RELATOS DE INVIERNO: LA BOFETADA

Posted on February 12, 2013

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Cuentan quienes lo presenciaron que el sonido fue similar al de un disparo. Los que han escuchado ese relato y lo transmiten, lo asemejan más a  un petardo tamaño medio de las fiestas del pueblo. Y para el tercer nivel de reciclado, fue una explosión tipo Nagasaki. Porque la gente es muy de cambiar las dimensiones de las cosas y sucesos.

Sea como fuere, sonar, sonó. Eso no parece cuestionable. Y no es menos cierto que, de cuando en vez, vaya usted a saber en virtud de qué extrañas coincidencias acústicas, el choque de un tipo de piel contra otro, produce un sonido excepcional por su volumen, timbre o tono, o todos ellos en formato fuenteovejunero. Situémonos pues en el punto pseudo-periodístico-falsamente-objetivo y califiquémoslo de anómalo en el plano de la resonancia (nunca he entendido la expresión “en el plano de”, pero parece contar con el beneplácito del pueblo, soberano en estos aspectos, si bien no en otros).

En fin, que fue lo que ese mismo pseudo-reportero calificaría de sonora bofetada (aderezado, casi con total seguridad, con el verbo propinar, fácil recurso para escribientes de semejante calaña); otros, de sopapo; y mi propio padre, de soplamocos; también podría ser galleta, leche o, seamos sinceros, lo que todos tenemos en la cabeza: una hostia como un piano de cola o como la copa de un pino o como un pan, lo que usted prefiera.

La galla en cuestión vino provocada, como casi todas las de su corte, por un cúmulo de situaciones, tensiones y esa costumbre tan española de morderse la lengua hasta hacerse sangre; ese ir agregando mala leche o mala hostia (que también sirven ambas acepciones para el estado anímico previo a la ejecución del coup de grace, o como se diga); esa furia contenida que se desborda como la presa de aquella película tan mala, terremoto, que era a los cines de sesión continua lo que la paella al menú de los domingos en los bares de barrio.

Habrá quien diga que es lo normal. Que la histeria (término bastante machista pero de uso común en estos días y, por ende, espero no ofensivo para las féminas) toda la vida se ha curado con un paseo palmar por la mejilla del susodicho (la histeria también la practican los hombres, no lo olvidemos,). O sea, lo que toda la vida ha sido cruzarle la cara a alguien. La teoría, bien demostrada por la práctica secular, es que al colorearle los carrillos, la persona en cuestión deja de pensar en lo que la tenía absorta y vuelve a su ser. Ya lo decía mi abuelo, una buena hostia a tiempo, lo cura todo.

Y hete aquí que Soledad, nuestra protagonista no explicitada hasta el momento, conocía esa terapia y la puso en práctica. Pero, como los grandes genios, la aplicó a su manera, según su buen entender y gobierno.

Está nuestra estrella, con toda la tensión de la operación de su madre (recién llevada al quirófano entre explicaciones e instrucciones incomprensibles de esas que dictan las progenitoras en momentos de crisis, que luego nadie recuerda ni pone en práctica); con la falta de sueño inherente a la situación, por mor de la preocupación en sí, más la segunda unidad a mitad de precio de lo pesadita que se pone la señora con eso de que la van a operar, que tenemos que estar todos pendientes hasta de cuando va a mear…; con los niños, que también parece que lo hacen aposta, justo el día que más tienen que dar el coñazo; y sus hermanos, que son tontos del culo y no saben solucionar nada, que para una cosa que tienen que hacer, al final la termina arreglando una, porque les da miedo preguntar, tan machitos que son otras veces.

El caso es que todo eso que lleva dentro, en un momento dado tiene que reventar por algún sitio. Y, como los pantalones de oferta, lo hace por el peor sitio. Y en ese momento en que empiezas a soltar todo tipo de improperios y juramentos hebreos, en que la ira te nubla la vista, en que la sangre no te riega bien el cerebro, en que pierdes por completo el control… lo único que te queda es una bofetada. Y va Soledad y se la atiza al primero que se cruza por delante, que es un pobre celador que pasaba por allí y se limitaba a tratar de lidiar con las órdenes encontradas y contradictorias de madre e hija.

Es como en cámara lenta. O sea, imagina. La mano va hacia atrás y luego bascula hacia delante. Una derecha (drive decíamos cuando éramos pequeños, otra cosa que ha cambiado) en toda regla, firmada por el mismísimo Roger Federer o, mejor aún, Boom Boom Becker, el primer cañonero de la historia. Una palma y cinco dedos, grandes, porque siempre ha sido del tipo guante de béisbol, impactan a unos doscientos cincuenta kilómetros por hora –por decir algo- en el jeto del sanitario en cuestión. Plas! O, más correctamente, PLAS!!!!

La rehostia, la madre de todas las hostias, una señora hostia.

Casi al instante se arrepiente. Porque los humanos tenemos también esa manía. La de pifiarla aunque te estés dando cuenta sobre la marcha. La definición de nanosegundo es el tiempo transcurrido entre el momento en que te das cuenta de que la vas a cagar y el instante en que consumas el hecho.

Se deshace en disculpas, en intentos por reparar el mal, en supuestas compensaciones. No sirven para nada, claro, porque a ver cómo equilibras la balanza de la ignominia en una situación tal. No hay opción. No hay reparación. No hay tratado de Versalles que valga. Ahí queda eso, para la posteridad. Quién es ese? Al que le dieron la hostia premium, te acuerdas? Ah sí, qué pringao. Eso es un estigma que sangra a veces, como los milagros chungos en semana santa.  La ventaja es que el hombre queda en estado de shock y no es capaz de reaccionar. La desventaja, que mañana será otro día y hay que tenerlos en su sitio para mirarle a la cara, a esa cara que ahora parece la de un alemán en Benidorm en pleno agosto.

Al menos, la sabiduría popular se apunta un nuevo tanto. Es cierto que una buena hostia a tiempo, lo cura todo. Ya lo decía mi abuelo.