RELATOS DE OTOÑO: LA DISCOTECA DE SILVIA B.

Posted on October 20, 2012

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PD: esta historia es un regalo para alguien

La Discoteca de Silvia B. (así, con un punto al final) no era una tienda de discos. O sea, sí que lo era, pero no era una tienda de discos normal. O, tal vez, sólo era una impresión nuestra.

Las diferencias comenzaban desde la puerta. En lugar de los clásicos posters o portadas de discos que las adornaban en otros establecimientos similares, la entrada a La Discoteca de Silvia B. estaba cubierta con unas enormes cortinas de terciopelo. Como si entrases a un circo o algún tipo de lugar mágico.

Las paredes eran de colores que nunca habíamos visto en nuestras casas, ni en otros establecimientos: púrpura (a ver, yo ni sabía que se llamaba así hasta que descubrí a Prince), naranja, verde chillón… Ni Jimi Hendrix, ni Janis Joplin, ni Mick Jagger te sonreían desde sus fotos enmarcadas, como sucedía en las demás. Sólo la pintura.

Excepto en el fondo, justo frente a la puerta. Un enorme mural psicodélico representaba a la propia Sivia B. (aclararé este punto más adelante) en una especie de Magical Mistery Tour, mezclado con la fábrica de Willy Wonka y Mazinger Z (a sabiendas de que pido algo casi imposible, trata de imaginarlo). Aunque, para ser sincero, bien podría haberse tratado de la misma Ursula Andress que velaba mis sueños desde su atalaya protectora contra el Doctor No. Pero siempre pensamos o quisimos pensar que se trataba de nuestra Silvia B.

Digo nuestra, porque estábamos convencidos de que lo era. No podíamos concebir que hubiese otras personas en su mundo, aparte de nosotros mismos. Si alguien me hubiese dicho que cada tarde, al cerrar La Discoteca de Silvia B., algún novio fornido, hermoso y elegante (a saber, el propio James Bond) la venía a recoger, simplemente me hubiese echado a reír. Menuda tontería!

Teníamos esa competición, un poco friki, un poco estúpida, por ver quién sabía más. Preguntabas en alto, como si no te acordaras, por ejemplo: cómo se llamaba Nacha Pop antes de ser Nacha Pop? Por supuesto, la mayoría de las veces, la pregunta tenía trampa. Lo normal era que alguno picase y dijese aquello de Uhu Helicopter. Momento que aprovechábamos todos para lanzarnos a la yugular del despistado: en Uhu Helicopter no estaba Antonio Vega, no era Nacha Pop. Pero entonces, no hay grupo antes de Nacha Pop, es como decir que The Quarrymen no eran el grupo predecesor de The Beatles, porque no estaba Ringo. En efecto, tú mismo lo has dicho. Menuda chorrada (a partir de aquí comenzaba una discusión casi sin fin).

Lo hacíamos por puro frikismo. Pero reconozco que yo, personalmente, también por ver su sonrisa cada vez que pillábamos a uno. En apariencia, ella no nos prestaba ni la más mínima atención, la nariz perennemente pegada a un libro (enorme, siempre. Nunca la vi con uno de menos de mil páginas). Mas, nunca se le escapaba una respuesta correcta. De cuando en vez, mientras la observaba, subrepticio, meneaba (ella) la cabeza de forma casi imperceptible al escuchar una metedura de pata. O asentía si alguien acertaba.

También imaginábamos que podíamos elegir todos los discos que quisiésemos, sin importar el dinero. El único requisito era que realmente lo quisieras tener. También aquí surgían los debates. Estás de coña? Para qué querrías tú uno de Leonard Cohen, si siempre dices que es un pesado? Pero hay que tener algo suyo, es cultura. No sirve, tiene que ser que quieras tener el disco. Es que quiero tenerlo. No, no; estás diciendo que es una obligación (a que no tengo que explicarte más?). Las listas eran interminables, por supuesto.

En La Discoteca de Silvia B. sonaba la mejor música del mundo: Stiff Little Fingers, Lynyrd Synyrd, Psichedelic Furs, Echo and The Bunnymen… Y los Nacha, por supuesto. A veces, eran discos que no conocíamos. Entonces hacíamos conjeturas: suena a Stiff, pero no es igual… Ya sé qué estás pensando. Por qué no preguntabais? Claro, es fácil decirlo. Pero déjame que te explique.

Nunca hablábamos con Silvia B. De hecho, a día de hoy, sigo sin saber si realmente ese era su nombre, si era la dueña o sólo una empleada. Sólo tuve una breve conversación con ella aquel día.

Debíamos de llevar como seis meses haraganeando por allí, revolviendo discos, cotilleando. Sólo de tarde en tarde comprábamos. Para un regalo o porque habías logrado ahorrar, vete a saber. Aquella tarde de viernes, todos se habían marchado ya de vacaciones. Yo era el único que tendría que aguantar hasta el lunes para partir. El caso es que estaba solo. Y, o bien la rutina me encaminó hacia allí, o lo hice de industria. No lo sé con seguridad, aunque sospecho que hubo un poco de todo.

Me encontré en La Discoteca de Silvia B., solo. Quiero decir, solo de verdad. Unos segundos después, emergió de la trastienda. Miré su pelo largo y rubio que cubría a ratos su rostro, como un telón a medio abrir o medio cerrar, según se quisiera; sus gafas, un poco suicidas, colgando en precario equilibrio de la punta de la nariz, enormes y de pasta, que te obligaban a fijarte en la produndidad de sus ojos a ratos azules, a ratos marrones (a quien pueda interesar: bien se trataba de un efecto óptico o de una jugarreta de mi memoria, pero juro que cambiaban de color); sus piernas, largas y delgadas, que nunca antes había vislumbrado siquiera, con una falda tal vez un poco demasiado corta; y sus manos, esas nunca las he olvidado (a lo mejor, eso pienso y con el tiempo lo único que he hecho es idealizarlas) anunciadas por una casi interminable colección de pulseras.

Me puse a hacer mi propia lista de discos que me llevaría si no hubiese limitaciones monetarias asociadas a su posesión. Había hileras e hileras de elepés, epés y singles. Pero no estaban ordenados. La única forma de encontrar algo, era recorrer con los dedos cada una de las filas, mirando las portadas, cubiertas con una funda de plástico protector. Tan pronto dabas con T Rex, como con Dylan o Rory Gallagher. Era una verdadera labor de investigación. Recuerdo que un cliente preguntó una vez dónde podía encontrar un disco. In the city, me parece. Ella lo miró con seriedad y respondió: aquí, por supuesto. Pero la búsqueda forma parte del placer, no cree? El hombre no supo qué más decir. Pero no tardó mucho en plantarse ante la caja registradora con ese y cuatro más.

Mi lista iba creciendo sin fin. Me di cuenta de que en La Discoteca de Silvia B. estaban todos los discos que anhelaba. Quiero decir que de verdad no faltaba ninguno. Era algo raro. Pensaba en un absurdo: el single de Me pica un huevo, de Siniestro Total (asociada con Si yo canto en la cara B), que llevaba descatalogado años, y allí estaba. Todo era muy extraño.

Me di cuenta de que, una vez más, estaba sonando una canción que desconocía. Me armé de valor y caminé hacia el breve mostrador que dejaba al aire la mitad de su figura. Según me acercaba a ella, sentía las piernas más y más débiles. Por un momento, pensé que me desmayaría y daría el espectáculo, como aquella vez en el tren (Atocha, Largo Recorrido. Lo siento, no voy a contar más). Pero logré llegar hasta ella. Aunque disimulara, yo sabía que me miraba de reojo. Perdona, logré articular entre carraspeos, porque la voz no terminaba de salir de mi garganta. Perdona, quiénes son?, señalé con el dedo al techo y describí un círculo con él. Un gesto tan universal como el mismo, pero en horizontal y junto a la sien. Ella me miró y me sonrió. Y juro que al contemplar esa sonrisa, me dieron ganas de bailar y de gritar qué bello es vivir, pero en vez de a lo James Stewart, a lo Gene Kelly. Si tuviera que elegir los diez momentos más felices de mi vida, ese debería ser uno de ellos, sin duda. No los conoces, ese disco no se ha publicado todavía. Qué es, un pirata, una maqueta? No, es un disco, pero no se publicará hasta dentro de treinta años.

Me dolió que se burlara de mí, pero lo comprendí. Al fin y al cabo, yo no era más que un niñato de diecisiete años y ella tendría, por lo menos, catorce más.

Me di la vuelta y me marché. Estaba enfadado. Entiéndelo: aquel sitio era el paraíso para unos tipos como nosotros y ella se lo había cargado. Me sentía como Adán. Ahora debería ganarme los discos, las rarezas, las novedades, con el sudor de mi frente. Mierda.

Pasó el verano y llegó septiembre. Volvimos una tarde a La Discoteca de Silvia B., porque ya se me acababan las excusas para retrasar el momento. Qué iba a hacer? Lo que sabía seguro era que no contaría lo sucedido.

Nada más doblar la esquina, nos dimos cuenta de que algo andaba mal. No estaba el escaparate, ni el rótulo luminoso (apagado siempre, por cierto, jamás lo vimos encendido). La Discoteca de Silvia B. se había transmutado, por obra y gracia del verano, en una mercería.

Desde entonces, he reconocido montones de aquellas canciones que nunca habíamos escuchado hasta que nos las presentaron los altavoces de La Discoteca de Silvia B. Arctic Monkeys, Imagine Dragons, Green Day… Hasta U2, por dios!

Era cierto: faltaban treinta años para que se publicasen.

Te lo he avisado. La Discoteca de Silvia B. no era una tienda de discos normal. O, tal vez, sólo era una impresión nuestra.

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