TRIBULACIONES MONOPARENTALES: EN SERIO

Posted on February 4, 2013

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Normalmente, estos monoparentalismos son en broma. En raras ocasiones, medio en serio. Pero hoy me pongo serio de verdad. Porque quiero hablar de acoso a los niños y es un tema con el que no se bromea.

Hay quien dice que siempre ha habido abusones en los colegios, que es normal y no pasa nada. Eso lo dirá quien no lo ha sufrido en sus carnes. Yo tampoco, la verdad. Pero lo he visto. He sido testigo de lo que sucede en los patios –como todos- y no he hecho nada por defender al pobre al que le tocaba recibir collejas. He visto sacar a un compañero por la ventana de un cuarto piso, sujeto por los pies. He visto pasillos terribles. Y he visto a chicos de mi clase esconderse en los recreos, no por lo que les pudiera pasar, sino porque no tenían con quién estar y no querían que se notase.

Qué habrá sido de ellos? No lo sé, sinceramente. No creo que se hayan suicidado, ni que hayan matado a nadie, ni que estén recibiendo tratamiento psiquiátrico. O sí.

No creo que ningún niño –ni tampoco ningún adulto, ya de paso- se merezca pasar por el pavor, la vergüenza, el horror de ese maltrato. Es un crimen –lo digo de verdad, no como frase hecha- que un chaval tenga miedo de ir al colegio. Y, aunque haya quien quiera negarlo o prefiera no verlo, los hay que se suicidan. Y nadie hace nada.

Hoy he visto, por casualidad, el trailer de esta película, que no creo que llegue a España. Pero, si lo hace, diremos que esas cosas sólo suceden en Estados Unidos, aquí no.  Y suceden.

Y ahora viene lo peor. Qué ocurre cuando el maltrato procede, no de los compañeros, sino de los adultos? No, no es lo que estás pensando. No es un profesor arreándole un bofetón a un niño –que ya de por sí es inaceptable y esa persona no debería volver a enseñar en su puñetera vida-. No, el maltrato al que me refiero es mucho peor.

Mira este vídeo.

No sé si tengo que añadir algo más, sinceramente.

Niños que ya desde bien pequeños son condenados al gueto social de ser trastornados, bichos raros, locos, perturbados, deficientes… No sigo, porque me deprimo.

Y pasa. Y no hacemos nada.

Y pagamos a quienes les colocan esa etiqueta y decimos que son muy listos y que saben mucho. Y forramos a los niños a speed –sí, como suena, es el tratamiento que reciben miles y miles de chavales- o los llevamos a terapias absurdas.

Vivimos en una sociedad en la que un chico normal es el que se tira seis horas sentado en un pupitre, sin abrir la boca y sin pensar, sólo repitiendo lo que pone en los libros o dicta el maestro; en la que una niña de cuatro años puede tener demasiada imaginación (sic); en la que un chaval que corre y grita y salta y se ríe y se sale de las líneas al colorear y pinta el sol de rojo y estudia en la Wikipedia y ve documentales y lee y se inventa canciones y suelta carcajadas sin razón y se distrae y se inventa cuentos y dibuja lo que quiere en lugar de lo que le mandan y no entiende los problemas absurdos de matemáticas y se ventila un juego de la play en dos horas y pregunta la razón de las cosas y no entiende por qué los ríos se los explican en un libro en vez de en el campo y… es un chaval con un trastorno. Para mí, el trastorno lo tiene el otro, el que es capaz de no moverse, día tras día. Porque es antinatural, porque no es lo que debe hacer un niño.

Seamos serios. Tenemos un modelo educativo que es U-N-A-P-U-T-A-M-I-E-R-D-A, con todas y cada una de las letras. Y, como el sistema no es capaz de adaptarse a los que no se adaptan a él, los destierra.

Yo no pienso callarme. Tú, haz lo que quieras.

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