PERO DE QUÉ ESTAMOS HABLANDO?

Posted on June 3, 2013

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Uno tiene esta profesión maldita que le da la oportunidad de conocer a gente de muy diferentes calañas. Y, como por mucho que nos esforcemos, no podemos dejar de tener prejuicios, porque es como está configurado nuestro cerebro –economía de pensamiento-, pues yo tengo más que nadie. Pero los prejuicios, como la histeria, se quitan a bofetadas –a hostias diría, pero no quiero ofender- y a mí ya me vienen dando unas cuantas últimamente.

Yo pensaba, ingenuo de mí –en el colegio cantábamos una canción que hablaba de esto, pero era en misa, iba por otro lado- que cuanto más joven, más idealista; que cuanto más culto, menos materialista; que cuanta más educación, más se valoraba el aprendizaje. Y una mierda.

Hemos creado una sociedad en la que le ofreces una oportunidad a un joven universitario o recién licenciado y, salvo honrosas excepciones que puedo contar con dos dedos, lo primero que te pregunta es cuánto voy a cobrar?

Pero de qué [coño] estamos hablando???

En un mundo en el que las compañías se gastan más dinero en gestionar su reputación y su marca que en tecnología, en el que lo que cuenta de verdad son los intangibles, esta gente se preocupa por cuánto es el sueldo…. Flipo.

Son los mismos que, dentro de unos años –un par de ellos, no más- me llamarán para preguntarme si conozco a alguien en la compañía para la que podrían haber trabajado hoy, los mismos que me pedirán que les ayude a hacer una presentación, que me convencerán para que les explique cómo se gana y se mantiene un cliente. Son la generación de todo lo puedo aprender en youtube o en la Wikipedia, la generación de la experiencia no vale nada, la generación de los contactos sólo sirven si son para chulearme de cuántos amigos tengo en Facebook o seguidores en Twitter.

Eso sí, se saben de memoria todo lo referente a marca personal y demás paridas de pseudogurús de medio pelo.

En el otro rincón, con un peso de unos sesenta kilos en canal como mucho, la cara tallada también a base de hostias –en este caso no se puede hablar de bofetadas- y unas manos que deberían estar en El Prado, Jesús, con sus treinta y seis primaveras que ya pesan mucho, como dice con una sonrisa lacónica.

Jesús nació en la chabola y es gitano. Ha hecho todos los cursos que ha podido y los enumera con el orgullo de quien sabe lo que suponen en un entorno como el suyo: carretillero, fontanero, albañil… Cada día lleva a su hijo al colegio, porque se niega a que sea un ignorante.

Jesús está agradecido. Está deseando demostrar lo agradecido que está. Está dispuesto a hacer lo que sea por quienes le han echado una mano. Y no lo dice de boquilla: lo demuestra.

Jesús dice que no hay más suerte en la vida que tener a alguien que te dé una oportunidad. Y quiere que los más jóvenes de su barrio lo sepan.

Jesús es de esas personas que dan una calada al cigarro y parece que nunca van a dejar de soltar humo. Habla poco y con la mirada baja. Pero cuando el tema es su trabajo o su familia, le chisporrotean los ojos.

Jesús lo ha tenido jodido. Muy jodido. Y, cuando sale un trabajo, no pregunta cuánto va a cobrar. Da las gracias por la oportunidad.

Cada uno que saque sus propias conclusiones, pero si queréis, os lo voy a poner fácil. Aquí tenéis una batería de excusas que os podéis poner:

–       es que yo tengo derecho a ganarme la vida y a cobrar por mi trabajo

–       es que necesito el dinero

–       es que “no es de lo mío”

–       es que no tengo tiempo [esta sirve para todo, claro]

Como empresario, no me pueden importar menos los títulos, masters, postgrados, erasmus y papeles con sellos de prestigiosos centros educativos que me puedan presentar posibles futuros empleados. Me quedo con Jesús, su curso de carretillero y su par de huevos –lo siento, no sé expresarlo de otra forma-.