosa -insistió Maraña-. Recuerdo yo los viajantes y esa gente. Huy, de esos ya quedan pocos. Ya le digo. Van todos por la nacional, dijo con retintín. Pero de los pueblos pequeños de por aquí vendrá gente, no? Alguno viene. Pero no tantos, no crea. Las que sí vienen mucho son algunas mujeres. Ya sabe, a la tienda de moda. Maraña asintió. Pero esas al bar solas no vendrán. No, no. Bueno, menos las que.. ya me entiende usted. El guardia civil se hizo el tonto. Ya sabe a qué me refiero, a las chicas de La Garza y eso. Ah! -sonrió y guiñó un ojo al del bar. Esas no tienen problema, eh? Soltaron un par de risas. Aunque alguna viene hasta con el novio. No me diga? Sí -el hombre alargó mucho la i. Después se acercó sigiloso y le habló al oído, lo que era absurdo porque estaban solos-. El otro día, vino una chica de allí, una que tiene ojos como de china con un tipo muy bien vestido. Y tuvieron una bronca increíble. El acabó arreándole un bofetón a ella y ya no volvieron a hablar. Se fueron juntos en un Buick negro. Menuda escenita, no? Ya lo creo. Me parece que ella le estaba diciendo que quería dejarlo o algo así y él no se lo tomó nada bien. Maraña terminó su café de un trago, pagó y se marchó. Sólo cuando llevaba recorridos más de tres kilómetros se dio cuenta de que no había avisado en la peluquería. Tiró la colilla por la ventanilla y sintió el calor una vez más. Puto viento moro, masculló.

* * * * *

Sisebuto Maraña, comandante de la Guardia Civil, se dijo a sí mismo que tampoco había que ser una lumbrera para resolver el caso de La China. No podía decir que estuviera enfadado, aunque contento, tampoco. A nadie parecía importarle que se hubiera archivado y a él menos. Pero cuando llegó a la puerta de La Garza, tricornio en mano, tuvo que pararse unos minutos a echar un ideales. No le apetecía darle la noticia a La Chapa, aunque ya sabía de antemano que ella ni pestañearía. Las procesiones son para llevarlas por dentro.

La Chapa lo recibió con el mismo gesto de siempre, entre mohíno y burlón. Le ofreció la misma copa de siempre y, esta vez, aceptó. Mal asunto que mi comandante acepte una copa… Ya sabes lo que hay, Isabel -dijo el guardia civil después del primer trago-. La mujer se encogió de hombros. Tampoco esperaba otra cosa. Hubo una pausa larga y pesada, como si el aire fuese de repente más denso. Sé quién ha sido. Maraña se fijó por primera vez en mucho tiempo en la cara de la dueña de La Garza. En cierta forma, la admiraba. Había sido capaz de forjarse su propio destino, de salir adelante. Recordó el día que se conocieron, hacía ya seis años. Y esa cara?, preguntó ella. Me estaba acordando del día que nos conocimos. Deben de haber pasado mil años. Seis. Los llevas contados? Maraña levantó una ceja. De hecho, fue un día 20, como hoy. No te pega llevar esas cuentas. Me pagan por estar atento. La Chapa meneó la cabeza. Seis años ya. Y tres meses. Sonrieron los dos. Era semana santa, de eso sí me acuerdo. No teníamos nada de trabajo y salí a la puerta. El guardia civil sonrió otra vez. Llegué tarde a la procesión. Nunca me lo habías dicho. Bah, sólo me molestó la cara del cura. Sopló el viento, cargado de desierto y fuego. El pelo le cayó como a borbotones sobre los ojos. Estuvo a punto de alargar la mano para retirárselo, pero no se atrevió. Todo se solucionó con un gesto rápido de ella, un dedo índice alargado que lo devolvió a su sitio. Ese gesto que tanto lo despertaba a medianoche y le quitaba el sueño. Estuvieron unos minutos en silencio. Eso nunca había resultado incómodo entre ellos. Maraña le dio una última calada al ideales y dejó caer la colilla al suelo. Bueno, me voy, que mañana tengo que detener a alguien. La Chapa asintió. Ten cuidado. Él se giró un instante y la miró a los ojos. Le dio una vuelta más al tricornio y se lo puso. Después se llevó brevemente el dedo corazón a la sien. Sus órdenes. Le devolvió el saludo con un deje entre arrastrado y sensual. Sus órdenes, mi comandante. Maraña sudaba. Puto viento, musitó.

* * * * *

A La Chapa le desordenaba el pelo el viento cada dos por tres, pero no se daba cuenta. O sí se daba, pero la traía sin cuidado. Vio descender el féretro sin pestañear, como había hecho toda la vida. No era la primera vez que enterraba a alguien y tampoco sería la última. Puestos a pensarlo, era una experta en enterrar. Sobre todo recuerdos.

No había derramado ni una sola lágrima y no pensaba hacerlo. Se despidió en silencio y soltó un juramento. Puto viento. Le sonó en los oídos como lo decía él. Como lo había dicho aquella noche, desnudos los dos, los cuerpos brillantes por el sudor. Puto viento, había dicho él. Y luego se había vuelto y la había mirado, con esa media sonrisa pintada en la cara. Perdona Isabel, había susurrado. Perdona por haber sido tan gilipollas, por haber perdido tanto el tiempo, por no haberle echado huevos. Ella no había contestado. Sólo le había acariciado la nuca y le había besado el hombro. Qué voy a hacer contigo?, había preguntado justo antes de perderse entre sus brazos.

Al llegar a La Garza cogió la maleta. Mucho más ligera de lo que hubiera pensado. Poco tenía que guardar. Ya en la estación, se acarició el vientre. No fue consciente de ese gesto, como tampoco lo era de la vida que llevaba dentro.

Sacó del bolso un paquete de ideales. No sabía cómo había llegado ahí. Lo arrugó y lo tiró con furia en la papelera. Una ráfaga de aire caliente le golpeó la cara y le desordenó el pelo. Puto viento, masculló. Puto viento moro.

FIN (?)

Dedicado a Almu, Oscar, Cris, Pita, Jaime Cuesta y SilviaB; y a todos los demás marañamaniacos.