TRIBULACIONES MONOPARENTALES: CENAS

Posted on September 7, 2013

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Uno de los [escasos] recuerdos de mi infancia es el de La Mamma preguntando qué queríamos cenar [he estado buscando una tira de Mafalda al respecto, pero no la he encontrado. Sinceramente, tampoco es que me haya matado en el intento]. Es la típica imagen que le viene a uno a la cabeza cuando llega a las tantas después de currar y piensa que se tiene que hacer la cena. Pese a los esfuerzos de los amigos de Buyfresco por ponérmelo más fácil [reconozco que si no cocinas con sus cestas, no tienes perdón de dios, como diría también La Mamma], da pereza.

Para un monoparental, hacerse la cena es un castigo. La cena es la comida más social en las familias y en las parejas, no? La familia que cena unida, permanece unida.

Y ahí estás tú, con una bandeja en las rodillas [el portátil todo celoso] y un capítulo de The Big Bang Theory, para degustar las viandas que con tanto amor y cariño has preparado para… ti mismo.

Al principio de nuestra andadura monoparental, todos hemos caído en la trampa de las guarrindongadas, reconozcámoslo. Las guarrindongadas no son nada sexual [hay mucha mente sucia en la audiencia de este blog]. Son esas recetas exquisitas que te preparas con lo que queda en la exigua despensa: desde los tradicionales picos mojados en nocilla con anchoas, hasta opciones más arriesgadas con el concepto de un huevo sirve igual crudo que cocinado.

Luego, poco a poco, te vas dando cuenta de que la dieta a base de fabada de lata, por muy buena que esté, acaba pasando factura. Y empiezas a hacer tus pinitos. Llega un momento en que hasta te gusta cocinar. Te inventas tus recetas y se convierte en una vía de escape para la presión de todo el día.

Para mí, el gran lío son las cantidades. No sé calcularlas. Hacer un cocido, por ejemplo, se convierte en dos semanas de comer cocido. Otra de las frases que debería borrarse del idioma monoparental es: voy a poner un poco más, que yo creo que con esto me quedo lampando [otro palabro de La Mamma].

Pero, al final, hacerte la cena se convierte en un verdadero placer. Y, encima, no tienes que aguantar que otro se coma justo esa tajada que te estaba llamando a gritos…

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