HUELE SEVILLA

Posted on August 30, 2013

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Dedicado a Julio Gracia, por pedirlo

Sevilla huele, huele más, huele distinto y huele mejor. Sevilla huele a naranjos y azahar en primavera, a fino en abril, a calor en agosto.

En Sevilla las flores huelen a flores, pero sevillanas. Por eso el parque de María Luisa se cubre como de una niebla blanca que aturde los sentidos.

Si te pones a contar las flores, no acabas. A mí me gustan las azaleas, que tapan con un manto púdico las infidelidades de las parejas, el botellón y el blanco y el verde siempre en guerra por un simple balón.

En Sevilla, por las mañanas, los molletes huelen a pereza y resaca y los barrenderos empujan con sus escobas indolentes el perfume de la parranda, que se queda enganchado en las farolas, como las putas y los borrachos.

Por la noche, Sevilla huele a río y terrazas. Y lo que en marzo es incienso y cera, en verano es cerveza y fritanga, ofrendas paganas a los pies de la virgen del Carmen. Huele a niñas guapas, a gomina y patillas, a cadenas de oro cada una con su Cristo, hay quien el de la buena muerte, hay quien el cachorro. También huele a ojos verdes y pendientes de perlas, a tacones y piernas que suspiran por sus anhelados lunares. Ya va quedando menos.

Sevilla huele a amigos que faltan, a risas, a chulería porque puedo y a amores inconfesados, a miradas robadas, a ese enredarse el pelo en un dedo y bajar los ojos hasta la falda. Huele a abrazos, porque darse la mano es poco. Huele a exageración, a distancias interminables que terminan ahí al lado.

Sevilla huele a puentes, a simones, a palmeras, a vespas que traquetean en los semáforos. Huele a azulejos, a ladrillos y a retablos que se ríen del tiempo. Huele a agua y huele a sed.

Y, sobre todo, Sevilla huele siempre a ganas de volver.

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