RELATOS DE INVIERNO: EL ADVENIMIENTO DE LA GRAN CEBOLLA

Posted on January 11, 2013

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Chindasvinto Maraña miró el reloj y torció el gesto. Todo estaba preparado, hasta el más mínimo detalle. Ahora sólo faltaba convencer al imbécil de su hermano mayor, cuya idiocia lo inclinaba hacia la incredulidad.

Entró en el despacho, precedido por el aviso del chambelán. Recesvinto III, rey de los Países Verduleros, recorría en círculos la enorme estancia, como ocurría siempre que lo atenazaban los nervios. Hombre, Chindas, ya era hora. Qué ocurre, señor? Déjate de chorradas, que soy tu hermano. Como quieras. Chindas, tengo que serte sincero. Todo esto del Advenimiento de la Gran Cebolla, me tiene muy intranquilo. No he sido capaz ni de vestirme!, se lamentó mientras señalaba la ropa interior, que era todo lo que llevaba puesto. Estáte tranquilo, hombre. Pero seguro que han hecho bien los cálculos? Lo tenemos estudiado al segundo y al milímetro. Aparecerá en el lugar exacto, en el momento preciso. Todo está en las profecías.

Recesvinto III caminaba con el paso corto y acelerado de quien no ha sido un fanático de los deportes. Era una de las pocas personas consideradas obesas en los Países Verduleros, aunque en cualquier otra nación hubiese sido, tal vez, incluso demasiado delgado. Pero en su reino, en el que estaba prohibido consumir cualquier alimento que no fuese vegetal, un adulto no superaba normalmente los cuarenta y cinco kilos. Y él, con sus casi sesenta y su metro noventa y ocho de estatura, destacaba sobre todos sus súbditos. Incluso, sobre su hermano menor, quien tenía la misma estatura pero apenas rozaba los cuarenta kilos. Muy probablemente porque, como Sumo Sacerdote de la Iglesia del Advenimiento de la Gran Cebolla (religión oficial profesada por el cien por cien de la población), era quien más vigilaba su propia ingesta de comida. De hecho, se murmuraba que se alimentaba únicamente de cebollas. Y el aroma que desprendían sus prendas y él mismo, así parecían atestiguarlo.

Mira que si al final no aparece la Gran Cebolla, va a ser un follón… Te voy a perdonar la irreverencia, porque eres el rey. Pero a cualquier otro, ya habría ordenado que lo decapitaran. Recesvinto III amagó un gesto de arrepentimiento, que se quedó a medio camino.

Cuándo empiezan los fastos? En media hora. Tal vez deberías pensar en irte vistiendo. El monarca asintió, meditabundo.

* * * * *

Todo el pueblo parecía haberse congregado en el Huerto Sagrado, el lugar en el que se produciría el Advenimiento. No se veía ni un trozo de suelo, tal era el gentío. Todas las cadenas de televisión retransmitían el evento en directo.

El rey presidía el acto, por supuesto. Ciudadanos y dirigentes vestían sus mejores galas. Los discursos, interminables, apelaban a la fe y a la condición de elegidos de todo el pueblo; se glosaban las bondades de la nueva era que supondría el Advenimiento, tras el que todo sería felicidad y abundancia.

Apenas quedaban dos minutos. El enorme Reloj del Advenimiento, instalado con motivo de la ascensión al trono de Recesvinto III, y que había marcado la cuenta atrás durante los últimos veintiséis años, tenía a cero casi todos sus dígitos. El silencio era absoluto. Todo el mundo parecía haberse detenido. Se diría que nadie respiraba siquiera.

Diez segundos. Las miradas de los hermanos Maraña se cruzaron por un instante. Nueve, ocho, siete, seis, cinco, cuatro, tres, dos, uno… Nada sucedió. Nada? Pareció que tardaba un par de segundos, pero para el populacho, sólo sería una ilusión óptica.

Se desató una gran tormenta eléctrica. El viento sacudió toldos, hizo volar sombreros y obligó a algunos a entrecerrar los ojos. Debió de durar un minuto, pero a algunos les pareció una hora y a otros, un segundo.

Cuando el polvo volvió a posarse y el campo quedó otra vez a la vista, se escuchó una exclamación ahogada colectiva. Un oooooh que brotaba de todos los presentes y, muy probablemente, de quienes se veían obligados a seguir el mayor hito de la historia a través del televisor.

La Gran Cebolla, de descomunales dimensiones, incluso para quienes habían sido sabedores de ellas desde su nacimiento, dejó a todos boquiabiertos. No sólo por el tamaño sino, principalmente, por el profundo aroma que impregnó el ambiente y que, a Recesvinto III le recordó a su hermano.

Con rapidez inaudita, los sacerdotes cubrieron la Gran Cebolla con paneles de cristal que conformaron una gigantesca urna. Después, Chindasvinto Maraña, en su condición de cabeza de la Iglesia, leyó una oración de agradecimiento. Tras sus palabras, todos los dirigentes de la nación, con su rey a la cabeza, rindieron pleitesía a la Gran Cebolla.

Pasaron meses antes de que hubiese un hueco durante un único segundo ante la urna.

Chindasvinto Maraña sonrió mientras se desprendía de sus pesados ropajes. Habían sido dos décadas de preparar el engaño, pero había funcionado. Era verdad que comenzaba una nueva era. Sobre todo, para él.