CINE

Posted on October 4, 2012

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Sigerico Maraña apoya la frente sobre el cristal un poco revenido ya, un poco limpio pero con descuido, un poco paraíso forense de huellas dactilares.

Apenas llega a los doce años y a ese cinturón de inoxidable, ecuador entre la niñez y la adolescencia, que divide su campo visual entre lo permitido y lo soñado.

Clavadas a un corcho, como cristos cuadriculados, sus admiradas estrellas miran al horizonte con gesto de úlcera. Charlton Heston, siempre. Rachel Welch, cuando está de suerte. Siempre tragedias. Siempre finales felices.

Desde la puerta del Roma, que es el que se puede permitir con su exigua paga y le da más horas de diversión en sesión continua, casi divisa el cartel del Juan de Austria, zona vip vetada a sus calcetines blancos, marca de su condición de clase media venida a menos, límite presente y futuro.

Tres películas por el precio de una. Y da igual que siempre repitan Terremoto, o Montaña Rusa. Entrar y salir y mirar con deseo inalcanzable el bar, tan fuera de alcance como la propia Welch o Andress. Sólo un póster en la habitación, sólo un sueño que se despierta al meter la mano en el bolsillo.

El Roma huele como sólo puede oler el Roma. Y Sigerico se imagina con ese fotograma encorchado bajo el brazo, huyendo. El planeta de los simios en su habitación, Aurelio y Cyra están de su lado, confesarán Los Nikis dentro de unos años, verdaderos cómplices.

Y Sigerico despega la frente del cristal. Comienza la sesión. O continúa. Cine. Cine de verdad. Barato. Rascado. Cine en trozos de papel clavado con chinchetas. Y ahora, de repente, lo echa de menos, sin sentido. Su olor. Sus historias. Su simplicidad. Su honestidad. Más cine, por favor. De ese. Del de siempre. Del Roma.