TRIBULACIONES MONOPARENTALES: ÑAPAS

Posted on February 24, 2013

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PD: lo que se hace largo, hay que contarlo largo.

Hace unos años, una compañera de trabajo me dijo: “cuando vives en pareja y hay que cambiar una bombilla, tienes un cincuenta por ciento de probabilidades de que te toque hacerlo. Cuando vives solo, el cien por ciento”. So fuckin’ true (en inglés es más cool y menos malhablado).

Total, que se rompe la cisterna del inodoro (del váter o cagadero, lo que prefieras). Y miras a tu alrededor. Y, francamente, ahí estás más solo tú que curro romero frente a un vitorino o lo que sea (absténgase de hacer chistes de cuernos, por favor, no están bien vistos entre los monoparentales). Y el bicho te mira. Es blanco (a los del atleti siempre nos motiva más defecar sobre ese color que todos los yogures que nos quiera vender esa señora que hacía de aida en la tele), pero mira igual que los pablorromeros (que para mí tienen mejor nombre que los otros, que me suenan como a nuevo rico, pero que los toreara curro sería un poco como caníbal o así).

Y tú no te arredras (este verbo es para hacerme el leído). Y le echas un par. Así que, después de recoger al niño, te vas a leroy merlín, que es un sitio asqueroso que descubrimos por culpa de un vasco con pinta (y apellido) de turista borrachuzo en mallorca, ese que era capaz de construir la sagrada familia con unos tableros de okume (qué cohone es eso???) y unos tirafondos de cabeza perdida (que son la versión femenina de un clavo). Después de aquellos putos briconsejos, te crees capaz de arreglar lo que sea. Y el dependiente, que no es que sea mala persona, es que hace su curro, te dice que eso está chupao, que sólo es quitar una tuerca que lleva debajo el que está roto para quitarlo y pones el nuevo. Y tú, que siempre has dicho que aquello de que el hombre es un lobo para el hombre es un infundio, vas y te lo crees. Alea jacta est.

Pasas un minuto por la sección de herramientas, que manda huevos que la haya en un sitio en el que todo son herramientas, y compras una llave inglesa. Porque, seamos serios, un tío siempre encuentra una excusa para comprarse un trasto (nombre científico para este tipo de aperos entre el género femenino). En realidad, no es una llave inglesa (de eso tienes), sino otra, pero no sé cómo se llama.

Te enfrentas a la alimaña con todo. Que te dices a ti mismo, esto me lo ventilo yo en un ratino. Sí, claro, espera.

Los elementos están en tu contra. Para empezar, la tuerca en cuestión está en sentido inverso desde el plano gravitatorio. O sea, que está boca abajo. Pero bueno, que es un poco incómodo, pero va a ser un minuto, no es problema. También está metida en un rincón, lo que limita el giro de la llave en cuestión a un máximo de un cuarto de vuelta. Y, para bordarlo, sólo se puede usar la mano izquierda. Pero tú, sin miedo. Cosas más difíciles has visto o ya no te acuerdas de la semifinal en liverpool?

Te pones al lío. El niño pregunta cuánto vas a tardar. Y tú, confiado, esto es un momento, ya verás, en seguida me pongo a jugar contigo. Te larga que por qué no llamas a alguien para que lo haga. Te muerdes la lengua. Los monoparentales tenemos ese rollo mental de la autosuficiencia que es complicado de explicar. Son las 18.00 horas…

A las 21.00 paras. No porque hayas terminado, sino porque hay que preparar la cena. El niño te ha preguntado un millón doscientas cincuenta y siete mil cuatrocientas dieciocho veces cuánto te queda. Y va y te suelta, déjalo para mañana. Y tú, rollo padre super serio, super responsable, le sueltas lo de no dejes para mañana lo que puedas hacer hoy. Y va y te contesta, con esa lógica aplastante que confiere la infancia, pues eso, déjalo, porque no puedes… (sic).

Te cagas en su padre, porque además de momento, en otro sitio no puedes hacerlo, y vas a la cocina refunfuñando. Por el camino, le aseguras que no te vas a dormir hasta que lo arregles, porque sientes que le tienes que dar esa lección vital, que él con toda probabilidad interpretará como mi padre es gilipollas. Está bien que te conozca como en realidad eres. Ese tiempo cena y pre-cama es sagrado, así que, hasta que no se acuesta, no haces nada, tienes ese momento father-son-quality-time que es como de libro.

Una vez roncando la criatura, vuelves a la carga. Hasta el momento, la situación es la siguiente: lo único que has conseguido es cortar la rosca para que sea más corta (menos mal que los chinos hacen estas cosas de plástico), con un trozo de sierra que tienes por ahí y que es una carga letal de tétanos; haber dado varios millones de vueltas a la pieza de marras; un cardenal en la mano; y un peligroso golpe en las gafas con una llave de cromo-vanadio del veinte.

Por fin, decides que si has sido capaz de cortar la rosca, eres capaz de cortar también la tuerca. Comienzas con cuidado para no despertar al niño. Poco a poco, te la va sudando todo y haces suficiente ruido como para que se despierte todo el vecindario.

No sabes bien cómo, consigues desenroscar la puta tuerca. Te pones a bailar, porque es lo que te queda. Efectivamente, colocar el nuevo es una pavada de diez minutos. Es la una y media de la madrugada…

Te vas a la cama todo satisfecho, que te dan ganas de tomarte un nescafé y todo. Y, ya en el lecho, te empiezan a asaltar preguntas…

Joder, esto no lo cubriría el seguro, no? (Ya te estás viendo el típico comentario del amigo listillo).

Por qué me duele tanto esta costilla? (porque llevas cinco horas apoyado en ella, cipoto!).

Y este dolor de abductores? (el mismo tiempo en cuclillas, qué coño esperas?).

No habré estado girando la rosca en sentido contrario y por eso no salía? (sí, en efecto, así ha sido, gilipollaaaaaas!).

Esto mejor no contarlo, no? (mejor, porque se va a dar cuenta todo el mundo de que eres mongolo).

Eso sí, cada vez que pasas por delante del baño, entras a vaciar la cisterna, sólo por regodearte en lo grande que eres…