PEDRO MECHERO

Posted on February 16, 2013

0


La calle del prado serpentea hacia el hotel palace, un poco como un longboarder perezoso, sin prisa, sin sesear más allá de lo imprescindible, una curva larga y fácil. Trata de esconderse del parlamento, para reafirmar su condición de protestante y rebelde. Sólo al final echa una mirada rápida, de reojo, tal vez para demostrar su superioridad o su desprecio.

A la puerta de la estación trescientos del eterno vía crucis restaurador por el que peregrinan los romeros modernos a millares, los capuchones trocados en gorras antiestéticas; las velas, en teléfonos más listos que ellos mismos; las bibllias, en guías visuales para viajeros de destrucción masiva; se me acerca sin el tumbao  que tienen los guapos al caminar, el hueco de la mano cobija el mechero sustituto de la navaja de antaño. Trae en la cara las rodadas de la droga, de la vida mala, quién sabe si no tanto como la de otros, pero no buena. La voluntad, me dice, veinte o treinta céntimos. Para comer. La voz delata el cansancio y el presupuesto de la respuesta rápida, la mayoría de las veces callada, un simple gesto de la cabeza, porque no se merece más que eso, porque a los invisibles no se les dirige la palabra.

Echo mano al bolsillo y le suelto las monedas que llevo. Tímido, encoge el brazo y pregunta si quiero el mechero. Yo niego, porque no me hace falta y, aunque me la hiciera. Y eso que ese gorro que llevas no me gusta nada. Me mira con cara de sorpresa y un poco de vergüenza. Tenías que llevarlo del atleti. Sonríe y, como ocurre siempre, me cuenta su vida. Porque, en realidad, todos estamos deseando que alguien nos escuche, para contarle nuestra vida. Lo que pasa es que hay quien tiene menos oportunidades de hacerlo.

Me revela su origen pucelano y le pregunto qué hace en Madrid. Buscar trabajo. De qué? De lo que sea, friego platos, barro, lo que sea, pero tengo que comer. Y en Valladolid no está mejor la cosa? Niega a cabezazos y parece encogerse en sí mismo. Allí no puedo, que me conocen y eso. En ese momento comprendo por qué camina encorvado, con los hombros hundidos. Es el peso de su pasado, el que no se podrá quitar nunca o, cuando menos, no hasta dentro de mucho tiempo.

Le deseo suerte, porque para mí no tiene pasado. Para mí es un tipo como yo, que sólo quiere ganarse la vida decentemente, que para eso hay señores gordos y forrados en Centroeuropa que le han dicho que tiene derecho a ello. Lo veo alejarse, con su bolsa de plástico en la mano, su cazadora que le protege del frío lo justo, su gorro vikingo. Y me digo que yo podría ser él. Y él podría ser yo. Que, en un universo paralelo, soy yo quien le vende el mechero.

Entonces, me cago en esta puta vida injusta y vuelvo a mi mundo…

Posted in: INVISIBLES, MADRID