RELATOS VERANIEGOS: LA FARMACIA DEL ABUELO

Posted on September 7, 2012

0


P.D. (no de postdata, sino de predata. Me da igual que no exista):hoy he pasado junto a una farmacia justo en el momento en que se abrían las puertas y ha sido como si me dieran una bofetada de infancia en toda la cara.

Los domingos, a veces, después de misa, vamos a la farmacia del abuelo. La farmacia del abuelo es un sitio genial. Es mágico. Pero mágico de verdad, no de esa de borrás que es todo trola.

Nos montamos en el cincuenta y dos, que es el autobús que pasa por nuestra calle y nos lleva hasta la puerta del sol. A mí me gusta más el cincuenta y uno, porque tiene un círculo en el centro que se mueve en las curvas. Es el único autobús del mundo capaz de tocar el acordeón. Pero como para más lejos, pues casi siempre vamos en el cincuenta y dos.

El abuelo no vive en la puerta del sol. Tampoco vive en la farmacia, claro. Pero está al lado. De la puerta del sol, digo. De su casa, no. Su casa está encima de la farmacia. Se sube por una escalera muy antigua, de madera desgastada. Yo a veces le digo a papá que estaría más bonita si la mojaran un poco. La madera cuando se moja se pone morena y está más guapa, como mamá. La escalera del abuelo chirría y yo digo que es que se queja porque subimos muchos de golpe y pesamos y ella ya es muy mayor, como el abuelo, y no está para estos trotes y galopes.

A mí me gusta ir a casa del abuelo. Entramos y se sienta en su mesa camilla, con el brasero si hace frío. Luego te lleva a la cocina por un pasillo pequeño que tiene el suelo distinto, rojo, con una baldosa rota, y te corta una rodaja de chorizo con una máquina que tiene que es genial, como la de la tienda de Angelines, pero de manivela. La manivela también es roja. Además, el abuelo tiene bizcochos en una caja de hojalata. Están buenísimos.

A la entrada de casa del abuelo está el piano de la abuela –que ya está en el cielo. La abuela, digo-. La abuela también era farmacéutica. Eso es raro, porque no conozco a ninguna abuela que haya ido a la universidad. Sólo a ella. Me gusta acariciar las teclas de su piano y, sobre todo, mover unos como candelabros que tiene para poner velas y que se pliegan y hacen un ruido muy gracioso.

Pero antes de subir a casa del abuelo, siempre pasamos por la farmacia, que –ahora que no me oye nadie- me gusta más.

Lo que más me gusta es cuando nos acercamos y se abre la puerta y huele. La farmacia del abuelo huele genial. La hueles y ya te das cuenta de que ahí dentro tienen que pasar cosas increíbles. Y pasan. Ya te digo que si pasan.

Al entrar, ves todos los estantes llenos de botes y medicinas. Y el mostrador tiene unos cristales que te dejan ver lo que hay dentro. Entonces, la tía isabel y el tío miguel te saludan, con sus batas blancas. El tío miguel a veces es un poco serio, pero yo creo que en el fondo le gusta que vayamos y enredemos. Y la tía isabel siempre sonríe y tiene la voz dulce.

Entonces, el abuelo viene y nos da unos ositos de gominola, que son la mejor chuche de la historia de la humanidad. A veces, si tengo suerte y me ha salido una llaga en la boca, me dan un oralsone, que es un palito como de gominola que te las quita y está buenísimo, digan lo que digan los mayores.

Pero lo mejor de la farmacia, como de casi todo lo bueno, no es lo que se ve, sino lo que no se ve. Por eso, nosotros siempre pasamos por el hueco que hay en medio del mostrador y vamos a la parte de atrás. La rebotica, dice el abuelo.

Allí, él se quita su abrigo negro, si es invierno; o su gabardina color gabardina, si llueve; y se queda con su traje negro, su corbata negra y su camisa blanca. Entonces, se pone en una mesa gigantesca que hay ahí y nos enseña botes y cajas y papelotes que no entendemos, pero a mí me da igual, porque lo único que hago es mirar sus manos llenas de nudos, como la cuerda que hay en el gimnasio del colegio, la que suben los mayores. Me quedo ahí, mirando cómo se mueven sus dedos y luego miro los míos y me pregunto si de mayor los tendré igual. Me gustaría, porque me encantaría que mis nietos también mirasen mis manos y se quedasen como tontos al mirarlos (no es un error, es que me refiero a los dedos). Sería genial.

Pero lo que más nos gusta a todos –a mis hermanos y a mis primos y a mí, claro- es una trampilla que hay en el suelo, justo detrás de la mesa –bueno, o al lado, depende de desde dónde mires-. Ninguno sabemos qué hay debajo de la trampilla. Eso es lo bueno. Dicen los mayores que no podemos bajar, porque hay ratas. Pero yo creo que lo que pasa es que ahí es donde el abuelo y papá y los tíos preparan sus pociones mágicas, donde tienen escondidos todos sus cacharros mágicos y donde suceden todas esas cosas increíbles y mágicas que yo me imagino.

Dice mamá que sólo son tonterías. Pero no puede ser. Alguien con unas manos como las del abuelo tiene que ser un mago, seguro. Y papá y todos los demás las tienen igual.

Siempre pensamos –mis hermanos y mis primos y yo, claro- que nos vamos a colar un día sin que se enteren los mayores. Pero nunca lo hacemos porque la verdad es que a todos nos da bastante miedo que de verdad haya ratas.

Me gusta la farmacia del abuelo. Y me gusta olerla y pensar en todas las cosas mágicas que pasan en ella. Me apuesto lo que quieras a que, cuando sea mayor, siempre que pase por delante de una farmacia y sienta ese olor, me acordaré de la del abuelo.