AVENIDA DE LA ALBUFERA

Posted on June 6, 2013

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Cuenta la leyenda que por la Avenida de la Albufera llegaban las frutas y verduras de la huerta de Madrid, que queda en el mediodía del Mediterráneo, casi a la hora de la siesta. Será verdad o será mentira, tanto da.

De ahí le vino el nombre a esta calle cuesta arriba para los que salían entonces y cuesta abajo para los que ahora llegan.

Es fea y amorfa, cara de viejo desdentado, de comercios pequeños con nombres de risa, hoy invadido sin usar la fuerza por parientes llegados, ya no de Valencia, sino de la China. Será cosa de las naranjas, digo yo.

De los pelos desordenados y grasientos le brotan banderas de bragas y sujetadores, niños con mochilas más grandes que sus espaldas, mujeres de mala leche porque aquí nunca avisa cuando llueve y la colada es como si no la hubiesen hecho. Perro tiempo.

En la gasolinera, la Emiliana regala barras de pan si llenas el depósito, porque el marketing fetén no siempre se hace en despachos de multinacional, también en estos negocios de sudor y cabezonería.

Se heredan, de generación a generación, nombres como Eutiquio y extrañas fisonomías subrayadas por el carboncillo de la mala alimentación, excesiva o limitada, pero nunca adecuada al estilo de vida.

La Avenida de la Albufera nace en una colina y muere debajo de un puente, como la clase obrera que cobija. Tiene retortijones por el trasero, una diarrea incontenible de rejas oxidadas y mierda tirada por las aceras, las mismas en las que aún se vende la fruta a mano alzada, en pesas de las de siempre, casi romanas.

El traje regional es el chándal de tu equipo, casi siempre el Madrid, aunque el Rayito se lleve por dentro. La camiseta de bebida espirituosa y las zapatillas de mil colores o sólo negras, pero siempre con una suela bien gruesa.

El barrio es el orgullo de quienes lo habitan, quienes lo cuidan, quienes creen que es suyo y no del banco. De mala muerte y peor vida. De mentiras escondidas en almacenes por los que hace siglos que ya no transita la suerte.

Algunos miran hacia arriba, donde la Avenida se junta con el horizonte y recuerda al mar, y sueñan con poder escapar de una calle sin la que tampoco podrían vivir, porque renunciar a tu origen siempre es morir un poco.

Posted in: MADRID