SIN PALABRAS

Posted on October 1, 2012

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Godofredo Maraña –Fredo para los amigos- se queda mirando, sin poder hablar. El sol llena de luz una mañana de lunes que parece más fría de lo que debería ser, de lo que es en realidad. Las manos, congeladas. Los pies, insensibles.

Fredo mira, porque no puede hacer otra cosa. Mira y piensa que debería hablar, que debería abrazar, que debería decir lo que le pasa por la cabeza, por el corazón y por las tripas. Pero sabe que, a veces, en esta vida que tiene tanto margen para la mejora –por decirlo de forma suave-, hay que callar. Aunque eso no impide que un escalofrío le recorra la espina dorsal, que le cueste tragar el té que se obliga a tomar, aunque no le apetezca.

Fredo observa, como si quisiera conservar en la retina las imágenes. Como si en el proceso de grabarlas, borrara las marcas que en ese momento se le están haciendo en el alma, en el cerebro. Huellas en el camino que borrará el viento y que sólo serán un recuerdo vago en una cena de navidad, quién sabe si justo antes de tomar las uvas, quién sabe si justo después de hacerlo.

Fredo piensa que nada volverá a ser igual,  que las cosas han cambiado para siempre. Pero se equivoca. En realidad, el universo es inmutable. O, mejor dicho, se modifica a sí mismo cuando le da la real gana. Son las cosas pequeñas las que varían, pero eso es irrelevante.

Fredo siente un impulso irrefrenable de alargar los dedos y acariciar, de sentir y hacer sentir, de transmitir algo de calor. El sol le da en los ojos y, aunque le obliga a entrecerrarlos, le tiñe la cara de témpera anaranjada, tan agostera, tan albaricoque.

Fredo mira y ve marcharse la oportunidad. Se guarda en un bolsillo las cosas que ya nunca dirá, a la espera de que el desgaste haga un agujero con el tamaño suficiente para perderlas sin darse cuenta.

Godofredo Maraña –Fredo para los amigos- mira y siente y no dice nada, porque hay momentos en la vida en los que no se puede hablar, ni hacer. Sólo quedarse como un mueble más, como un olmo viejo, hendido por el rayo y en su mitad podrido, mirando cómo se mueven los demás.