LA NIÑA GITANA

Posted on September 19, 2012

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En alguna calle de Madrid, ciudad en la que belleza y fealdad viajan en tiovivo, la niña gitana (una niña gitana, dirán) chapotea en los charcos, quién sabe si anticipo del otoño u objetos perdidos por el jardinero despistado.

La niña gitana se moja los pies morenos, que contrastan con el rosa chicle de sus chanclas, un poco revenidas por los bordes. Los tobillos tan frágiles que parecen a punto de romperse. Como una copa delicada en manos de un adolescente, un sábado por la noche.

A pocos metros, la versión del siglo veintiuno del carromato la observa sin verla, con ojos saltones, tan ajeno a sus juegos como ella a la realidad del mundo más allá del arco que marcan sus brazos.

La niña gitana no sabe de crisis, ni de llantos. Canta, juega y sonríe. Y mira con unos ojos marrones y profundos que destacan en su rostro, como éste en el marco trigueño de su pelo, ese rubio medio desgastado y pálido, cuajado de nudos y ondas y, a eso de la llegada del otoño, de los consabidos piojos.

Se limpia los mocos con el dorso de la mano y se coloca el pelo por detrás de la oreja. Mira porque sabe que la miran. Sonríe porque sabe que su sonrisa provoca sonrisas. A ratos, baila como ha visto bailar a sus mayores y tira de la falda hacia arriba, sin importarle lo que quede al aire. En unos años, lo hará precisamente para calcular lo que regale a la vista de los interesados.

La niña gitana abulta casi lo mismo que hace cinco o seis años. Crece lo justo, lo que le permite la dieta, ya de por sí exigua y más limitada aún por su propia cabezonería para no comer. No hay mucha diferencia entre brazos y piernas. Ya vendrán los cambios y los problemas.

Cuando llega la hora de regresar al carromato, aguanta incólume el papirotazo –ya descontado de antemano- y, con una mano en la manija, se vuelve y agita la otra. Como si supiera que hemos pasado ese rato juntos, aunque no hayamos hablado. Sonríe y su sonrisa se vuelve a contagiar.

La niña gitana desaparece, la cara pegada al cristal, las manos a ritmo de rumba, la cabeza en la luna, el corazón aún puro. Quién sabrá qué le ha guardado el futuro? Quién quiere saberlo, en realidad?