RELATOS DE INVIERNO: EL ULTIMO VERANO

Posted on January 7, 2013

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El verano se deshacía y sólo quedaban unos jirones enganchados a las copas de los pinos. Los contemplábamos con ojos de muñeco antiguo y sabíamos que sería el último.

Íbamos camino del río, como siempre, nosotros delante haciendo el ganso y vosotras detrás, un poco cursis ahora, pero no entonces.

Yo miraba de reojo tu camiseta, que parecía como que se hubiera quedado pequeña desde mayo; tus pantalones cortos por cuya cornisa se asomaban, tímidas, las persianas multicolor del bikini; y esas chanclas ya raídas de tanto trajín estival, de tanto roce con los helechos, de tanto subirse a los muros de piedra para alcanzar las moras de la parte alta de las zarzas, que sabían mejor que las otras, o tal vez sólo nos lo parecía porque costaba más esfuerzo cogerlas.

Nunca supe si lo hacías aposta o era algo inconsciente, pero me parecía que, de cuando en vez, se te escapaba una sonrisa al cruzar mis ojos y tus ojos un paso a nivel sin barrera. Puede que fuera yo quien sonreía, no sé.

Todo el verano dándole vueltas a la cabeza, sin atreverme a decirte la verdad, que me moría por besarte, por abrazarte, por ir al río cogidos de la mano y tumbarme a tu lado; que me gustaba cómo olía tu pelo cuando iba detrás de ti en la bici; que cuando me decías que te dejase probar mi helado (invariablemente de pistacho), me daban ganas de guardarlo en un congelador toda la vida, para conservar el sabor de tus labios; que cuando caía la tarde y se te ponía la piel de gallina, me lo contagiabas y, al recordarlo en la cama, me daban escalofríos.

Cada vez había más piñas en el suelo y los helechos copiaban el color de tu espalda. Adelantábamos la hora de ponernos el jersey y, a ratos, nos invadía a todos una melancolía extraña.

Madrid sonaba muy lejana, demasiado, y grande y olvidadiza. Aunque prometíamos de corazón vernos, sabíamos que sería difícil, que el año se pasaría volando y no habríamos encontrado la ocasión, que el verano siguiente nos miraríamos como extraños, que nada sería igual.

Saliste del agua tiritando y, sin saber por qué, te ofrecí mi toalla. Te envolviste en ella y te la llevaste a la cara un instante. Huele a ti. Tus ojos brillaban más que el sol reflejado en la poza. Me brotaron las palabras a la boca. Me gustas, me gustas mucho, no quiero dejar de verte, no quiero perderme en la inmensidad de Madrid, no quiero dejar de mirarte de reojo. Pero lo único que conseguí fue sonreír otra vez. Tú también lo hiciste. Me pareció ver un punto de decepción en las comisuras de tu boca, pero puede ser la deformación que sufren los recuerdos con el paso del tiempo, como tantas otras cosas.

Regresamos al pueblo en la penumbra, con nuestras tonterías y vuestras cursilerías que no nos lo parecían tanto. Y, en ese instante, supe que sabías que se nos había escapado el verano y que sería el último.