NAVIDADES MONOPARENTALES: AL CINE!

Posted on December 28, 2012

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En Navidad, like it or not, un día acabas en el cine. Es eso o el circo de Teresa Rabal, tú verás. Yo, como si vuelvo a oír el veo veo ese de los c*******, me hago con un kalashnikov y monto el circo de verdad, prefiero el cine.

Claro, aquí hay gente superlista que lo hace guay. O sea, antes de salir de casa, consultan las horas de las sesiones. Los hay que hasta compran las entradas por internet! Yo soy muy español para esto y lo de planificar, como que no lo trabajo.

Así que, al grito de hala, que nos vamos al cine, te montas en el coche, tan feliz. Debe de ser tu día de suerte, porque encuentras sitio para aparcar. Pero ya te aviso que, con eso, se te ha acabado la fortuna por hoy.

En los cines de centro comercial, como los de mi pueblo, no hay taquillas. A cambio, hay unas maquinitas amarillas que aseguran ahorrarte treinta céntimos por entrada. El caso es que estás tú ahí, delante de la pantalla y llega el niño y te dice papá yo lo hago. Pues vale. Eso sí, las entradas la elige la máquina; tú intentas seleccionar otras diferentes a las que te ofrece y no hay manera. Echas de menos a los taquilleros, aunque fueran bordes y no les entendieses nada a través del pedazo de cristal ese.

Son las seis y media. Rompe-Ralph, que es la que queréis ver (bueno, la que quiere ver él. Tú hace años que, si no sale Angelina Jolie, el cine te llama poco), empieza a las ocho y media. Hala! Dos horas en un centro comercial? No fuckin’ way, man. Espera, hay una a las siete y media en tresdé, papá. Ahora entiendes por qué la gente lo mira antes de salir de casa… Se te van veinticinco euros en las entradas y las dichosas gafas, que las miras, piensas en todas las que tienes en casa y sospechas que la humanidad no morirá a manos de los robots, sino de bolsas de rafia de mercadona con gafas tresdé.

Y luego, las palomitas. Que no entiendo yo bien esta manía de comer palomitas en el cine. Pero es lo que toca. Pides una fanta y unas palomitas y la chica del uniforme ridículo te mira como si llevaras medio siglo recorriendo las tierras medias o algo así. Quiere el menú gigante, el descomunal o el supergigamegahiperbestia?, te pregunta con aroma de condescendencia. Y tú, acordándote de cruz y raya y el sketch ese de la hamburguesa con cancamusa. A ver, no sé, para nosotros (y señalas al niño y a ti mismo). La tipa mastica chicle con cara de no me puede importar menos tu vida y la calidad de servicio me la paso por el arco cigomático. Bueno, pues el gigante. Por noventa céntimos más, tiene el descomunal. Bueno, pues por noventa céntimos, danos ese. Por noventa céntimos más, se puede llevar el supergigamegahiperbestia. Y tú preguntándote por qué no hay sólo un fuckin’ menú.

Total, que entras en la sala con un cubo de palomitas que bien podría haber servido de podium en los juegos olímpicos de Londres (que lo pongan en la candidatura de Madrid, seguro que es lo único que le falta a la ciudad), un vaso de fanta que han debido de fabricar en la Nasa, porque aquí no hay naves industriales en las que quepa, dos pares de gafas tresdé y las entradas colgando del meñique de la mano contraria al lado en el que esté el que tiene que comprobarlas. Para que te tengas que dar la vuelta y hacer más el ridículo.

Encuentras vuestras butacas, que no es tan difícil, pero sistemáticamente hay gente que se hace un lío. Te toca entretener al niño hasta que comience la película, ese rato espeluznante, con música clásica de fondo (después se extrañan del rechazo de los niños a todo lo que suene a orquesta).

Te pasas la película respondiendo a sus preguntas, diciéndole que hable bajo, que no estamos en el salón de casa, partiéndote de la risa cada vez que lo ves alargar las manos para tocar algo que parece salir de la pantalla… En fin, de todo, menos la historia.

Al final, llegas a casa con cuarenta euros menos en el bolsillo (gracias al universo, sólo tengo un hijo), pensando que con esa pasta hubieras podido comprar un libro de Harry Potter, un juego de los barateros para la tresdeese y un happy meal y casi te hubiera sobrado.

Pero lo das por bien pagado, si te has librado de Teresa Rabal…