RELATOS DE OTOÑO: 20 DE NOVIEMBRE

Posted on November 20, 2012

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Ervigio Maraña se asoma a la ventana de su despacho, que va a mirar, paradójicamente, al monumento a la constitución. Es 20 de noviembre y los 20 de noviembre siempre son días raros para él. Su mujer, consciente, ya le ha enviado unos cuantos whatsapps, para asegurarse de que está bien.

Como cada año, se le llena la cabeza de recuerdos. Ese mismo día, en diferentes épocas. No por orden, porque no es así como funciona la mente humana o, por lo menos, la suya.

El primer año que recuerda, es el mismo que todo el mundo. Aquel día que su madre los despertó y les dijo que no había colegio porque había muerto el Generalísimo. Su madre lo pronunciaba así, como con mayúscula. A Ervigio le pareció una gran noticia, claro. Qué se puede esperar de un niño de ocho años. No tener que ir a la escuela era lo mejor que le podía pasar. Pero sus ilusiones se vieron frustradas cuando su madre los vistió a los cuatro de punta en blanco. Más arreglados, incluso, que para ir a misa en El Pardo los domingos.

Luego llegó su padre, con el semblante serio y cara de no haber dormido. El traje negro, más negro que nunca. Los miró y se giró a su mujer con cara de interrogante. Habrá que ir a la capilla ardiente, argumentó ella. Deja, mujer, eso no es para niños. Ervigio se puso ropa cómoda –de estar por casa, la llamaban- y se puso a jugar con sus geyperman. Al cabo de un rato, vio salir a don Ardabasto, que era como todo el mundo se dirigía a su padre, con el uniforme de gala. Incluso hoy en día, seguía pensando que no hay ninguna vestimenta que se pueda comparar al uniforme de gala de la marina. La pechera llena de medallas. El porte altivo. Siempre admiraba eso de su padre cuando era pequeño, esa espalda tan recta. Le parecía más alto que cualquier edificio.

Lo vio marcharse en su Dodge negro. A Ervigio no le gustaba ese automóvil. Le recordaba a aquel otro que fueron a ver otro día 20, esta vez de diciembre, cuando mataron a Carrero Blanco, el Almirante, como se referían a él en su casa. Para él era el tío Luis. Pero nunca habló mucho con él, porque –como pasaba con todos los que venían a ver a don Ardabasto- en cuanto llegaba, lo metían en el despacho. Al despacho sólo entraban las personalidades, como los llamaban en casa de los Maraña. No eran los invitados, esos iban al salón. Eran las personalidades. Él mismo no entró en el despacho hasta que tuvo dieciséis años y a su padre le volaron la cabeza a bocajarro en mitad de la calle. Él no lo vio. No esa vez. Aunque iba de la mano de otro compañero de don Ardabasto cuando le pegaron cuatro tiros por la espalda. Ervigio se acaricia la mano derecha de forma inconsciente al recordar el ligero incremento de la presión sobre ella, antes de sentir la laxitud del miembro ya muerto, como el resto del cuerpo del militar.

Se recuerda a sí mismo otro 20 de noviembre. No sabe identificar el año. Sobre la pizarra de su clase, a ambos lados del crucifijo, el último mensaje de Franco (españoles, llegada para mí la hora de rendir la vida ante el Altísimo… Todavía se lo sabe de memoria), su Excelencia, como siempre se le había llamado en la familia Maraña; y el primero de Juan Carlos de Borbón (como rey de España, título que me confieren la tradición histórica… También se lo sabe, por supuesto).

Le vino a la mente un momento en que se había cruzado con su padre por el pasillo con una personalidad. No era capaz de identificarlo, pero recordaba perfectamente el comentario. Este príncipe es pusilánime, don Ardabasto. Y, como si la estuviera viendo en ese preciso instante, la sonrisa torcida de su padre, como diciendo eso, eso es lo que tenéis que pensar todos.

Al rey, Su Majestad en Casa Maraña, lo conoció cuando todavía era príncipe. Fue el primero que lo llamó Sisín. Y el único, hasta que conoció a su esposa. Le dio un cachete cariñoso en la cara y le preguntó qué quería ser de mayor. Pues me gustaría ser rey, pero eso ya lo vas a ser tú, respondió. Él soltó una carcajada y le dijo, ya veremos hijo, ya veremos, y se marchó entre risitas. Luego lo vio otra vez en el funeral por su padre. Sabía que lo había abrazado y le había dicho algo, pero no podía recordar qué.

Había habido otros 20 de noviembre. Más mayor. Con democracia. Sin camisas azules, sin uniformes, sin medallas. Otros como el de hoy, con niebla y vistas al monumento a la constitución. Pensó en su mujer y sus hijos. Cogió el teléfono. Hola cariño.