RELATOS DE OTOÑO: LUCKY STRIKE

Posted on December 18, 2012

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Aquel último tramo de invierno, nos dio por fumar Lucky Strike. Dame un luqui, decíamos. Pagamos la matrícula de la facultad de los bares y los recreativos, por cuyas puertas merodeábamos durante horas, con la sempiterna discusión sobre Elvis o Jerry Lee colgada de los labios, curada al humo del pitillo.

Nos sentábamos en los asientos de nuestras montesas, con un cigarro acostado en la oreja, y soñábamos que algún día se transformarían en harleys y podríamos emular al mismísimo Brando, dios hecho carne y gasolina. Cantábamos mal, en inglés nivel medio, y nos dábamos palmadas en las piernas o nos repasábamos el tupé, nunca lo suficientemente alto.

Así me sorprendió un día tu llegada. Mirábamos con desprecio al grupo de parkas y lambrettas, siempre a la distancia adecuada, esa que marca el respeto y evita la confrontación, que permite medir las fuerzas y calcular la reacción ante un ataque. Me llamó la atención tu camisa de flores, tu falda ajustada, tu aspecto tan mod, tan diferente a los cancanes, los vaqueros pitillo y las john smith que me rodeaban.

Tú no me dirigiste la mirada hasta que empezó el cruce de insultos, el piraos de este barrio, el gesto bravucón pero tembloroso de acariciar el bolsillo en el que se refugiaba el bardeo. Fue un instante, tal vez mi imaginación jugando al despiste. Pero vi que me mirabas y que veías que te miraba.

Sólo fue cuestión de un par de días volver a coincidir por ahí. Observarte y no atreverme. Sentir que me observabas y no te atrevías. Dos mundos demasiado diferentes; una frontera insalvable.

Una noche, sin venir a cuento, tal vez a causa del alcohol, me salió la vena valiente. Acercarme a ti. Decirte hola. Hablarte. Sentir que no éramos mods ni rockers, que éramos sólo dos chicos, sin más.

Aquella primera vez, me acariciaste el tupé, destemplado, y sonreíste. Verás qué lío. Los dos lo sabíamos. Los dos podíamos adivinar la reacción de nuestros amigos, de aquellos con quienes, hasta ese momento, habíamos compartido todo.

Como ocurre siempre, comenzamos a vernos en secreto, en ratos robados al amanecer y a las legañas. Nos despedíamos sin saber cuándo sería la siguiente, cuándo podríamos escapar y encontrar un lugar sólo para nosotros. Nos convertimos en refugiados a tiempo parcial y nos reímos de quienes se autoproclamaban revolucionarios, pero no cambiaban nada.

Ni los tuyos, ni los míos. Nadie pudo comprenderlo. De nadie recibimos apoyo. Todo fueron espaldas, ceños fruncidos cuando pasábamos por delante de un bar en mi moto. Nos convertimos en parias, en intocables.

Pero, en nuestro interior, fuimos más libres que nunca, llegamos más lejos que nada, amamos más fuerte que nadie. Y, de cuando en vez, con la mirada perdida en esas manos tuyas, perfectas, mientras recogían tu pelo en un moño que se derrumbaba a los dos segundos, te decía dame un luqui y fumábamos en silencio.