VALER MAS MUERTO

Posted on October 14, 2012

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Alarico Maraña aparta con cuidado los papelotes que cubren casi por completo la mesa del salón. Apaga el ordenador y se quita las gafas, en un gesto con el que pretende, tal vez, aliviar un poco la tensión que le oprime. Es un intento vano, porque por mucho que quiera apretar su nariz el puente, es difícil que esa sea la causa del palpitar que siente en las sienes.

De perdidos al río, se dice, y sube el volumen de sus auriculares inalámbricos Sennheiser (la mejor compra de su vida) para que Offenbach lo lleve hasta un lugar donde los cuentos son realidad.

Se tumba en el sofá, los ojos cerrados, todo a oscuras excepto por un par de velas. Estoy a dos velas, piensa. Y se ríe en su interior. Siempre fue de risa fácil. Pero también antes tenía pelo.

Lo bueno de las matemáticas es que no fallan. Lo malo, que no te dejan dormir.

* * * * *

Mucho antes de que salga el sol, Alarico Maraña ya está en pie. Dormir cuatro horas es casi un lujo para él. Hace tiempo que dejó de ver las noticias. Si no, la televisión podría ser una buena compañera.

Repasa las tareas de los cuatro cursos de Stanford que hace a la vez (ventajas de tener todo el tiempo del mundo y que sean gratis), pero va tan adelantado, que no puede avanzar más hasta que no se publiquen los nuevos contenidos.

Calienta agua en el microondas y se prepara un té. Coloca delante de la puerta de casa los libros que tiene que devolver a la biblioteca, una práctica que ha tenido que adquirir a base de olvidos. Ahora sabe que lo que impide salir, nunca se pasa por alto.

Mira por la ventana y decide correr. Caen chuzos de punta, no pensaba hacerlo, pero qué coño, quién es el clima para decidir qué hace él con su vida.

Diez minutos más tarde, ya está trotando por el encinar que enmarca el barrio residencial en el que vive. Es uno de esos lugares en los que el anonimato y la soledad son fáciles de conseguir, a poquito que lo intentes.

Le gusta correr porque, aunque te hagas mayor, sigues logrando metas. Dentro de un mes será su primera maratón lo que, para alguien de su edad, no deja de ser algo de lo que estar orgulloso.

Hoy tarda dos horas en completar veintidós kilómetros. Se ríe de ese fumador empedernido, estresado y al borde del infarto que un día no tan lejano fue. Si me vieras ahora, le dice a través del túnel del tiempo. Pero todavía le queda mucho trabajo por delante.

A pocos metros de su casa, al cruzar la calle escucha un chirrido de ruedas y se queda congelado, como un conejo en mitad de la carretera. El coche se detiene a unos centímetros de su rodilla. La conductora parece más asustada que él mismo. Pálida, se apoya en el volante de su cuatro por cuatro. Esos coches son demasiado grandes, piensa sin sentido Alarico. La mujer baja un poco la ventanilla. Mírala, le preocupa más que le entre la lluvia, que hablar conmigo. Está bien? Él se limita a asentir y llega hasta la otra acera con pasos temblorosos, sin prestar demasiada atención a las disculpas. Sólo un gesto con la mano de todo está bien, sigue tu camino y procura no matar a nadie hoy.

Sólo unos metros más allá, se tiene que sentar en un banco. Mete la cabeza entre las rodillas y respira con dificultad. Siente el corazón golpeando su caja torácica. Palpita en las muñecas, en el cuello, en los tobillos…

No sabe cuánto tiempo ha pasado cuando recupera la consciencia. No es que se haya desmayado, pero durante ese tiempo, su cerebro simplemente ha estado hibernando o en suspensión. Poco a poco, se incorpora y camina hasta el portal.

Y si me hubiera atropellado? Y si ese coche me hubiera matado? La pregunta revolotea por su mente, como una oscura golondrina.

* * * * *

Las matemáticas no fallan y no dejan dormir. Alarico Maraña tiene echadas las cuentas. Hay veces que necesitas que algo te despierte, aunque sea un coche a punto de saltarse un paso de peatones en un día de lluvia.

La tormenta no ha pasado. Cae agua sin cesar y todo empieza a tener una atmósfera como de blade runner. A él poco le importa, salvo por la molestia que supone correr con los cristales de las gafas empapados.

Cuando corre, no hace cálculos. Cuando corre todo es posible y no existe nada malo. Correr os hará libres, se dice a sí mismo, mientras revienta un charco a sus pies. En esos momentos, no existen ni frío ni bochorno. Recuerda un anuncio de ropa deportiva. Si corro cuando llueve, piensan que estoy loca; si corro cuando hace calor, piensan que estoy loca; sin embargo, son ellos los que siguen encerrados. Qué buen spot, joder.

Lo tiene todo planeado. No parece difícil. Se alegra de haber elegido aquel seguro de vida, ese que cubre el importe total de la hipoteca por cualquier tipo de fallecimiento. Así no dejará deudas a sus hijos. Es medio millón y sabe que nunca podrá pagarlo. Y menos con los ochocientos euros de paro que le han quedado. Sabe que nadie lo contratará ahora. Que a sus cincuenta y dos años, no tiene la más mínima posibilidad. Dentro de dos, ni siquiera cobrará el subsidio.

Pero muerto… Ah, muerto es otra cosa. Muerto vale medio millón y deja de ser una carga para nadie.

Ralentiza un poco los pasos. Ve a lo lejos el autobús, en lo alto de la cuesta. Lo observa mientras baja, coge velocidad, como cada mañana. El conductor no podrá verlo, irá pendiente de la calle, no de la acera de la perpendicular.

Alarico Maraña acelera todo lo que dan sus piernas en el verdadero sprint final. Escucha el ruido de los frenos al clavarse y el deslizar de las ruedas sobre el asfalto empapado. Cierra los ojos y se prepara para el impacto. En el último instante piensa: manda huevos valer más muerto. Y se ríe por dentro. Siempre fue de risa fácil.