UN DIA EN LAS CARRERAS

Posted on October 7, 2012

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PD: un post tan largo como se me ha hecho a mí la carrera.

Hoy he corrido mi primera carrera oficial. Por qué? Pues porque soy gilipollas, ya lo he dicho muchas veces.

El primer atisbo de esa condición mía, inherente a mi persona, la tuve en el momento de hacer click en el botón para inscribirme. Que me quedé como a ver, pero yo qué necesidad tengo de meterme en esto? Pero ya era tarde.

Así que, me levanto un domingo a las ocho de la mañana y hala, al barrio del pilar, mundialmente famoso por el centro comercial la vaguada (flipa!).

En seguida me doy cuenta de que este no es mi sitio, como dirían los burning. Todo el mundo con sus asics y yo con zapatillas de tenis, que -para los que no estén muy puestos- es como ir a la ópera de viena en shanclas (otra gilipollez que se me podría ocurrir a mí perfectamente).

Pero bueno, me armo de valor y me digo que mi guerra es otra. Yo también podría ponerme una camiseta supertécnica de esas que ni sudas (y, si lo haces, poco menos que fabrican masa muscular con tus humores), pero llevo mi polo de STOP FGM para sensibilizar contra la amputación genital femenina.

El speaker (de palo total, el pobre, pero con intención) nos da los datos. Siete mil ochocientos metros y ciento diez metros de desnivel acumulado. Que es exactamente la distancia que recorre el ascensor que te lleva al infierno.

Como ya digo que soy gilipollas, estoy a punto de meterne en una carrera que no es la mía. Me sirve, además, para darme cuenta de que podía haber dormido media hora más. En fin.

Llega la hora de salir. Miro para atrás pensando que estoy en los sanfermines y vienen los toros, porque si no, no entiendo tantas prisas. En cien metros, ya somos los últimos.

Digo somos, porque a mi lado está Julio, que sacrifica ir más rápido por animarme. Venga illo, que esto está hecho, me dice.

Nos doblan nada más completar la primera vuelta. O sea, hay peña que corre el doble de deprisa que nosotros! Me viene a la mente pedro de la rosa.

Según avanza la carrera, experimento diferentes sensaciones: desde la excitación inicial y la ambición, hasta el deseo de simplemente tumbarme en el suelo y dejarme morir.

Cada uno se motiva como quiere. A mí me ha dado por pensar en todas esas niñas de kenya que se escapan de sus casas y cruzan la selva, desafiando mil peligros, sólo para huir de una práctica cruel y sin sentido. Y Julio me ayuda.

En la última vuelta le digo a mi compañero que tire. Es lo acordado. La última la hace cada uno a su ritmo. Julio me da otra lección de grandeza. En la recta final, al ir a adelantar a un corredor, se da cuenta de que su familia lo está animando (la del otro, a nosotros sólo nos animan por twitter, desde la cama los muy…) y decide no pasarlo. Esos son los detalles que marcan la diferencia.

Yo he llegado a un punto en el que mi cerebro va por libre. Subiendo una de las mil millones de cuestas del circuito, mis piernas se paran. Tengo un momentary lapse of reason y arranco otra vez, porque sé que si me detengo, ya no seré capaz de continuar.

Siempre he oído decir a los deportistas que el ánimo del público da más alas que el red bull. Creí que era una chorrada, pero es verdad. Una niña montada en un columpio me grita venga que ya vas a acabar y me roba una sonrisa y unos centímetros más por zancada.

Le digo al tipo que controla nuestro recorrido, que se puede ir, que no viene nadie detrás. Y me dice que sí, que hay más gente. Estoy convencido de que lo ha hecho por animarme, pero lo único que ha conseguido es generarme una gran zozobra interior. Si soy el último, puedo ir relajado. Pero si viene gente por detrás, me aterra la posibilidad de que me adelante en la línea de meta un octogenario con taca-taca.

Noto una respiración en la nuca. Pienso que me van a adelantar, pero no. Es un esqueleto con capucha y una guadaña, que susurra mi nombre.

Por fin llego a la meta y Julio me saluda. He conseguido mis dos objetivos: terminar y hacerlo en menos de cincuenta minutos (49.37).

Espero sobrevivir a mañana. Poder levantarme de la cama. Y dice Julio que el 4 de noviembre, otra. De diez kilómetros. Ay dios…