CUENTO DE INVIERNO: LA BRUJULA

Posted on February 18, 2013

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PD: aunque parezca increíble, este cuento nació del concepto “choripán”, que tanto me sigue haciendo reír… Gracias!

Érase una vez un niño que se llamaba Sisebuto, pero en su aldea todos le llamaban Sise. Sise era muy conocido, porque siempre se portaba bien, siempre hacía lo que tenía que hacer. Era un ejemplo para todos, nunca daba problemas.

Sise no era muy alto, en realidad, casi siempre le colgaban las piernas en las sillas, excepto en las de la escuela, claro, porque esas eran más bajas. Tampoco era muy listo, aunque no era el más tonto, eso decía siempre doña Úrsula, su maestra. Definitivamente, no era el más rápido, razón por la que en las carreras por equipos que celebraban en los recreos, casi siempre lo elegían de los últimos, incluso después que varias de las chicas. Sólo era, según decían todos los mayores, el más responsable, honor de dudoso valor entre sus compañeros.

Un día, justo después de cumplir los nueve años, su padre habló con él. Sise, tienes que ayudarme con una cosa. Los dos estaban muy serios y él sabía que lo que iba a escuchar era algo importante. Se sentó aún más recto, levantó la cabeza, dejó de balancear los pies en la silla y lo miró fijamente a los ojos.

Verás, ya sabes que tu madre se encuentra un poco regular últimamente. Sise asintió. Ella nunca había estado bien del todo, pero en el último mes, había pasado más tiempo en cama que levantada. Tengo que llevar unos libros a un cliente. Pensaba ir y que te quedaras con ella, pero creo que ya eres mayor y que puedes hacer tú la entrega mientras yo la cuido. Qué te parece?, podrás hacerme ese favor?

Sise se puso muy contento. En primer lugar, porque nada le gustaba más que ver que sus padres apreciaran su responsabilidad. Y, segundo, porque su padre le iba a confiar unos libros! Sabía bien lo importante que era eso, le había oído decir miles de veces -mientras sujetaba uno de aquellos enormes volúmenes en alto- aquí se guardan las cuentas, miles de familias dependen de que los números estén bien para sobrevivir. Su padre era contable, pero no un contable cualquiera, no: era el mejor contable del mundo. De hecho, hasta llevaba las cuentas del Rey Sabio. Pero esos libros no había que llevarlos, venía siempre un correo real, con mucha pompa, y se los llevaba. Por eso, su padre era muy conocido en el Reino del Rey Sabio.

Al día siguiente, partió entre miles de consejos, besos de último minuto, abrazos y ese recuerda Sise, es muy importante que entregues los libros, no te distraigas por el camino de su padre, desde la puerta de la casa. Se volvió en el momento de girar la curva a la salida de la aldea con un aleteo de mano. Después, miró al frente y se puso más serio que nunca. Vamos, Patachula, susurró a su borrico.

El plan era de lo más sencillo. Un día de camino hasta llegar al domicilio del cliente. Dormir en una posada en la que conocían bien a su padre y para cuyos dueños llevaba una carta. Al día siguiente, regresar a casa. Era fácil para cualquiera. Más todavía para alguien tan responsable como él.

Los pasos de Patachula rolaron de ligeramente emocionados al comienzo de la jornada, a francamente indolentes a la hora de comer. En un recodo del camino, justo donde más se acercaba al río, a la sombra de unos albaricoques, decidió que era un buen momento para detenerse a ramonear unas hojas. Sise descabalgó y se sentó a almorzar. Sacó el choripán que le había preparado su padre y que era su comida favorita, y lo devoró. Estaba hambriento tras tantas horas de camino. Como iba bien de tiempo, se echó una siesta breve, para evitar la hora de más calor.

Se despertó casi en seguida. No quería llegar tarde. Se preparó para reemprender el viaje. Estaba recogiendo su bolsa para colgársela del hombro, cuando escuchó unos ruidos en el agua. Venían de unos metros más arriba. Le picó la curiosidad, pero se dijo que tenía que centrarse en su obligación y no despistarse.

Sin embargo, ya hemos señalado que la vereda y el río, justo en esa zona, corrían prácticamente pegados. Vio salpicaduras y chapoteos y escuchó risas y juegos. No pudo evitar que su vista se dirigiese hacia ellos. Una niña, de su edad más o menos, se bañaba entre reflejos de sol, libélulas difuminadas y saltamontes que parecían observar, curiosos, inconscientes del peligro que suponía, habida cuenta la cercanía de algún sapo sonriente. Decidió no hacer caso y mirar hacia delante.

Hola! Se giró hacia el lugar del que procedía la voz, cómo no, el mismo que el origen de los chapoteos y las risas. Hola, repitió sin detenerse. Dónde vas con tanta prisa? No te das un baño? Lo siento, no tengo tiempo. No tienes tiempo? Qué puede ser más importante que bañarte en el río con el calor que hace? Sise hubo de reconocerse a sí mismo que tenía razón. Era pleno julio y sentía correr los chorretones de sudor por el cuello y la espalda. Le hubiera encantado meterse en el agua, pero sabía que tenía que hacer lo que su padre le había pedido. Hay mucha gente que confía en ti, le había dicho, estoy seguro de que no nos defraudarás. Adiós, disfruta de tu baño. Adiós, disfruta de tu prisa. Luego, otro chapoteo. Sise se moría por darse un chapuzón. Uno rápido, tal vez. Cinco minutos. Sacudió la cabeza, de eso nada. Y se alejó sin mirar atrás.

Siguió su camino. Se detenía de cuando en vez, a descansar y a dar un trago a la cantimplora. En un par de ocasiones recordó a la niña. Se dijo que había hecho bien en no entretenerse, porque la distancia era mayor de lo que pensaba y Patachula nunca aceleraba.

Por fin, cuando el sol no era más que una monda de calabaza olvidada sobre las montañas, llegó a su destino. Buscó lo primero la dirección en la que tenía que entregar el libro. El hombre quedó muy sorprendido de que un niño tan pequeño hubiese hecho un camino así de forma tan responsable. Estoy seguro de que tus padres están muy orgullosos de ti, afirmó. Y Sise sonrió, encantado con la idea de que ese señor, que no lo conocía de nada, le dijese algo tan bonito.

Después, se fue a cenar a la posada. También los dueños lo felicitaron. Eres un niño muy responsable. Ya me gustaría a mí que los nuestros fuesen iguales. Los mencionados miraron con cara de pocos amigos al forastero. Sise aprovechó para irse a la cama. Estoy cansado y mañana me queda todavía el viaje de vuelta. En realidad, se hubiese quedado un rato más, pero no le gustaba cómo le miraban los hijos de los propietarios.

Se levantó entre bostezos y estiramientos. Había dormido como un tronco y, al haberse acostado tan temprano, estaba más descansado que nunca. Sólo sentía agujetas en el trasero; Patachula no era el asiento más cómodo del mundo, precisamente.

Desayunó con ganas y relajado, porque no había rastro de la amenaza de la noche anterior. Y, casi en seguida, fue a buscar a su pollino y emprendió el regreso.

Volvió a sentir hambre a poca distancia del lugar en el que había almorzado la jornada anterior. Se preguntó si estaría la niña. Se dijo que probablemente no. Pero, en el fondo, a pesar de negárselo a sí mismo, deseaba encontrarla. Y allí estaba, por supuesto. Metida en el agua, chapoteando y riendo sola. El sol se reflejaba en su pelo, rizado casi en el instante en que dejaba de estar sumergido. Ella saludó con la mano. Hola, chico con prisa! Él imitó el gesto. Pensó que, ya que tenía que comer de todas formas, podría hacerlo allí mismo. Hizo parar a Patachula, que se puso a mordisquear la hierba casi al instante, y sacó su choripán.

No te bañas? Hizo un gesto vago, sin especificar por qué no se metía en el agua. En realidad, lo estaba deseando, porque la canícula era casi mayor que la del día anterior. Pero no quería reconocer que le daba vergüenza quitarse la ropa delante de ella. No tardó mucho en acodarse sobre una roca, junto a la orilla. Sise sintió envidia. Aunque la desconocida sólo llevaba puesta la ropa interior, no se decidía a seguirla. Se quedó sentado en su sombra, masticando el choripán.

Está rico? Asintió. No hablas mucho, no? Se puso colorado de los pies a la cabeza. Me llamo Suintila, y tú? Sisebuto. Tienes un nombre muy bonito. Gracias. Quieres un poco de choripán? Ella negó con la cabeza. Deja de comer y ven al agua, te vas a morir de calor. No exageraba mucho: podía sentir los chorros de sudor desde el pelo hasta el cuello, por la espalda, el pecho… En fin, en palabras de su madre, estaba sudando como un pollo.

Se rindió ante la evidencia y, tímido, se quitó la ropa detrás de un matorral y se metió corriendo en el agua, para no darle tiempo a verlo en calzoncillos. La sensación era tan agradable, que daban ganas de cerrar los ojos y no pensar en nada más. El golpe de frío inicial, que casi invitaba a salir, dejó paso en seguida a un frescor que era un regalo a aquellas alturas del año.

Ella llegó a su lado casi al instante. Y le salpicó la cara con el agua. Estuvieron jugando hasta que se les pusieron los labios morados y el sol alargó la sombra de Patachula y de los albaricoques. Entonces, Sise se asustó. No me va a dar tiempo a llegar a casa! Mis padres se preocuparán. Suintila lo miró. No pasa nada, quédate en mi casa y sal mañana. No puedo hacer eso, tengo que regresar hoy mismo, no quiero que se asusten. No pasará nada, ya verás. Pero él insistió. Te perderás. Por la noche no conocerás el camino. No importa, sólo tengo que ir hacia el sur. Cómo sabrás hacia dónde es? Sise se quedó pensativo. Espera un minuto. Salió del agua, chorreando diamantes que brillaban en el atardecer, sus rizos más locos que nunca. Sise la siguió, despacio, y se sentó en la roca sobre la que había abandonado el choripán a medio comer.

Suintila regresó al trote. Sise se fijó en lo azules que eran sus ojos, lo blanca que era su piel. Era de largo la niña más guapa que había visto en su vida. Ella extendió una de esas manos suyas, tan grandes que parecía que creciesen por su cuenta, al margen del resto del cuerpo. Sobre ella había un extraño objeto. Qué es esto? Es una brújula. Siempre señala al norte, así sabrás en todo momento dónde está el sur. Él le dio las gracias, con una sonrisa que no se borraría de su rostro en mucho tiempo.

Se despidieron. Sise quería decirle ojalá pueda volver a bañarme contigo, pero no se atrevió. Se montó en Patachula y partió.

No se perdió en ni ningún momento. Tampoco dejó de mirar la brújula cada pocos segundos, no por encontrar el camino, sino por recordar aquellos ojos, aquella piel, aquellos rizos locos.

Al llegar a su casa, le felicitaron por haberlo hecho tan bien, a pesar del retraso, que camufló con alguna excusa. Después, escondió la brújula debajo de la almohada, porque es ahí donde se esconden los tesoros de verdad.

Nunca más volvió a ver a Suintila, porque pasó mucho tiempo hasta que tuvo que hacer más entregas. Pero, incluso cuando ya era un anciano de pelo blanco, en ocasiones sujetaba aquella brújula con manos temblorosas y pensaba en la niña de ojos azules que le hizo sonreír y no perder el rumbo.