RELATOS DE INVIERNO: AQUEL AÑO QUE DECIDIMOS MORIR

Posted on January 5, 2013

0


Aquel año que decidimos morir (o tal vez no lo decidimos, sólo sucedió porque así está organizado el mundo) se pasó rápido y, cuando me quise dar cuenta, había llegado la fecha.

Miré hacia el sur y, a sólo veinte centímetros de la península de tu pie derecho, finisterre de mi universo perfecto, el mar y la arena se lanzaban con desidia un freesbee de espuma y déficit de atención, como tu pelo de viento.

Al norte, a sólo veinte centímetros de mis labios, tu boca miraba a mi boca, mitad libidinosa, mitad divertida. Me incliné hacia ti para besarte y descubrí el cielo en technicolor, capricho de un Sorolla ácido, toldos en dieciséis novenos abrochados a nuestras cinturas.

Tal vez fue el sol, o el dolor de ver por vez primera tanta belleza en ti, como en cada ocasión en que te miraba. Tal vez fue, simplemente, saber que la fecha era la fecha, sin importar cómo de fría estuviese el agua, cómo de lejos hubiesen quedado nuestras almohadas, casi inexistentes.

Volvieron los albaricoques a señalar el camino a África y me acariciaste la nuca, como si adivinaras, como si me invitaras. Y una lágrima recorrió mi mejilla en el espejo de tu mejilla.

Al pasar junto a tu longboard, no pude o no quise evitar apoyar mi pie en el mismo lugar en que te vi hacerlo tantas veces. Y los dos supimos que esas ruedas no volverían a marcar los minutos, las horas, que no volverían a colgar de la pared de la habitación, un cristo pendiente de la llegada del tercer día.

Sentí tu mano en mi mano y el calor del sol agonizante en el rostro. Luego, simplemente soltamos las cometas y nos dejamos elevar hasta hacernos pequeños, apenas un punto en el horizonte del Estrecho.