RELATOS DE OTOÑO: AGUA FRIA

Posted on December 17, 2012

0


Cuando diciembre cumple la mayoría de edad, un cielo anciano y canoso nos hace un guiño, como diciendo es la hora. El agua se pone tan fría, que las manos se cortan y no podemos dejar de darnos cacao en los labios, para evitar que los invadan las heridas.

Entonces, una mañana, como de repente, como improvisado, aunque llevemos un año entero sabiendo que llegará el momento, enceramos las tablas y las metemos con cuidado en la furgoneta. Nos miramos a los ojos y emigramos hacia donde el viento nos lleve.

Recortada contra la ventanilla, su pelo se confunde con el trigo de los campos que pasan lentos, en cuatro tercios. Y, cuando me alcanza su mirada, el cielo se divide en dos pedazos de azul puro, como diamantes perfectos en su imperfección.

La observo, mientras canta, mientras dormita, mientras piensa. De cuando en vez, sin planes, como casi todo en nuestra vida, alargo la mano y le acaricio la mejilla; o paro en cualquier lugar porque necesito darle un beso y eso no puede esperar.

A ratos, ella pela una mandarina y me mira con aire un poco culpable. Yo sonrío y le huelo las manos, para que vea que eso ya no me molesta. Entonces sonríe y sale el sol en mitad de la meseta.

El viaje es largo, pero la promesa de otras playas, otras olas, otros vientos, nos lleva como una corriente inesperada. Se descuida, pongo a Dover y finge abrir la puerta en marcha para tirarse.

Reímos cuando nos da la risa. Dormimos cuando nos entra sueño. Comemos cuando nos azuza el hambre. Y, si nos apetece, hacemos el amor de pensamiento, palabra, obra y omisión.

Hay quien nos llama locos; quien nos envidia, quien, simplemente, no nos comprende o no nos ve. A nosotros nos da igual. Sacamos las tablas, nos tumbamos en la arena y sólo nos importan el viento y las olas.