LA BODA DE LIUVA

Posted on November 1, 2012

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Liuva Maraña buscó con la mirada y, casi al instante, la invadió una oleada de arrepentimiento. Demasiado tarde, cariño, se dijo a sí misma. Se había pasado insistiendo las últimas tres semanas. Por no hablar de antes, claro.

Se alisó la falda del vestido de novia con gesto nervioso, mientras pensaba en lo pesada que estaba su madre. También se arrepintió inmediatamente. Espero que no sea una premonición, musitó. Hizo un gesto para restarle importancia al comentario ante la cara de asombro de ella (su madre, claro). Vamos allá, que sea lo que dios quiera.

Lo vio al final del último banco de la última fila. Sabía que estaría ahí, dónde si no? Le dirigió una sonrisa y él correspondió. Para la mayoría de la gente, no fue más que un gesto de cortesía de una novia nerviosa, sólo ellos sabían que no. Ella pensó que estaba más guapo que nunca, con su traje impecable, sus canas perfectamente ordenadas, como un campo recién arado (ha ido a la peluquería y todo, se dijo). Y una rosa blanca en el ojal de la chaqueta. Casi soltó una carcajada al verla (era una broma suya, no tiene sentido explicarla porque perdería la gracia).

Él pensó que estaba más guapa que nunca. Se la había imaginado así mil veces, pero la realidad, muy de cuando en vez, supera a la ficción. Se sintió feliz. Con un punto de pena, como tiene que ser la verdadera felicidad. La única manera de que sea perfecta, es que no lo sea. Que tenga ese punto amargo. Sabía que la perdía y casi le entraban ganas de llorar de alegría. Seré imbécil?, se reprochó.

La observó mientras recorría el pasillo hasta el altar, con el recuerdo de tantas noches robadas no sabía bien a quién o a qué. Los amaneceres, el calor y la suavidad de sus abrazos. Su juventud y el efecto que ejercía sobre él. Su sonrisa cuando lo veía llegar en el coche, siempre unas calles más allá de su portal, para evitar los chismorreos de las vecinas. Su forma de abrazarlo y darle un beso (el primero, siempre en la mejilla). La recordó liando un cigarrillo, recortada contra la luz de una farola, arrebujada por el frío. Su negativa perenne a dejarle fumar. Ni hablar, a ti ya se te ha pasado la edad. Y su risa. Reía y se hacía de noche.

Ella se distrajo por la ceremonia. Pero, en algún momento del parlamento del cura (que se le hizo eterno) recordó sus nervios cada vez que decidía enviarle un mensaje para quedar. Me dirá que no? Siempre respetó eso. Siempre permitió que fuese ella la que diera el paso, tal y como se lo había pedido. No quiero líos con mi novio, había advertido aquella primera noche en la que, sin saber bien cómo, se abalanzó sobre su boca.

Habían pasado dieciocho años. Había terminado el colegio. Había hecho la carrera. Había compartido con él la mitad de su vida. A brochazos. En algunas épocas, con más frecuencia. En otras, con menos. Una noche, le había dicho el día que te cases, me tienes que invitar a la boda. Se habían reído. Yo no me casaré nunca. Claro que sí. Te casarás y te divorciarás, como hacemos todos.

Y allí estaban ahora. Ese hombre era probablemente quien mejor la comprendía. Me gustas porque nunca te quejas por nada, le confesó en una ocasión. Por qué podría quejarme?, había respondido con su media sonrisa intermitente.

Ahora no estaba en su asiento. Ya se lo había advertido. Te veo entrar y salir, pero el rollo de la ceremonia, ni hablar. Por supuesto, cómo podría querer que te aburrieras? Nunca me he aburrido contigo.

Se imaginó lo que diría la gente, si supiesen la verdad. Sacudió levemente la cabeza. Qué más dará lo que piensen…

Sonó la marcha nupcial y, al llegar al último banco, sacó una rosa blanca (por supuesto) del ramo y se la dio. Luego lo besó en la mejilla y lo abrazó. Un abrazo sólo un poco más largo de lo normal. Lo suficiente para transmitir muchas cosas, sin despertar excesivas suspicacias. Quién es?, preguntó su recién estrenado marido. Un amigo de juventud, ya te lo contaré. No supo por qué lo había hecho, se había salido del guión, pero no había podido (ni querido, ya puestos) evitarlo. Te quiero, había susurrado. Te quiero, había respondido. Nunca antes se lo habían dicho. El amor entre nosotros está descartado era su leit motiv.

La vio montarse en el coche. Cruzaron una última mirada. Ambos sonrieron. Ella se despidió con la mano y él se llevó el índice y el corazón a la sien. Se dispuso a parar un taxi cuando una mujer le preguntó viene usted de parte del novio o de la novia? Se echó a reír y se montó sin contestar.