RELATOS DE OTOÑO: WITIZA SE QUIERE SUICIDAR

Posted on December 3, 2012

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PD: el título está sacado de la película Wilbur se quiere suicidar (Wilbur begar selvmord); de Lone Scherfig. Altamente recomendable, por cierto.

Lo conocí por casualidad, que es como pasan estas cosas, claro. Cuando uno se está orinando (es la única forma de expresarlo en este contexto), entra en cualquier sitio. Incluso en uno de esos cafés pasados de moda hace ya siglos, cubiertos de espejos desgastados de tantas escenas que han reflejado, y maderas que aseguran haber sido nobles algún día, como los pseudoaristócratas italianos o, más recientemente, del este de Europa. Uno accede al local con prisa, a la voz de uno solo (uno solo pide uno solo…), por favor, y no se fija. Pero, cumplido el mandato de la madre naturaleza, el natural relajamiento consustancial a la satisfacción de las necesidades más básicas y animales, invita a mirar al tendido, como un torero que sopesase el grado de indignación que va a provocar su faena (en el sentido menos taurino del término).

Con la mirada haciendo fossbury por sobre un libro del tamaño de una caja de zapatos, los dedos de la mano derecha soltando humo azul y un rictus como de burla al resto del universo, se sentaba en una mesa esquinera. Probablemente, porque desde esa atalaya a ras de suelo, podía controlar cada movimiento dentro del local. Y una buena porción de lo que sucediera más allá de los enormes ventanales. Aunque esta visión venía un poco emborronada por el lustre de los cristales, tantas veces frotados con papel de periódico y amoniaco.

El tipo podría tener lo que fuera, excepto buen gusto para vestir. La americana cruzada, con botones dorados, era lo primero que hacía daño a la vista. Pero pronto mis ojos se convirtieron en los sparrings de la fiereza pugilística del resto de prendas: la pajarita de lunares; el pañuelo blanco (nada más palurdo que uno a juego con la corbata, me susurraría una vez alcanzado el necesario nivel de familiaridad) asomado al bolsillo del blazier; los calcetines translúcidos, sujetos con ligas a las pantorrillas; los zapatos de dos colores… Era como si se hubiese escapado de otro tiempo.

Me hizo un gesto y otro al camarero, de resultas del cual, mi café acabó en su mesa y yo, por seguirlo, también. Tiene usted pinta de ser un joven agradable (tenía mi edad, más o menos. Lo de tacharme de joven era otro sinsentido). Disculpe que me haya tomado la libertad de arrastrarlo hasta mi mesa, pero hace días que no disfruto de una conversación inteligente y apuesto a que usted me la proporcionará.

A ver. Llegado a este punto, reconozco que comencé a pensar mal. Hay mucho pervertido por ahí suelto y este tenía toda la pinta. Pero algo en él llamaba la atención de mi alma curiosa (está bien, lo reconozco, soy un cotilla). Así que, me senté. Eso sí, con un cierto distanciamiento.

Y bien, cuál es su historia, señor mío? El camarero se acercó y rellenó su copa. Malta auténtica, veinte años. Beber otra cosa es un insulto al paladar (mentía como un bellaco. Sólo quince minutos más tarde aseguraría que la única bebida digna de un hombre era la absenta, por desgracia prohibida en una época absurda y corta de miras. Lo que no bebía nunca era agua. Para qué, si no sabe a nada?). Lo mismo puede ser aplicado a las mujeres, por cierto. Definitivamente, era un degenerado. Hice ademán de levantarme, con la pertinente excusa a flor de labios, pero me detuvo una sonora carcajada. Es broma, hombre.

Le agradezco mucho el detalle, pero es que llego tarde a una cita. Ah, las prisas, las cadenas del hombre moderno. La obsesión por el tiempo es la peor condena. Ha visto alguna vez a un animal con prisas por llegar a algún sitio? Iba a contestar que miles de ellos; de hecho, todos los que emigran, pero no me dio tiempo. La naturaleza no tiene prisa, sólo este siglo nefasto ha creado esa ilusión necia y vana. Bueno, lo que usted diga (no pude evitar contagiarme de su tratamiento) pero en serio que tengo que marcharme. Sólo he entrado para pasar al baño. Hasta otro día. Y me levanté.

Qué día? La pregunta me hizo detenerme en seco. Me giré despacio. Cómo dice? Ha dicho usted hasta otro día. Cuándo tendrá lugar esa ocasión? Yo estaba absolutamente estupefacto. Era más bien una frase hecha, sólo trataba de ser educado. Pues séalo al cumplir su palabra. Qué día? No daba crédito. Mañana, espeté sin pensar más. Perfecto, aquí estaré mañana. A esta misma hora le parece bien? Sí, claro. Sólo quería salir de allí lo antes posible. Me marché y no volví a verlo hasta un mes después.

* * * * *

Es usted un hombre sin palabra. Y la palabra es lo que diferencia al humano de las bestias. Ergo, es usted una bestia. Me lo soltó con ese empalago que le daba a cada una de sus frases. Justo en el momento en que me sentaba en la misma silla de la ocasión anterior. Oiga, mire, he entrado porque se ha puesto usted a dar golpes al escaparate como un loco, pero eso es todo. Teníamos una cita y faltó. Me encontré preguntándome a mí mismo por qué había pasado delante de ese café otra vez (despiste) y por qué había entrado (idiocia). Decidí escapar de las garras de aquel loco en ese mismo instante, pero lo cierto es que me quedé hablando con él toda la tarde y muchas más.

Decir que hablaba con él es mucho decir. Más bien, me sentaba y escuchaba su interminable perorata, whisky tras whisky, cigarrillo tras cigarrillo. No tardó mucho en contarme que se quería suicidar. Pero antes me informó de montones de otras cosas. Su falta de interés por el sexo (no me dice nada. Lo he intentado, con ahínco incluso me permitiría afirmar. Nada. De hecho, probé el otro lado. Ya sabe, me dio por ahí -sonrisa sardónica-, pero era demasiado penoso. Mi conclusión es que soy frígido y quién sabe si algo peor); su ingente fortuna (no podría gastármela en vida ni aunque lo hiciera adrede. Y debo reconocer que soy frugal y parco en mis gastos); su alcoholismo casi profesional (no tengo otra cosa mejor que hacer); su desprecio por la literatura (no he leído un libro en mi vida, me aburre soberanamente. Los llevo por aparentar) y por cualquier forma de arte u ocio. De resultas de lo expuesto saqué una conclusión (obvia, por otro lado): su vida carecía de sentido.

No tengo nada que hacer. Nada de lo que preocuparme. Nada por lo que luchar. Nada por lo que reír o llorar. Creo, pues, que mi deseo de quitarme la vida, no sólo está justificado, sino que es la única elección sensata.

Y, entonces, por qué no lo hace (nunca me permitió tutearlo. Una vez lo intenté y se ofendió tanto que creí que le iba a dar una apoplejía)? Reconozco que se lo solté un poco de mala manera. En mi defensa: era la quinta o sexta tarde-noche que aguantaba su monólogo y había tenido un día más duro de lo normal. Porque no tengo la nota. Lo miré con extrañeza. La nota? Qué nota? La de suicidio. No pretenderá que me quite la vida sin dejar una nota, no? No sabía si se burlaba de mí o si era un maldito colgado.

Verá. Cada día escribo un borrador de nota de suicidio. Tiene que ser perfecta. Al fin y al cabo, es el legado que voy a dejar. Pero no consigo nunca que lo sea. Siempre tiene algún fallo. Ve? Me enseñó un cuaderno. En cada hoja había una nota de suicidio. Todo se me antojaba un sueño surrealista. Me está diciendo que su vida no tiene sentido y se quiere suicidar, pero no lo hace porque no es capaz de escribir la nota perfecta? Asintió. Me di cuenta de que no era más que un loco. Esa fue la última vez que lo vi.

* * * * *

Durante meses, esquivé el café. Si tenía que pasar por delante, daba un rodeo. Cualquier cosa por no tener que aguantar otra vez a semejante pirado.

Pero, ya se sabe. Un día vas despistado (otra vez) y, cuando te quieres dar cuenta, estás sorteando las mesas de la terraza. Me dije a mí mismo que no miraría, pero lo hice. La mesa estaba vacía, claro (ya he dicho que no volví a verlo).

Por lo que me contaron los camareros, al final lo había hecho. Se había descerrajado un único tiro en la sien con un revólver (no encontraron más balas en el tambor, sabía lo que hacía). Hasta en eso tenía que ser anticuado. Se había puesto un smoking, guantes blancos, toda la parafernalia. La chistera descansaba en la mesa del despacho en que puso el punto final a su existencia sin sentido.

Cabeceé a un lado y a otro. Una idea me golpeó la frente. Encontraron la nota? Qué nota? No había una nota de suicidio? Los camareros se encogieron de hombros. Cómo podrían saberlo? Pero puede preguntarle al abogado. Vino por aquí a pagar la cuenta. Parece ser que era conocedor de su actividad diaria en el café. Me alargaron una tarjeta. La dejó por si al final teníamos algo que reclamar, pero ya le dijimos que siempre pagó religiosamente todas las consumiciones.

No, no dejó una nota de suicidio, me informó el letrado. Pero sí un sobre para un tal… Cuando leyó el nombre, casi se me cayó el teléfono al suelo. Soy yo. Es usted? Por dios, llevamos tres meses buscándolo! Cómo podría imaginarlo? Ni siquiera sabía que hubiese… ya sabe… Dejé la frase colgada en el aire, inacabada, como si de esa forma mantuviera también en suspenso su vida.

Era la nota de suicidio, por supuesto. No sé si era perfecta, aunque supongo que a él se lo pareció. Ocupaba una sola cara de un folio. Su nombre estaba impreso en el extremo superior izquierdo. Su letra era tan barroca como toda su persona. Me quedé mirando su firma mucho tiempo. Su seguro servidor, Witiza Maraña.