FLORES MUERTAS

Posted on December 10, 2012

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PD: he tardado veintiocho años en publicar este relato. De hecho, lo correcto sería decir que me ha llevado ese tiempo escribirlo por tercera vez. La primera, a los diecisiete, fue para una clase de inglés. El profesor no se creía que fuese obra mía. Me acusó de copiarlo. Era básicamente esta misma versión, pero en inglés y sin la noticia final. La segunda, no recuerdo cuándo, era más compleja. El cuerpo se encontraba en el maletero del coche de un militar de alto rango, cuyo chófer era el novio de la niña. He olvidado cómo terminaba. Esta es más sencilla y, tal vez por eso, más directa. Sin adornos. La verdad es que necesitaba quitármela de la cabeza de una vez.

Sonó el timbre de la puerta. No era normal. No a las siete y media de la mañana. Vas tú?, preguntó a su mujer. No hubo respuesta, pero escuchó sus pasos y el acorde formado por el crujir de los anclajes y el giro de la llave. Después, la frase. Esa frase que llevaba esperando escuchar desde hacía una semana. Esa frase que, a ratos, se intentaba autoconvencer de que no llegaría nunca, pero que, en el fondo, sabía inevitable.

Buenos días. Don Leovigildo Maraña, por favor?

Le tembló la taza de té en las manos. Tal vez el movimiento fue tan sutil, que pasó inadvertido hasta para sí mismo. Quien seguro no lo percibió fue su hija, enfrascada en la pantalla del teléfono móvil, que tecleaba con la mano derecha, mientras con la izquierda sujetaba una manzana mordisqueada sin gran empeño. Fue sólo un segundo, pero tuvo tiempo suficiente de pensar cuánto se parecía a su madre. El mismo pelo negro, los ojos verdes, esa herencia romana que ambas destilaban. Alargó la mano para retirarle el flequillo del rostro. Ella levantó la vista y sonrió. Luego, retornó a su mundo.

Buenos días. Don Leovigildo Maraña, por favor?

El eco de la frase retumbaba en sus oídos. Apoyó la taza en la mesa. Lauri, cariño, coge tus cosas, que luego llegamos tarde. La vio perderse por la puerta de la cocina, la misma por la que entrarían en un instante quienes preguntaban por él.

Qué les iba a responder? Qué iba a contar? Sólo habían pasado siete días, pero se había imaginado la escena cientos de veces. Había tratado de escoger las palabras, la actitud, el gesto. Sin embargo, sabía que, en el momento de la verdad, el que llegaba en ese preciso instante, su reacción sería imprevisible.

Buenos días. Don Leovigildo Maraña, por favor?

Se sorprendió de su propia calma. Esa especie de paz interior que lo invadió. Ese sentimiento de confianza. Sé tú mismo y todo irá bien. Recordó esa otra frase, tan diferente, cargada de connotaciones tan distintas. Sé tú mismo y todo irá bien. También en aquella ocasión le temblaron las manos. Pudo ver sus labios, finos y libres de la prisión del carmín. Sus dientes, breves y perfectamente alineados, corregidos por un hábil dentista para que no se notase la ausencia de un colmillo que eligió no nacer. La caricia suave en la mejilla, afeitada a conciencia para no raspar, para no alterar con su roce el cutis tan delicado como una nube de primavera. Sintió sus propios dedos recorriendo el mismo camino, inconscientes. Dejó el periódico a un lado y miró al frente. Delenda est Carthago, murmuró.

Buenos días. Don Leovigildo Maraña, por favor?

Leo, estos señores preguntan por ti. Se puso en pie y alargó la mano. No les culpó de nada. Sólo hacían su trabajo. Quieren tomar algo? Sus ademanes, tan cuidados desde la infancia, eran la elegancia en estado puro. Laura, su mujer, siempre contaba que se había enamorado de él por su forma de moverse, como si bailase. Son muchos años de esgrima, añadía él siempre, como si hubiera de excusarse.

No, gracias. Ya hemos desayunado. Ustedes verán, pero les aseguro que la panna cotta de mi mujer, bien vale un dolor de tripa. Ella sonrió por el cumplido, como hacía siempre. Se quedó en una esquina. Le pareció que estaba más frágil y hermosa que nunca. Hacía tiempo que no era consciente de cuánto la amaba, de cuánto la necesitaba y ella a él.

Hizo un gesto para que guardaran las placas. No era necesario. Casi le pareció de mal gusto, un detalle feo en esa escena. Se sentaron en los taburetes altos del office, uno de ellos justo en el que su hija acababa de abandonar.

Una foto se deslizó sobre la mesa. Señor Maraña, supongo que está al tanto de lo sucedido. Asintió. Por un momento, pensó en darle permiso para apearle el tratamiento, pero al final decidió que mantener un poco las distancias no estaba mal. En el Liceo no nos han dado mucha información. Sólo que la niña había aparecido muerta en una habitación de hotel. Mientras hablaba, miró la imagen sobre la mesa. Imaginó a sus padres extrayéndola del marco, el vacío que habría dejado en el salón o, simpemente quizás, en el corcho de la pared de su propia habitación. No pudo evitar un estremecimiento. Parecía tan llena de vida. La sonrisa en los ojos, pese al gesto un poco serio. El pelo, largo y rubio, caía sobre sus hombros. El cuello elegante y fino, que tantas veces había besado, cuyo perfume de mujer mezclado con colonia de niña tantas veces había olido.

Le entraron ganas de llorar, de gritar que la amaba, que su muerte era injusta, que tenía toda la vida por delante y se la habían arrebatado. Que él sólo quería hacerla feliz, que lo daría todo por volver a besarla. Pero se contuvo, por supuesto. Se contuvo como lo había hecho toda su vida. Su semblante sólo permitió mostrar un leve deje de lástima y compasión.

Buenos días. Don Leovigildo Maraña, por favor?

Señor Maraña, la conocía usted? Se quedó pensativo. Si la conocía? Cómo definir lo que es conocer a alguien? Ni siquiera sabía si la conocía mejor ahora que aquella mañana de lluvia torrencial, aquella mañana en la que parecía que no iba a llover nunca más y el cielo tenía que soltar en tromba toda el agua que guardaba. Aquella mañana en la que se paró en un semáforo y la vio, calada hasta los huesos. El polo blanco del uniforme casi inexistente o, por lo menos, inútil en su función de ocultar a la vista la piel, los huesos, el sujetador -casi infantil- sin costuras ni adornos, sólo coronado por dos señales de socorro que ella se esforzaba en ocultar, sin conseguirlo del todo, con una carpeta que también intentaba proteger del agua. No sabía quién era, por supuesto. Pero reconoció el uniforme. Bajó la ventanilla y gritó: sube, que te llevo al colegio. Ella negó con la cabeza. No, gracias, no hace falta. No seas tonta, soy el padre de Laura Maraña, sube. Lo miró por primera vez. Hasta ese momento, sólo era un desconocido. Un degenerado, tal vez, o alguien amable. En todo caso, nadie a quien hubiese que hacer caso, cuyo rostro tuviese que ser recordado. Ahora lo vio y sonrió. Se abrió la portezuela y entró, entre salpicaduras y agradecimientos. Madre mía, cómo me he puesto. En el asiento de atrás está mi bolsa del gimnasio. Hay una toalla, si quieres secarte un poco. No hace falta, no se preocupe. Llámame de tú, por favor. Soy Leo. Siempre dice su horóscopo a la gente? No pudo evitar una risotada. No, no soy leo, me llamo Leo. Ah!, perdón, no le había entendido. Llámame de tú, insistió. Ella bajó la visera que tenía delante para mirarse en el diminuto espejo. Qué pintas tengo, por dios. Cómo no has cogido un paraguas o algo? Lo he pensado, pero luego he salido sin él. Me he acordado cuando ha empezado a llover, soy un poco desastre, lo reconozco. Él sonrió. No estás en clase de mi hija, no? No, yo soy un año mayor que ella. Durante el resto del trayecto -que en coche era bastante breve- no había mucho más de que hablar. Ella cerró la visera y tarareó. Lleva buena música. No es mía, es de Laura. Acabo de dejarla en el Liceo. Sí, ya le he visto alguna mañana. He reconocido el coche, por eso he montado, si no, ni hablar, que hay mucho asesino suelto por ahí. Rió. Tenía una risa llena de luz y era contagiosa. Se dio cuenta de que estaba riendo también, sin razón. Llegaron frente a la puerta del colegio. Bueno, muchas gracias por acercarme. Espero que no llegue tarde al trabajo por mi culpa. Él le quitó importancia con un gesto. De repente, ella alargó la mano y él se la estrechó. Luego salió del coche y echó a correr hacia la entrada, la falda golpeando la parte trasera de sus muslos, el pelo empapado moviéndose sin orden ni concierto. En el último momento, ya bajo el porche de la entrada, se volvió y saludó con la mano. Leovigildo Maraña, Leo para los amigos, no se pudo borrar la sonrisa de la cara en todo el día.

Buenos días. Don Leovigildo Maraña, por favor?

Sí, la conocía. La acerqué al colegio un día que caían chuzos de punta. A principios de curso. Notó el gesto de extrañeza de su mujer, en su discreto segundo plano.

La volvió a ver? No necesitaba meditar esa respuesta. Había tardado tres semanas en encontrarla. Tres semanas de llevar a su hija con todos los sentidos alerta, por diferentes itinerarios, en distintos momentos. Por fin, cuando ya casi había tirado la toalla, la vio cruzar. El mismo semáforo. La misma ropa, seca esta vez. Iba con otras dos amigas. Miró y sonrió. Una sonrisa diferente, como de sé que te tengo atrapado y no te voy a soltar, como de aquí mando yo. Incluso, asomó una centésima de segundo la mano extendida por encima de la carpeta que cubría su pecho. Él sólo pudo quedarse mirando mientras cruzaba por delante. Incapaz de gesticular. Incapaz de hacer nada que no fuera admirarla y morir por ella.

Después, los días de esperar en el mismo lugar. El coche aparcado ya, para no perder ninguna ocasión. Hasta que, por fin, el viernes de esa misma semana, ella había aparecido sola. Fue directa hacia el vehículo, con esa misma sonrisa y entró. Le tendió la mano, otra vez. Señor Maraña, últimamente, le ha cogido usted cariño a este semáforo. Él no sabía cómo actuar, qué hacer, qué decir. Todo su aplomo, su gracia, su savoir faire de hombre de mundo, se habían esfumado. Piensa llevarme al colegio o me va a hacer llegar tarde? Cuando se acercaron a la última esquina, antes del Liceo, ella le dijo que se detuviera. Mejor me bajo aquí, no cree? El asintió. Esta vez, ella no le extendió la mano. Directamente, posó sus labios sobre su mejilla. Que pase buen día, señor Maraña.

Buenos días. Don Leovigildo Maraña, por favor?

Sí, claro, la he visto varias veces. Por la zona del colegio, añadió tras una pausa. Lo que no contó fue que, cuando llegó diciembre, hacía tiempo que la dejaba en la misma esquina cada mañana. Que los besos se habían mudado de la mejilla a la boca. Que las manos de ambos andaban de expedición por tierras peligrosas. Tampoco sacó a la luz esa conversación, justo antes de que le diesen las vacaciones de navidad. Va a ser usted capaz de estar dos semanas sin verme, señor Maraña? Seguía utilizando el usted, a sabiendas del efecto perturbador que causaba en él. Al igual que el señor Maraña, en lugar de Leo, como él había insistido hasta la saciedad. Tal vez era su forma de demostrarle su libertad, que era ella quien mandaba, quien imponía las normas. Tendré que ser capaz, qué remedio me queda. Ella negó con la cabeza, el gesto pícaro. Las niñas (supo que utilizaba ese término concreto adrede) como yo tenemos la memoria frágil. Y, si no se nos hace caso tanto tiempo, a lo mejor nos buscamos a otro. Qué quieres que haga? Yo creo que si estuvieses aquí mismo a las once en nochebuena, sabría que de verdad significo algo para ti. Pero cómo voy a hacer eso? Es imposible, tengo a toda la familia en casa a cenar. Ella se encogió de hombros y salió del coche. Ese día, no se giró a mirarlo al llegar al porche. Y, a la mañana siguiente, cruzó el semáforo con sus amigas y un gesto de desprecio. Él vocalizó para que pudiera leer sus labios: a las once en nochebuena. Ella sonrió y asintió.

Buenos días. Don Leovigildo Maraña, por favor?

Cuándo fue la última vez que la vio? La imagen golpea a Leo Maraña como una bofetada. El pelo, más rubio que nunca. Los ojos, azules y brillantes. La camiseta blanca de tirantes y los vaqueros rotos y cortos. Muy cortos, sería mejor decir. Esas piernas interminables y de forma perfecta, rematadas en unos tobillos que parecían a punto de romperse a cada paso. La vio venir corriendo y abalanzarse sobre él. Se lo comió a besos. Te quiero, señor Maraña.

Atrás habían quedado los martirios, las traiciones. Las horas esperando a que apareciera. Las excusas inventadas para escaparse de su casa a las horas intempestivas que ella elegía, pero no venía o lo hacía un minuto y se marchaba. Como aquel otro viernes. Leo había decidido olvidar todo el sufrimiento del pasado y mirar al futuro. Toma. Qué es? Un regalo, por tu cumpleaños. Qué tonto, si es pasado mañana. Pero he pensado que podemos celebrarlo este fin de semana. Ya que vamos a estar juntos. Era una pulsera de oro, con un león. Me encanta!

Pasaron la tarde y la noche encerrados en la habitación. Empezaba a clarear cuando ella habló. Deberíamos dormir un poco, señor Maraña. Tenemos toda la mañana para dormir. De eso nada, yo tengo que estar a las diez en mi casa. A él se le cayó el alma a los pies. Pero dijimos que pasaríamos juntos todo el fin de semana. Estás loco? Quieres que me echen de casa? Sí, que te echen. Nos iremos a vivir juntos. Dejaré a mi mujer. No diga tonterías, señor Maraña, y descanse un poco.

Buenos días. Don Leovigildo Maraña, por favor?

No recuerdo bien cuándo fue la última vez. Supongo que antes de las vacaciones, por el colegio.

No la ha vuelto a ver desde entonces? Claro que la había vuelto a ver. A base de apostarse frente a su portal, de seguirla a hurtadillas, de intentar incluso colarse en su casa. No podía soportar la vida sin ella. Sin ese perfume que brotaba de cada centímetro de su piel, ese aroma a primavera recién estrenada; sin la suavidad de su piel de niña, que cubría la dureza de la mujer que ya era; sin sus canciones susurradas al oído, muy bajito, cargadas de sensualidad; sin sus desplantes y sus juegos, porque eran ellos los que la hacían aún más deseable. Recordó sus calcetines desmayados, su ropa interior de algodón, la muñeca cargada de pulseras de todo tipo, la curva dulce de la camiseta sobre su pecho en flor. Se moría por volver a escuchar su risa, tan contagiosa, tan frecuente, tan sonora que se quedaba colgada de las esquinas de los cuadros, de los pliegues de las sábanas, de los vaivenes de la almohada.

Buenos días. Don Leovigildo Maraña, por favor?

No sabría decirles. Tal vez por aquí, por el barrio. Creo que vivía en esta zona, no?

Señor Maraña, tiene que acompañarnos, por favor. Para el resto de esta declaración debe estar presente el juez.

Leo casi no fue consciente de las protestas de su mujer, de sus preguntas, de los agarrones de las mangas, de la llegada de Laurita, de su cara de incredulidad, de la salida (seremos discretos, no queremos que esto afecte a su reputación), de la entrada en el coche, del traslado, de la llegada a los juzgados. En su mente, sólo había lugar para ella. Para sus enorme ojos azules; para sus brazos largos, ligeramente tostados ya en el borde de la piscina; sus piernas; su espalda, como una pista de ski dividida por la mitad por la marca del bikini; su nuca, esa nuca que no podría olvidar jamás; su boca, que tanto le dio y tanto le quitó; su pecho, en el que tantas veces depositó sus lágrimas y sus suspiros. No había sitio para nada más. Nada más tenía sentido. Cómo podría soportar no volver a verla? Como permitir que se esfumara? No quiero volver a verte, la verdad es que eres muy mono, pero me aburro contigo. Ha sido divertido, es mejor dejarlo ahora como amigos que discutir más tarde. Le soltó todos los clichés habidos y por haber. Supo al instante que había otro. No necesitaba que se lo dijera, estaba seguro.

Buenos días. Don Leovigildo Maraña, por favor?

DETENIDO EL PRESUNTO HOMICIDA DEL LICEO ITALIANO

Leovigildo Maraña, un empresario de treinta y siete años, ha sido detenido hoy y puesto a disposición judicial como presunto asesino de una alumna del madrileño Liceo Italiano.

La menor, cuyo cuerpo fue encontrado hace seis días en una habitación de un hotel de las afueras de la capital, había sido sometida a abusos sexuales de forma repetida por el presunto agresor quien, finalmente, el pasado sábado puso fin a su vida al clavarle un destornillador en la sien.

A.N., compañera de clase de la fallecida y una de sus mejores amigas, afirmó haber visto a Maraña “acosándola en multitud de ocasiones. La obligaba a entrar en su coche y se propasaba. Ella nunca dijo que la violase, pero todas sospechábamos que la había forzado a tener relaciones con él”.

Según fuentes oficiales, Maraña -que permanece en las dependencias de los juzgados de plaza de Castilla- guarda silencio desde su detención. “No ha hablado ni para pedir alimento o ir al baño”, afirmó uno de los agentes que lo custodian.

Leovigildo Maraña está casado y tiene una hija sólo un año menor que su víctima (sigue en página 23).

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