RELATOS DE INVIERNO: LA COMETA

Posted on January 29, 2013

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Ervigio Maraña contempla el distrito financiero desde la altura de su despacho en la planta treinta y seis. Piensa en el largo recorrido desde la casita desvencijada que lo vio nacer en Pandero de la Frontera. Tantos sacrificios. Tanto esfuerzo. Y tanta recompensa, murmura con una sonrisa de satisfacción.

Un movimiento extraño al otro lado del vidrio lo arranca de golpe de su ensimismamiento. Algo se ha pegado al cristal con un flap. Ervigio se separa y lo contempla, incrédulo. Una cometa? Cómo ha llegado una cometa hasta aquí? Golpea la ventana con el puño, pero está enganchada. Levanta el teléfono. Marta, puedes decir a los de mantenimiento que vengan a quitar una cosa que se ha quedado pegada a la ventana? Ahora mismo aviso.

A los quince minutos, más o menos, recibe una llamada de la recepción del edificio. Descuelga con fastidio, no sé por qué me llaman directamente, no entienden el concepto de secretaria o qué? Diga. Señor Maraña, perdone que le moleste. No se preocupe, miente. Hay un niño aquí que dice que su cometa se ha quedado en la ventana de su despacho. Ya le hemos dicho que no podemos hacer nada, pero no deja de insistir. Lo que me faltaba, piensa. Dígale que hemos avisado a mantenimiento para que la retiren. Que si viene mañana, se la daremos. Muchas gracias, señor Maraña y disculpe otra vez. El aludido frunce el ceño.

Se olvida del asunto hasta la hora de marcharse a casa. En el momento de mirar el despacho para comprobar si olvida algo, vuelve a ver la sombra en la ventana. Agarra un papel y deja una nota sobre la mesa de su asistente. Marta, los de mantenimiento han pasado de nosotros. Que me guarden la cometa si la cogen. Mientras la coloca en el teclado del ordenador, se dice a sí mismo que él también ha sido niño y sabe lo duro que puede resultar perder una cometa o cualquier juguete.

* * * * *

Al levantarse a la mañana siguiente, se sorprendió a sí mismo pensando en la maldita cometa. Seguramente, el viento se la habría llevado por la noche o los cretinos de mantenimiento la habrían tirado a la basura.

Pero no, claro. Allí seguía. Y, en el fondo, sabía que iba a estar. Salió del despacho sin soltar la cartera. Marta, los de mantenimiento están de huelga o qué? Ahora vuelvo a llamar.

La observó un rato. De cuando en vez, una racha de viento amenazaba con llevársela. Pero, de alguna manera, ahí continuaba, como agarrada, como si no deseara marcharse de allí. El teléfono lo devolvió a la realidad con una bofetada vibratoria.

A media tarde, la misma hora del día anterior, recibió otra llamada de la recepción del edificio. Miró instintivamente al chat. El último mensaje de Marta hizo brotar un juramento: me voy al médico; los de mantenimiento me han dicho que andan liados con una avería importante en el aire acondicionado, vendrán en cuanto lo solucionen.

Dígame. Perdone que le moleste, señor Maraña. Está aquí otra vez el niño de ayer. Lleva media hora pidiéndonos subir a coger la cometa él mismo. Ya no sabemos qué decirle. Cualquiera que conociese a Ervigio Maraña, al ver su reacción hubiera pensado que se había vuelto loco. Dígale que espere un momento, que ahora bajo. En el ascensor, también él se preguntó qué le había pasado. Maldito niño, maldita cometa…

No levantaba un metro del suelo. A su entender de absoluto lego en aspectos infantiles, podía tener entre tres y seis años. Unos metros más allá, la que sin duda era su madre, miraba con el gesto de quien conoce bien el carácter de su hijo. El recepcionista hizo una seña, por otro lado innecesaria, toda vez que era el único niño en todo el edificio. Se acercó a él con su media sonrisa de vendedor, su arma letal a la que nadie podía resistirse. Hola, soy Ervigio. Cómo te llamas? Me llamo Teo, Teovigildo. Vaya, parece que nuestros padres tienen los mismos gustos, no? El chaval se rió. El tuyo también es godo? Asintió. Luego, el crío le clavó los ojos como ningún directivo de multinacional lo había hecho en su vida. Me gustaría recuperar mi cometa, por favor. La verdad es que a mí también me gustaría que la recuperaras. Pero las ventanas de este edificio sólo pueden abrirse con una llave especial. Las personas que la tienen están ocupadas con una avería importante. Te prometo que en cuanto la puedan abrir, cogeré tu cometa y te la enviaré por mensajero a tu casa, de acuerdo? Los ojos volvieron a perforar sus pupilas. Podría subir a verla, por favor? La madre dio un paso, pero Ervigio la frenó con un gesto. Por supuesto. Dile a tu madre que nos acompañe. No hace falta, verdad mamá? Ella se encogió de hombros. Lo que tú digas, Teo. Vamos, ordenó con una firmeza absolutamente inadecuada para su edad, a juicio de Maraña.

Cuando entraron en el despacho, en lugar de abalanzarse contra la ventana, como Ervigio esperaba, el chico se acercó despacio y la miró con detenimiento. No parece que se le haya roto nada. No, yo la veo entera. Para qué tienes una ventana, si no puedes abrirla? Para que entre luz. El niño miró hacia el techo, en el que brillaban los fluorescentes. Maraña hubiera preferido que le hubiese dicho algo, en lugar de meterle ese chute de superioridad silenciosa. Lo vio mirar a su alrededor. Buscas algo? Tu abrigo. Dónde lo guardas? No llevo abrigo. Pues hace frío. Ya, pero salgo del garaje de casa y aparco aquí. No piso la calle. Esta vez sí dijo algo. Qué raro…

Sintió que se empezaba a poner nervioso. Bueno, ya la has visto. En cuanto me la den, te la mando. No pareció hacer caso. Todo el mundo tiene despachos tan grandes aquí? No, este es un poco grande. Por qué? Digamos que si eres más jefe, tienes un despacho más grande. Eres muy jefe? Maraña asintió. Yo en mi habitación puedo abrir la ventana cuando quiero.

Este niño me está empezando a caer gordo, se dijo. Tú tienes una cometa? No, ya no. A tu edad, mi padre me regaló una. Me encantaba. Esta vez, la sonrisa de ganador dejó paso a la de verdad. Y, si te gustaba tanto, por qué dejase de jugar con ella? Esa es una buena pregunta, la verdad. Cuando nos hacemos mayores, dejamos de hacer cosas, sin darnos cuenta. Quieres la mía? Cómo? Si echas de menos tu cometa, te regalo la mía. Ven conmigo, ordenó ahora él.

En qué planta es la avería?, preguntó por teléfono mientras caminaba a toda velocidad, seguido a duras penas por Teo. Casi arrastró al chico al ascensor. Los operarios de mantenimiento parecían trabajar duro. Quién es el capataz aquí? Yo, afirmó uno de ellos. Deme la llave de la ventana de mi despacho, por favor. Lo siento, no puedo dársela, está prohibido. No se la estoy pidiendo, le estoy ordenando que me la entregue. Es mi despacho y quiero poder abrir la ventana cuando me dé la gana. El otro comenzó a mascullar una excusa, pero Maraña lo miró a los ojos y extendió la mano. A regañadientes, el hombre alargó una llave.

La madre sonrió tanto como ellos dos. Ervigio los despidió en la puerta, con la cometa entre las manos. Cuando se marcharon, se la entregó al recepcionista. Guárdeme esto, por favor. Después salió a buscar una cometa nueva para Teo.