RELATOS DE INVIERNO: EL HURACÂN DE LA FRONTERA

Posted on February 26, 2013

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Chindasvinto Maraña, alias El Chino o, mejor aún, el Huracán de La Frontera, desenrolla despacio las vendas de las manos, con la cadencia que dan los años y la certeza de que más rápido casi nunca es mejor. Se seca con ellas el sudor de las cejas, sin sentir el dolor. Se han partido tantas veces, que ya nada parece causar ni siquiera una leve molestia.

Con la mirada perdida, se lleva el dedo índice a la nariz rizada, en ese gesto inconsciente de subirse sus gafas de cegato y se ríe al darse cuenta de que no están ahí. Es un gesto automatizado, como tantos otros.

Se quita la bata y se mira al espejo. Ya no estoy para esto, musita. Estoy mayor. Sus veintiséis años pesan como si fuesen cuarenta y cinco. Los jóvenes son más rápidos que él, más fuertes, más técnicos. La pericia que concede la experiencia hace tiempo que pierde a los puntos.

Acaricia los guantes. Son los de entrenar, pero les tiene el mismo cariño que a los otros, a los de los campeonatos. Al fin y al cabo, con estos no ha perdido nunca. Y sonríe, otra vez. Dos combates por el título mundial de los pesos superpluma (siempre fue del tipo escuchimizado hasta que una psicóloga le calzó sus primeros guantes, lo puso delante de un saco y, sin saberlo, probablemente le salvó la vida) y dos derrotas. A los puntos, eso sí. Ni un solo ko empaña su historial. Doscientas catorce victorias, seis derrotas, doce empates. Pocos pueden presumir de algo así.

No puede dejar de pensar en la oferta. Un tercer combate por el título. Le da vueltas. No lo hablará ni pedirá opinión a amigos o expertos. Hace tiempo que es su propio entrenador y manager. Nadie mejor que él mismo para saber lo que le conviene. O, si lo ignora, por lo menos es su propia decisión.

La eterna discusión. Es mejor arrepentirse de hacerlo o de no hacerlo? Está cansado de recibir golpes. Y, por qué negarlo, también de propinarlos. Después de tanto tiempo sin pelear, ahora el retorno le parece más duro que nunca. Ya se había hecho a la idea de olvidar todo aquello. Los focos; la gente; la prensa; el olor de la lona y de los ungüentos, los propios y los del contrincante; el sonido de la voz del speaker por los altavoces; los vítores; las palmadas en la espalda; el vuelo de la toalla; el tacto de la mano del árbitro al levantarle el brazo; la seda de la bata; ese instante de silencio absoluto en el vestuario, de encontrarse consigo mismo; el deslizar del suelo, siempre la mirada abajo, para no ver nada ni a nadie que pueda ser una distracción, ciego voluntario. Y, por supuesto, el dolor de cada golpe; el flash blanco que cubre todo al recibirlos, ciego involuntario; el sabor de la sangre; el tirón del hilo; el calor de la vaselina; el agua fría cayendo sobre el bajo vientre; el dolor de los brazos al día siguiente.

Siente miedo. Tal vez por primera vez en su vida. Miedo de verdad. No los nervios clásicos de antes de la lucha. Miedo, pánico, deseo de salir corriendo y no parar hasta su Estrecho natal y tumbarse en la playa, entre cometas, y esconderse de un futuro incierto. A ratos, le aterroriza perder otra vez. Un minuto después, es ganar lo que le eriza el vello de la nuca. La imagen de ser campeón, de lograr su sueño es más terrorífica que la ya conocida del fracaso.

Coloca con cuidado los guantes en la bolsa y mira hacia la pared, a esa percha solitaria de la que podrían colgar en ese mismo instante. Arrepentirse de hacer o de no haber hecho. Se echa el macuto a los hombros, esos de los que alguien en una ocasión afirmó que eran tan sensuales que hacían que a veces se dejase de escuchar a su propietario, y salió a la calle.

El golpe de viento helado es una caricia perfumada en su rostro, una sensación que le llena la boca de sabor a arena, a nivea y a sal. Y, en ese preciso momento, sabe que no se arrepentirá de nada, que lo intentará, porque no hacerlo es un sinsentido. Los viandantes comentan no es ese el Huracán de La Frontera?, está sonao, se va riendo solo…