SALIR DE LA LATA

Posted on November 16, 2012

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Me habían hablado mucho del momento en que se abría la lata, pero vivirlo no es lo mismo, claro. Después de tanto tiempo en la oscuridad, en esa atmósfera un poco cargada, hay que reconocerlo, y definitivamente tres es demasiado para tan poco espacio. De pronto, escuchas ese sonido, ese crack-shishshshsh y entra tanta luz y aire fresco, que por un instante piensas que estás soñando, que no puede ser verdad.

Te acarician unas manos, te sujetan, con firmeza, pero delicadeza también y miras a tu alrededor. Tanta gente. Y las cámaras. Todo lleno de flashes, de teléfonos móviles, de periodistas. Y te das cuenta de la suerte que has tenido: nada menos que la final del masters. Federer contra Djokovic. Y, sin saberlo, te vas a convertir en la última bola que jueguen, en la que le dé el torneo a Nole.

El ambiente es brutal. Aplausos, gritos, vítores. Y, por fin, un recogepelotas te hace rodar por el suelo, destacar contra el suave azul. Los nervios te van a hacer explotar. Roger te coge. Te deja sentir el tacto del cordaje. Te bota. Deseas que haga un saque perfecto, que no te estrelles contra la cinta. Y que el resto sea también excelente. Quieres que ese punto dure toda la vida, porque es el primero. Federer te levanta en su mano izquierda. Bolas nuevas. El rival asiente, consciente de que tu bote será diferente, tu llegada más profunda, más rápida. Se prepara. Y tú, también.

El choque es tan brutal que pierdes el sentido de la orientación. El sonido es como un cañonazo, en medio del mar de silencio que se produce justo antes de ese primer servicio. Recuperas la concentración; vas tan deprisa que la red es sólo un borrón en blanco y negro; la silla del juez, apenas un mosquito junto a la ventana de un tren a toda velocidad. Te esfuerzas por mantener la trayectoria, esa ligera parábola doble, simétrica y perpendicular al suelo. La línea se acerca, no quieres sobrepasarla, quieres tocarla aunque sea sólo por una micra.

Y el saque es bueno. Ves a Djoko saltar como un resorte, los brazos atrás, la postura perfecta para conectar su revés a la derecha del suizo. Casi en seguida, sin tiempo para asimilarlo, la volea y vas a botar tan cerca de la red que te parece increíble que haya sido capaz de hacer eso con la muñeca. Tu primer punto arranca una ovación en todo el O2 Arena.

Me encanta el tenis. Entiéndeme. Podría haber sido cualquier otro tipo de pelota o balón. Fútbol (ni hablar), basket, baseball. Podría incluso haber elegido ser un puck de hockey. Pero siempre quise ser una bola de tenis. Es el mejor deporte del mundo. Ahí tienes a esos dos cracks. Llevan ciento cincuenta horas de partidos en la temporada. Para alcanzar esa cifra, un futbolista tendría que jugar cien encuentros, de principio a fin. Y no hay forma de esconderse, de hacerse el remolón. Cada segundo de juego, cada golpe, hay que darlo con todas las fuerzas, con toda el alma. Y luego está la caballerosidad, la elegancia. Nole está a punto de perder el segundo set (al final lo ganará y le dará el triunfo) y aun así, aplaude los tantos de Federer.

Tengo suerte. Mucha suerte. La última bola de la final del masters. La que le da el triunfo a Djokovic. La que organizadores, jueces de línea, recogepelotas y público intentarán quedarse sin que nadie se dé cuenta. Claro que ha sido duro. No creo que hubiera podido aguantar un juego más. Pero lo he logrado. Vuelvo a la lata, ahora con luz y con la satisfacción de haber pasado a la historia del tenis. Millones de personas me han visto y me verán en el futuro.

No sé qué me deparará el futuro, pero sé que el orgullo que siento por lo que he conseguido hoy, durará para siempre.