RELATOS DE INVIERNO: EL ERROR DE SU SANTIDAD

Posted on January 17, 2013

0


PD:este relato es, obviamente, un homenaje a uno de mis escritores favoritos. Lo aclaro porque si no, ya saldría el típico listillo que empezaría con la cantinela…

Antes de que nadie pudiese detenerla, la noticia corrió como la pólvora por los rincones de Roma. Los sacerdotes apenas podían contener los comentarios y la curia se hacía cruces, con más razón que nunca. En los foros y mercados no había otro comentario y entre la nobleza romana, tan dada al cotilleo en general y, más aún cuando se trataba de los dignatarios espirituales, que tanto mutilaban sus satisfacciones, el ambiente sólo podía ser calificado de rechifla.

En los púlpitos, la orden era clara: Dios se hizo hombre y ese ejemplo deben seguir todas las criaturas, humanas y divinas. Sermones y penitencias se enfocaban en lo mismo.

Pero de nada servía. En las casas de lenocinio, tabernas e, incluso, el parlamento, sólo se hablaba del suceso. Y justo en este momento tan delicado, se lamentaba el arzobispado.

En todos los hogares de Roma, la conversación era la misma. Hombres y mujeres llegaban a su domicilio con la cantinela, casi susurrada por mantenerla alejada de los largos oídos de la santa inquisición. Labios pegados a orejas informaban y comentaban, relataban y adornaban, cada uno según la versión escuchada y su propia creatividad.

Pero, aun así, todos y cada uno de los habitantes de la capital del mundo, repetían la misma historia, con sus diferentes variantes: los pobres, a carcajada limpia, sin tapujos y con el recochineo que merecía la ocasión; la burguesía, con la displicencia y casi empatía de quien se sabe mediocre y anhela ver a otros caer en su propio saco; y la aristocracia, con esa mezcla de alegría por la negación de la divinidad y pavor ante el uso que las clases más bajas pudieran hacer de ella.

El caso era que toda Roma hervía apenas dos horas después del suceso.

* * * * *

Su Santidad, sentado ante el escritorio de sus aposentos, miraba con cara ensimismada aquella pintura regalada por un artista desconocido para él, pero con gran futuro, según comentaban los expertos. Si es tan bueno, por qué no pinta un cristo o una escena de la biblia?, se preguntaba con los ojos perdidos en una escena incomprensible e incluso se atrevería a afirmar que pecaminosa. Que le den las gracias, pero no lo quiero. Es turbador. Sus ayudas de cámara lo retiraron no sin esfuerzo, habida cuenta las dimensiones y el peso del marco.

El obispo de Milán, su gran amigo y hombre de confianza, sonrió. Hay que reconocer que el estilo es bueno, pero la escena no puede ser más desagradable. Con lo bien que le hubiesen quedado unas bodas de Caná o un Pilatos lavándose las manos. El papa asintió. Daba gusto hablar con quien piensa igual que tú. El padre Maraña, un agustino español que se había convertido en su lacayo favorito, por su predisposición y capacidad de trabajo (este hombre no duerme nunca?, solía cuestionarse el cabeza de la Iglesia), soltó un pues a mí me parece interesante, que hizo dudar una vez más a los dos prelados sobre su verdadera fe (estos hispanos son unos bárbaros, ya lo sabemos, habían comentado alguna vez). Pero ambos decidieron pasar por alto la deslealtad. Si no es importante, no lo hagas importante tú, solía decir el milanés de adopción (que era tan romano como su amigo).

Qué hacemos con respecto al…? La frase se quedó flotando en el aire, como el hecho al que hacía referencia. El obispo torció el gesto. Es un tema complicado. Parece ser que hay un cierto revuelo en toda Roma. Su Santidad sintió un espasmo estomacal. Crees que los descreídos esos aprovecharán la ocasión para atacarnos? Centroeuropa es un nido de ateos, ya lo sabemos. Negarán tu condición de representante de Dios en la Tierra, pero ya estamos acostumbrados. Capaces son de decir que la Virgen María no lo era por haber pasado por lo mismo, comentó el agustino mientras terminaba de escanciar en las copas de sus dos superiores una generosa ración de Burdeos. Cuatro ojos estupefactos se clavaron en su rostro. Padre Maraña, vaya usted a mi capilla y rece veinte padrenuestros por esa irreverencia. El aludido asintió en silencio, con humildad, y se calló el detalle de que la irreverencia no era suya, sino de aquellos dispuestos a pronunciarla, consciente de que sólo empeoraría la situación. Se retiró con discreción, pero no fue a la capilla.

* * * * *

Su Majestad el Rey de España se reía a carcajadas con las manos en su bolsa escrotal, gesto este muy suyo a juicio de la veintena de cortesanos que lo acompañaban en su viaje oficial con motivo del homenaje a Santiago Apóstol y que coreaban las risas con las suyas propias.

Un pun, decía entre risotada y risotada, un pun!! Se le saltaban las lágrimas. El padre Maraña permanecía impasible, su media sonrisa pintada en la cara y las manos enredadas en el rosario que le había dado su madre antes de salir de Pandero de la Frontera con destino a El Vaticano. Va el tío y se hace un pun!, insistía el monarca. El agustino no acertaba a resolver la duda de si era más patético el momento en que el papa se había tirado un pedo o que el rey utilizase la expresión hacerse un pun. Unos metros más allá, confundida entre los cortesanos, Marfisa guiñó un ojo azul al sacerdote, que el rey desvió hacia sí mismo, lo que le hizo perder durante un segundo el control de sus fauces, de cuyas comisuras brotó un riachuelo de babas que limpió con la destreza de quien ha hecho uso de sus mangas para ese menester durante toda una vida.

Finalmente, el padre Maraña hizo mutis por la puerta que le indicaba Marfisa con una seña velada. Una última mirada le regaló la imagen de la punta de los dedos de Su Majestad el Rey de España, perdiéndose entre los cachetes de sus asentaderas con el fin de aliviar algún incómodo picor.

* * * * *

El sacerdote apartó el cuerpo de Marfisa del suyo. No seas así, sabes que tengo voto de castidad. Eres el único cura de El Vaticano que no va de putas, lo sabías? El otro se encogió de hombros. Vas a ir al cielo, pero con los huevos tan hinchados que no cabrás por la puerta. El agustino sacó a pasear su media sonrisa. Además de furcia, eres una irreverente. Por eso nos llevamos tan bien. Y él supo que era cierto. Cuéntame con detalle lo que pasó. Tú estabas, no?

* * * * *

Los fastos del homenaje a Santiago Apóstol habían comenzado con un banquete de doce platos y cinco postres, ofrecido por Su Majestad el Rey de Francia en la sede de la embajada gala.

Su Santidad había intentado excusar su presencia, habida cuenta que su delicado aparato digestivo, acostumbrado a una cierta frugalidad en comparación con sus predecesores, no era capaz de soportar semejante carga alimenticia, menos aún a la hora de la cena. No podemos alegar que es mi hora de oración? Su amigo milanés negó con la cabeza. Me temo que podría ser interpretado como una ofensa y no necesito recordarte lo delicado de nuestra situación en su país. Hay que estrechar lazos y poner a los gabachos de nuestro lado. Si miran a Centroeuropa, estamos más perdidos que un cristiano ciego en el circo máximo. Al papa, esa manía del obispo de hacer chistes con los momentos iniciales de su religión no le entusiasmaban. Pero a veces hay que aguantar ese tipo de cosas a cambio de buenos consejos. En realidad, sólo ha venido y ha organizado el ágape por robar protagonismo el Rey de España, eso lo sabemos todos. Su amigo asintió, pero no cambió de opinión.

El papa se resignó y ordenó que fuera avisado el padre Maraña para ayudarle a vestirse y acompañarlo a la cena. El agustino acudió al punto, como si hubiese estado esperando detrás de la puerta.

* * * * *

La embajada de Francia estaba engalanada como nunca antes. Se podía palpar la emoción del momento. La carroza se detuvo y un chambelán anunció a voz en grito la llegada de Su Santidad, que fue recibido por el monarca galo a los pies de la escalinata. Te has dado cuenta?, susurró Su Santidad al padre Maraña, me besa la mano pero no se arrodilla. Maldito descreído prepotente. Para eso sois mejores los españoles, siempre tan dispuestos a arrastraros por el fango. El agustino asintió y un brillo pícaro cruzó sus ojos.

Concluidos los protocolos, los invitados a la cena ocuparon sus asientos en la mesa. Cuando Su Santidad vio llegar el primer plato, se le abrieron las carnes. En el segundo creyó que regurgitaría todo lo ingerido y en el tercero confesó a su acólito creer estar a punto de abandonar este valle de lágrimas. En el cuarto, le preguntó si traía entre sus enseres algún tipo de óleo consagrado para administrarle la extremaunción. A partir de ese momento, dejó de hablar y se refugió en sí mismo, lo que originó comentarios sobre su posible condición de santo y su profunda religiosidad. Se diría más bien que tiene flato, masculló el barón de la Malalait, cuyo origen bávaro y fama de ateo conferían un cierto aire de subjetividad al comentario.

La cena se desarrolló sin mayores incidentes hasta el momento del brindis. Su Majestad el Rey de Francia se puso en pie y soltó una larga elegía de la figura del primero de los cristianos en estos tiempos de incertidumbre religiosa y política. Levantada la copa, se dispuso a finalizar con un vive la France, que fue interrumpido a la altura de la efe por una sonora ventosidad expelida por el supuestamente tan espiritual ano. La perplejidad de todos los asistentes fue seguida de gestos de disgusto por los efluvios emanados de semejante escape.

El rostro de Su Santidad estaba tan púrpura como su terno. El padre Maraña se apresuró a pedir perdón, tal vez con su mejor intención, con el fin de distraer la culpa de la persona del papa, pero lo único que consiguió fue centrar más el epicentro del cataclismo. Hubo quien aseguró que el agustino sonrió ligeramente tras anunciar su nada creíble culpabilidad.

Su Majestad el Rey de Francia, carmesí como el prelado, pero llevado por la ira en lugar de por la vergüenza, salió del refectorio como poseído por el diablo. Lo siguieron casi al instante el resto de invitados, súbditos todos ellos del monarca.

* * * * *

Su Majestad el Rey de España extrajo la mano derecha del cañón formado entre sus asentaderas ambas y se llevó sin el menor pudor la punta de los dedos a la nariz. El aroma debió de satisfacer sus expectativas, a la vista de su gesto de satisfacción tras la cala y cata. Este pompis me está matando, se dijo a sí mismo, aunque todos lo oyeron.

Miró el rostro sonriente del agustino mientras frotaba, ahora sí con disimulo, las uñas espeleólogas en la fina tapicería de la butaca que ocupaba en el palacio cedido por el conde di Lameculle para su hospedaje. Un buen tipo el aristócrata en cuestión, por más que nadie fuese capaz de trazar una línea clara hasta el supuesto rancio abolengo de sus orígenes.

Entonces, preguntó al fraile, dices que Su Santidad vendrá a rogarnos nuestro apoyo? Sin duda, señor, con Centroeuropa abocada a la herejia y Francia ofendida, sólo el apoyo de España puede salvar a la Santa Madre Iglesia de la debacle. El monarca volvió a agitarse, presa de otro ataque de risa histérico, que hizo dudar seriamente al padre Maraña de su salud mental. Un pun, jajaja, por un pun voy a tener al mismísimo papa a mis pies! Y encima, voy a poder tocarle las narices al imbécil de mi primo (en todas las familias hay rencillas, incluso entre aquellas que reinan las más poderosas naciones). Y qué pasa con los ingleses? Su Santidad vería con buenos ojos una… cómo decirlo?, una expedición, una especie de cruzada para hacer prevalecer la fe verdadera entre esos bárbaros de extrañas costumbres.

Su Majestad el Rey de España se vio a sí mismo como monarca de toda la Europa civilizada e Inglaterra. Para él, no existían otros países. Por más que se los señalasen en un mapa, no era capaz de traducir esa información en su mente. De hecho, lo más probable era que no supiera ni en qué lugar se encontraba en ese momento.

Que se prepare la flota! Que partan hacia Inglaterra! Señor, dicen los expertos que en esta época del año, el Canal de La Mancha es una sucesión de tormentas. No podríamos retrasarlo hasta que los elementos nos sean más favorables? Nada, nada. Ninguna tormenta puede con la mejor armada del mundo. Que partan ahora, no vayamos a perder el apoyo de Su Santidad.

Rey de Europa, suspiró, frente a un enorme espejo.

* * * * *

En la soledad de su celda, más vacía de lo normal, si cabe, el padre Maraña bebía despacio una copa de Rioja. Se rió de los devotos de los vinos franceses. Malditos ignorantes. Después recogió su rosario de encima de la mesa y entregó dos cartas a un lacayo. La primera, dirigida a Su Santidad, en la que le anunciaba que debía regresar a España por motivos personales; la segunda, a Marfisa, en la que le informaba de que su misión había sido completada y el lugar al que podían enviarle el oro acordado en pago por sus servicios.

Roma estaba preciosa al amanecer. En el fondo, supo que la echaría de menos.