RELATOS DE INVIERNO: EL CAZADOR

Posted on February 27, 2013

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Lleva el sol en el pecho, desnudo y al viento, como el resto de su cuerpo, a excepción de lo que queda cubierto por los pantalones, enamorados de sus muslos y divorciados de pantorrillas y tobillos, que cabecean y bambolean al ritmo de las patadas a un balón sólo existente en su campo de visión.

La luna la lleva en los rizos rubios, eternos y revolucionarios, incapaces de alinearse correctamente, en primer lugar, porque no es posible y, en segundo, porque no le da la real gana. A ratos, inconsciente, se peina las cejas con el índice, maniobra convertida en tic a base de repetición materna constante. Niño, péinate las cejas, le parece oír.

Se pasea entre los turistas con los pies mugrientos y descalzos, porque sus chanclas roñosas hace tiempo que quedaron olvidadas en algún lugar y nadie ha hecho el esfuerzo de buscarlas; total, pá lo que sirven…

De la mano izquierda, desmayada y un poco como a la remanguillé, su única posesión. Una guitarra veterana de guerra, con sus secuelas y sus vendajes. El clavijero le hace juego con la cabeza, porque le gustan las cuerdas así, sin recortar, como la vida y las ideas, chirigotea si le preguntan.

Tiene los ojos más azules que el mar. La piel le huele a salitre y a arrugas tempraneras, a estómago vacío y boca llena, a sonrisas y llantos, a amores juveniles y desamores adolescentes, que son los peores. O los mejores, si se piensa al revés.

Sólo las manos están impolutas. Lavadas en el agua salada antes de acariciar el mástil, con veneración de obispo a su cáliz. Se las seca en el almacén moebiusiano de su testuz y las remata contra los glúteos, en una especie de caricia fuerte o azote flojo, ese sí-es-no-es de abuela.

Luego, mira despacio a su alrededor y localiza a su víctima. Cuanto más extranjera y más guapa, mejor. Está en ese punto en que ni es hombre, ni es niño, en que la ternura que provoca se convierte en excitación con una simple mirada, con un fumarle en los ojos a la incauta, con una canción susurrada, una mano que roza un hombro como sin querer pero dejando claro que quiere.

A la segunda arrancada de voz y acordes, ya tiene un botellín a los pies, veinte duros en el bolsillo y una colección de suspiros abrazados al cuello. Una se levanta las gafas de sol, otra se tapa el pecho. Para los hombres, en vez de amenaza es diversión, despreocupados de su atractivo implacable, de su sonrisa torcida de ojos entrecerrados, del barniz que atrae las miradas a su piel, como las abejas a la miel. Se ríe por dentro de tanta ceguera.

Después se marcha. No se deja engatusar por los ruegos ni por las ofertas de más dinero, comida o cerveza. Ha pasado suficiente hambre en la vida como para saber que a la gente hay que dejarla con ganas de más.

Se aleja levantando nubes de arena a ritmo de reggae ratonero y flamencón, un cigarrillo perdido en la maraña de greñas y otro colgando de la comisura de la boca, en busca de su siguiente presa, depredador inconsciente, malabarista de emociones, mago de las sensaciones. Mañana será otro día.