RELATOS DE INVIERNO: BANZAI

Posted on February 1, 2013

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PD: hay una canción de Quique González (gracias a ti por descubrírmelo) titulada kamikazes enamorados. No tiene nada que ver con esta historia, pero fue la inspiración.

A Saturo Takayashi le sobraron dos segundos. O tal vez le faltaron, quién sabe. Sentado, de cara a una pared de color musgo, con olor a musgo, que le provocaba las mismas náuseas que el musgo, meditaba. Como cada día durante los últimos catorce meses. Su debate interior no se centraba en la bondad o maldad de su decisión (eso no admitía discusión), sino en ese aspecto, tal vez irrelevante para otro, pero crucial para él. Dos segundos para cambiarte la vida.

Hace mucho que dejó de sentir el frío o el calor. Cada día, haga sol o nieve, llegue el termómetro a cuarenta grados o se desplome bajo cero, sale a la puerta del barracón antes que el sol, se sienta frente al perenne musgo y medita sobre dos segundos. Cuando la noche cubre el campo y suena la sirena, vuelve dentro, rumia un cuenco de arroz y continúa con su juicio interno.

También ha pasado más de un año desde la última vez que alguien trató de trabar una conversación con él. Hay quien lo considera un enajenado, una víctima más de los horrores de la guerra. Pero, en general, nadie se preocupa lo más mínimo. Por lo menos, la marea de la indiferencia se ha llevado consigo las miradas de desprecio de sus compatriotas, que vieron a su llegada la cazadora de piloto y el senninbari con el sol naciente, rápidamente sustituidos por el uniforme de todos los prisioneros.

Quien lo hubiera visto catorce meses antes y lo observase ahora, notaría el profundo cambio experimentado por su físico. Se diría que había echado una carrera al tiempo y había sido mucho más rápido. Su rostro estaba lleno de arrugas, sus mejillas se hundían como el valle de su Tahara natal, la Ciudad del Viento. Quien fuera pura sangre, todo fibra y músculo, en el campo del dojo, había devenido rocín flaco y galgo, pero no corredor, sino enfermizo y sedentario. Dos segundos de más o de menos, habían destruido a un hombre y creado a otro.

Capitán Takayashi, escuchó en un japonés con niebla anglicista. No se movió una sola hebra de su ralo cabello, tan lechoso y amorfo como el acento de su interlocutor. Señor, le informo de que dispone de cinco minutos para recoger sus cosas. Y, tras una pausa, regresa usted a Japón.

Esta vez sí le temblaron las manos una micra; algo imperceptible para cualquiera, pero no para sí mismo. Regresar a Japón? Esa posibilidad había sido descartada de su mente nada más ser capturado. No le había dedicado un solo segundo desde su llegada al campo. Volver a Japón, a la Ciudad del Viento.

Esos últimos cinco minutos en el lugar que había sido lo más parecido a un hogar desde que aquellos dos segundos se agotasen o no llegaran a transcurrir, los pasó exactamente igual que siempre. Las piernas dobladas, las rodillas clavadas en la tierra, la espalda recta, la mirada al frente. Hay costumbres que un militar (y más aún uno nipón) conserva siempre.

Señor, es la hora. Saturo (Sato, como le llamaba su madre cuando su padre no estaba presente) se pone en pie y camina detrás de una espalda que le recuerda al mismo musgo, pero tal vez quemado por el sol de agosto.

No hace caso de los comentarios de sus captores. De las felicitaciones de unos o los insultos de otros. Se limita a recoger el uniforme que le tienden. Su cazadora de piloto. Su senninbari. Se vuelve a vestir y, con ese gesto, regresa también ese que fue. Reconoce el tacto de la tela, el olor del aceite del motor adherido a las solapas. Y retornan también esos dos segundos.

* * * * *

Toda una vida entrenado para ese momento. La disciplina heredada de su padre, transmitida a sus venas directamente desde la casta de los Sengoku. Cultivada con precisión en el dojo. Repujada en acero en la academia militar.

Frente a su rostro flotó por un instante el del general Takayashi, impasible ante la imagen de su propio hijo con su uniforme de gala, aunque ambos sabían que el orgullo iba por dentro a pesar de no manifestarse.

Había sentido el impacto de la artillería antiaérea unos segundos antes. Sólo le quedaba repetir el grito de banzai, que tanto había escuchado desde el comienzo del ataque. No se había planteado otra opción. Pero, en ese preciso instante de cerrar los ojos, se había cruzado en su campo de visión la foto de Umiko. Y había tenido dos segundos para mirarla y pensar. Dos segundos de más para tomar una decisión. Dos segundos de menos para regresar a la cordura.

Lo sacaron del mar, a punto de ahogarse por el peso de su propio paracaídas. Casi dos horas de lucha por mantenerse a flote son muchas, sobre todo si no sabes nadar. Umiko lo hacía como los peces rojos y amarillos del estanque de la casa de los Takayashi. Lógicamente, él nunca lo había visto, pero ella se lo había contado el día después de ser presentados y anunciado su inminente matrimonio.

Temía que no me gustases, afirmó ella con el desparpajo de la juventud. Pero a Saturo no le pareció mal el comentario. Él jamás se hubiese planteado semejante pensamiento, por descontado. Si era la voluntad de sus padres que tomase a una mujer por esposa, él no era nadie para cuestionarlo. No obstante, también se alegró al descubrir la dulce belleza de Umiko. Su piel era más blanca que la porcelana que su madre ordenaba disponer en las ocasiones más solemnes. Su cuerpo era pequeño, casi como el de una niña. Si bien era cierto que, a sus catorce años, prácticamente lo era. Cuántos tienes tú?, había preguntado ella con una soltura rallana ya en la insolencia a juicio de su futuro marido, quien -por otra parte- no pudo reprimir una sonrisa, si bien breve. Veinte. Por qué has tardado tanto en elegir una esposa? He estado en la academia militar hasta el mes pasado. Ella asintió y bajó el rostro en un gesto que terminó por desatar una extraña tormenta en el estómago del capitán Takayashi.

* * * * *

Ahora, su querida Tahara, la Ciudad del Viento, su amada Umiko y toda aquella escena se le antojaban recuerdos de otra persona, como si se tratase de relatos que alguien le hubiese contado.

Y, sin embargo, ahí estaba. El taxi lo dejó a las puertas de la casa que lo viera nacer y crecer como un Takayashi. Algo que ya no era. O, cuando menos, no podía considerarse él mismo.

Respiró profundamente antes de entrar al jardín. Su madre estaba arrodillada ante un rosal. Parecía más frágil que los delicados tallos, que los pétalos apenas hilvanados deprisa y corriendo. No pareció reconocerlo en un primer vistazo. No llevaba puesto su uniforme. De momento, le estaba vetado su uso. Ya no se le consideraba un oficial del ejército. En tres días se celebraría el consejo de guerra que decidiría en qué hombre debería convertirse a partir de ese momento.

Saturo volvió a mirarla y se dobló por la cintura. Ese gesto fue el que devolvió la imagen de su hijo, el que expulsó al extraño de su casa y lo transfiguró en aquel niño al que había alumbrado, hacía ya dos vidas. No dijo nada. Sólo respondió a su saludo y le hizo un gesto vago para que la siguiera al interior de la vivienda.

Una vez dentro, la conversación giró en espiral hasta acercarse al tema que ambos habían estado eludiendo, a sabiendas de que tarde o temprano habrían de llegar a él. A Saturo, que ya nunca más sería Sato, le tocó aguantar impasible, el rostro arrodillado, el relato de la ignominia soportada por los Takayashi. El general, nada más conocer la noticia de su salto en paracaídas y posterior apresamiento, se había quitado la vida siguiendo el ritual del hara kiri paso por paso. Nadie en el pueblo dirigía la palabra ya a su madre. Y la familia de Umiko había enviado una breve y seca nota en la que anunciaban la cancelación del matrimonio y de cualquier relación con la familia.

Saturo escuchó sin abrir la boca. Después informó lacónicamente de que tenía que regresar para el consejo de guerra. Ni siquiera quiso pasar la noche allí. Para qué?

* * * * *

Umiko servía el té a sus padres y hermanas, bajo el voladizo del tejado. La noche era calurosa y animaba a disfrutar de la brisa que sacudía a bocanadas el kimono de la joven. La Ciudad del Viento. Deseó fundirse con él para acariciarla, para dejarse invadir por su perfume y llevarlo consigo para siempre.

No sabía cómo llamar su atención sin ser visto por el resto de su parentela. Ni siquiera estaba seguro de que ella le permitiese explicarse. Pero estaba decidido a hacerlo.

Ató su senninbari a una rama del almendro aparcado frente a la casa de su amada. Ella había dado la última puntada, la milésima. Lo hubiera reconocido en cualquier lugar. Antes de entregárselo había advertido el peculiar doblez de la esquina inferior derecha, semejante a un pequeño desgarro. Se retiró al interior de la casa y apareció al cabo de un instante junto a él.

Saturo no sabía bien qué hacer. Sólo deseaba contarle a la que había sido su prometida qué motivos tuvo para actuar como lo hizo. Ella se acercó. Seguía tan bella como la recordaba, tal vez más. Ya no parecía una niña. Con la mirada baja, una vez más, inició su discurso. Querida Umiko, siento haberte hecho sufrir esta humillación. Pero la joven lo detuvo al posar un dedo índice sobre sus labios. Después, con suavidad, empujó su barbilla para que la mirara a los ojos. Se fijó en la foto que él llevaba en sus manos. Por último, le dio un rápido beso en la mejilla y le dijo al oído sé por qué lo hiciste; te querré siempre, te esperaré siempre.

Nunca más volvieron a verse. A Saturo lo declararon culpable de alta traición y condenaron a la pena capital. Fue fusilado apenas dos días después del consejo de guerra. Umiko no encontró sentido a continuar viviendo sin él. La enterraron una semana más tarde.

Todavía hoy, en Tahara, en la Ciudad del Viento, hay quien asegura que en las tardes de verano se puede ver un senninbari atado a la rama de un almendro y que la brisa susurra Umiko, Umiko…