RELATOS DE OTOÑO: DÍA 23

Posted on October 23, 2012

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Como cada día 23, Sigerica Maraña se dirige con paso cansino hacia las verjas semiabiertas –semicerradas-, el bolso en la mano izquierda, en la derecha un ramo de claveles rojos. Los mismos claveles rojos que él le regaló aquella primera cita, aquel día frío de diciembre, víspera de nochebuena, en que aprovechó la excusa de cruzar la calle para agarrarle el codo con dulzura. Todavía le recorre la espalda un escalofrío cada vez que lo recuerda.

Tal vez fuera ese momento, y no otro, en el que supo que se casaría con él, que era el hombre de su vida. No fueron los paseos por Rosales, ni los chocolates con churros en los arrabales de la Plaza Mayor, ni siquiera las tardes de cine, tan propicias para romper las barreras impuestas –de manera tan injusta- por la sociedad del dios, patria y justicia.

Dios, piensa. A estas alturas, ya no sabe si cree en él o no. Si lo hace, es sin duda más por rutina y comodidad que por verdadera convicción (son muchos años creyendo como para dejar de hacerlo ahora así, de golpe y porrazo, como una especie de san manuel bueno mártir).

Camina entre las lápidas, ensimismada, inconsciente del lento pegarse y despegarse de las hojas de los castaños con los tacones cuadrados de sus zapatos (no son bonitos, pero sí cómodos. A mi edad, unos zapatos tienen que serlo. Con los taconazos que he llevado yo siempre…), como un baile de amor y desamor.

Cuando se para delante de la suya (la nuestra, que yo espero descansar también a tu lado por toda la eternidad, si es verdad que existe, si no se acaba todo aquí, de sopetón y sin sentido), saca un pequeño cepillo del bolso y le limpia las hojas, el polvo y las cagarrutas de pájaro. Quita los claveles del búcaro (menos mal que esta vez no las han robado. No entiendo cómo puede hacer eso la gente. Cómo se sentirá un muerto al que, no contentos con no molestarse ni en comprarle unas flores, le plantan encima las de otro?), ya mustios y sin vida (un poco como yo), y los reemplaza por los nuevos.

Se queda un rato ahí, sentadita en la lápida (a charlar, como cuando éramos jóvenes. Que la verdad es que hablábamos y hablábamos. Qué pesadito te ponías a ratos con tus cosas. Pero me gustaba tanto escucharte, que me daba igual. Aunque, en el fondo, hubiera preferido que me dieras besos y me metieras mano, pero contigo eso era impensable, claro). No es que no hable con él a diario. De hecho, lo hace a cada instante, como si siguiera vivo dentro de su cabeza. No puede preparar una comida sin un mira, lo voy a hacer como te gustaba a ti, te acuerdas?, con mucha salsa para que puedas mojar pan.  Son demasiados años, demasiados recuerdos, demasiadas tonterías. Todo le trae algo a la mente. Desde el despertar sin beso de buenos días, hasta el cerrar los ojos –los ratos que lo consigue- sin el de buenas noches. Cada cosa que hace, que ve, que siente, es una llamada a su presencia. Pero ese rato al mes es como si lo sintiera más cerca (aunque ya no estés ahí, fíjate lo que quedará en ese hoyo, no quiero ni pensarlo, que me da grima). Le pide perdón por sus enfados, por esos momentos que no supo disfrutar de él y que ahora tanto añora, por los besos que aún guarda en el cajón de la mesilla, los que no llegó a dar. Entonces, llora un poco, porque hay que hacerlo, pero también porque lo echa mucho de menos (la verdad es que la vida sin ti es un coñazo). Después, se limpia las esquinas de los ojos con un pañuelo pequeño y de colores que tiene desde que el mundo es mundo (yo creo que este era de mamá o de la tía Raimunda, ya ni lo sé) y se despide de él, aunque siga hablándole por el camino (lo que tenías que haber hecho es no morirte, a quién se le ocurre…).

Y, como cada día 23, Sigerica Maraña se dirige otra vez hasta las verjas y suspira al pensar en lo diferente que se ven las cosas, según mires hacia un lado o hacia el otro.